Yo nunca he sido muy avant-garde en casi ninguna cosa. Mi propensión a no detenerme demasiado en ciertas innovaciones ha hecho que tenga un perfil más adecuado para ingresar en una residencia de mayores, que en un festival de verano con todo su moderneo. Y es que, más experta en pijamas de franela y en colutorios para las encías que cualquier persona de mi quinta, definitivamente, soy pura desgracia anticontemporánea. Para empezar, DETESTO COMPRAR ONLINE, lo que me proporciona al mínimo, una posición en el pódium de lo vejestorio. Que no te guste comprar por internet es el nihilismo del siglo XXI. Es negarLEER MÁS

Dado que siempre he sido yo persona de un marcado carácter observador, podría confeccionar, sin despeinarme, un extenso catálogo sobre lo que se estila actualmente con respecto a las buenas o malas maneras de la ciudadanía en su día a día. Para ello es necesario seleccionar un entorno que nos sea común y reconocible a todos y todas: el supermercado y/o sus variantes, ese entorno que me fascina desde siempre. El supermercado es un establecimiento tremendamente generoso. Te regala momentazos simplemente porque sí. A cambio solo tienes que comprar, pero basta un paquete de arroz para convertirte en cliente, y ser así testigo de laLEER MÁS

  Este año, en mi anárquica pero responsable familia, hemos decidido que las Navidades las celebremos cada uno a la lumbre de su propio hogar. Nos es indiferente que cantantes octogenarios entonen villancicos ante cinco mil personas. En nuestra casa, aunque vamos sobrados de contradicciones, como casi todo el mundo, cuando nos toca ser buenos ciudadanos, lo somos. Así, mientras otros cantan El tamborilero, nosotros cantamos Cada mochuelo a su olivo, lo que empodera nuestra ética familiar. Dicha decisión determina que mi Costillo y yo pasaremos, por primera vez, la noche del 24 de diciembre a solas con nuestro gato. Y a varios días vista, yaLEER MÁS

  En el momento en que toca la escena de sexo cuando estás viendo una peli en compañía, se te queda cara de imbécil y no sabes qué hacer. Yo, de naturaleza simple y, en ocasiones, también práctica, cuando paso vergüenza solo tengo un recurso: decir chorradas. Cualquier cosa menos quedarse en silencio sepulcral ante la estampa de dos personas jadeantes que se revuelcan entre sábanas de satén. Aun así, entre tontería y estupidez tengo tiempo de sobra para llevar a cabo una extensa indagación por los entresijos de estas escenas centradas en revolcones ajenos. No resulta un ejercicio complicado, pues por poco observadora queLEER MÁS

  Es muy curioso ese momento en el que nos escuchamos en una grabación. Por mucho que rebobines y le dés vueltas y más vueltas, no te reconocerás jamás. Mientras que en tu cabeza suenas a veces hasta interesante, en diferido tienes aires de tonta del bote con varios problemas de dicción. He llegado incluso a preguntar “¿Quién es esa que habla?”, y me han dicho que soy yo. Así, sin contemplaciones, sin rodeos ni preámbulo alguno que sirva de colchón para amortiguar una realidad como esa. Porque quieras o no, es un disgusto. Sobre todo cuando te dicen, sin tú saberlo, que tienes ademanesLEER MÁS

  No soy yo muy amiga de ponerle nombres a todo, pero en esta ocasión no sacaré a relucir mi desacuerdo, pues le han puesto una etiqueta al hermanamiento y afecto entre mujeres: la sororidad. Es curioso que se identifique con un término distinto a un sentimiento que existe también entre hombres. De hecho, la solidaridad y fraternidad entre hombres se llama “solidaridad y fraternidad entre hombres ”, sin embargo, bajo las circunstancias en las que hemos vivido las mujeres desde que el mundo es mundo, me parece de una lógica cristalina que hayan buscado un término adecuado que se ajuste mejor a este concepto.LEER MÁS

Mi madre, mujer caótica aunque cuidadosa en su desconcierto, siempre ha pasado de seguir métodos. Cada vez que le preguntas por una receta de cocina te responde “Lo hice a la Encarnita”, y te quedas tal como estabas. “¿Pero lo paso antes por la sartén, o lo pongo directamente en el horno?” -insistes. “Pues puedes pasarlo antes por la sartén o ponerlo directamente en el horno” -me suelta. Una gozada lo bien que se explica. Por si te queda alguna duda, te da su último consejo: “Tú hazlo cómo tú veas. Hazlo a la Mala”. A mí me encanta este libre albedrío de mi madre.LEER MÁS

Cada vez que leo una entrevista al escritor Pierre Lemaitre me muevo entre sensaciones difusas. No sé si me cae bien, si me cae mal, si es un bocazas, un provocador, o si al final va a ser que casi siempre tiene razón. La cuestión es que, hace unos meses, me encontré con unas declaraciones suyas en las que aseguraba que la pandemia había dejado al descubierto una brecha enorme entre ricos y pobres en cuanto al capital cultural. Y aun considerando que esto no supone ninguna primicia, cierto es que en tiempos de economía precaria, la situación de la ciudadanía siempre es enfocada desdeLEER MÁS

Siempre me han llamado la atención esas parejas que no se hablan cuando están sentados en una cafetería. Él mira hacia un lado, ella mantiene los ojos en posición de pause hacia el infinito; ni se tocan, ni se miran, ni se hablan ni se rozan. Son dos menhires plantados allí mismo. Vaya por delante que, aun así, me erijo como la defensora superlativa del espacio individual en una pareja. Y es que un tú y un yo hacen un nosotros fantástico, pero un tú a lo tuyo y un yo a lo mío sientan estupendo cuando toca. Ahora bien, a partir del instante enLEER MÁS