Hacer la maleta sin sufrir una angina de pecho

Hacer la maleta sin sufrir una angina de pecho

Hacer la maleta

Hay que ver qué envidia me da esa gente que va organizando con alegría y entusiasmo sus días de asueto.

En cuanto al tipo de ocio elegido para estas jornadas en las que no le vas a ver el careto a tu jefe (¡bendita Semana Santa!), los criterios que entran en juego son diversos y todos comprensibles: el presupuesto monetario, los ánimos de cada uno e, incluso, todo el trabajo que tienes pendiente de tu propio trabajo que debes acabar para que al llegar al trabajo no te echen del trabajo. Es decir: LA VIDA MISMA.

¿Y qué me decís de esos opositores que se enfrentan a estos días con la devoción que se merece? Puede que no sea religiosa, pero van a hacer muchos ejercicios (espirituales o no), van a sobrellevar los días con gran recogimiento (y tanto, no van a salir ni a por el pan), y no van a comer carne (ni pescado ni acelgas hervidas. No tienen tiempo para dedicarse a esa chorrada de la nutrición).

Con lo cual, los únicos que se toman en serio la Semana Santa son los estudiantes a oposiciones del Estado. En cuanto al resto, pues a ver..que sí, lo que sabemos es que Jesús murió hace mogollón de tiempo, que el Viernes Santo en casa de mi suegra se come bacalao y que en mi pueblo se corta el tráfico por las procesiones. Conocimiento suficiente.

A todo esto, os decía que me daba envidieja la gente que se toma unas vacacioncillas como con emoción. Una excursión aquí, unos paseítos por allá; dos días en un spa o el fin de semana recorriendo la costa cantábrica. La leche, qué bien suena y yo qué mal lo llevo. Da vergüenza confesarlo, para qué mentir; pero pensar en hacer una maleta o una mochila me da un bajonazo tremendo.

Para empezar, admitamos que todo lo que es organizar se me da de pena. Por ejemplo, escoger por las noches mi modelito del día siguiente ya me pone nerviosita. Veamos: “Bueno, cojo esta blusa, unos vaqueros y chaqueta de punto. Hummm…un momento, pero hace frío, o sea que me pongo esta camiseta interior. Ay, pero entonces tengo que cambiar de blusa porque si no, se me va a ver el cuello de la camiseta. Vale, cambio blusa por jersey; entonces ya no me pongo la chaqueta de punto. Y qué calcetines llevo? Me pongo los zapatos de cordones, así que necesito los calcetines azul marinos. Jo, están los dos pares sin lavar, y los grises no me van ni de coña. Entonces me pongo las botas negras. Pero si llevo estas botas, estos pantalones me van fatal…”

Y en este modo-sin-fin puedo tirarme horas. Ya me diréis cómo me enfrento yo a hacer una maletita, sea para ir dos días al pueblo de tus tíos o para una semana en Berlín. ¡¡¡Es el horrorrrrr!!!!

Bueno, pongamos que este año me hago un viajecito a finales de septiembre a [inserte nombre del destino que le guste a usted] y tengo ante mí la maletita tamaño-Ryan Air. Antes de empezar, sujeto bien la nota de lo que he ido apuntando a lo largo de dos meses previos, mínimo. Pero aún así, ya comienzan las dudas: “Mmmm….es que si Windgurú dice que las máximas van a ser de 23 grados, este pedazo jersey me va a sobrar. Y si llevo la chupa de cuero tendré frío por las noches, ¡pero no voy a llevar este abrigo, que es de invierno!” ¡Y así con todo!

Ya lo sé, es de risa; que a ver por qué me complico con estas chorradas con la edad que tengo. Si sií..mucho cachondeíto, pero para mí son una desazón de dimensiones dickensianas. Dolor por aquí y por allá, montando la dichosa bolsa de viaje.

Y no hablemos del neceser. ¿Os lo cuento? Venga, va. Total, a estas alturas no voy a parecer la voz de lo racional por mucho que me esmere. Pues veréis, por supuesto tengo un neceser monísimo por una parte y una notita con todo lo que tengo que llevar, por otra. De manera que tenemos los dos ingredientes necesarios para comenzar la aventura del estrés y la ansiedad.

En principio, lo que sería para cualquier persona un cepilllo de dientes, otro de pelo (si se tercia) y el desodorante; para mí se torna en: “Champú, acondicionador y crema para mis rizos . Ostras, el serum hidratante para las puntas, si no, me queda fatal. El desodorante, el gel para pieles sensibles, la crema hidratante, otra matificante; el protector solar factor 300+. Coñe, un contorno de ojos y bálsamo de labios, porque siempre se me agrietan….”

Pero esperad que ahora viene la otra parte de la nota. “corrector de ojeras, lápiz de ojos, el rímel, el colorete y mi querido pintalabios. Bueno, ¿y una sombrita, no? ¿Y base de maquillaje? Pues también!”

Lo peor de todo es que si llevas productos maquillísticos te harán falta potingues para desmaquillarlos. O sea que suma y sigue.

Por último, tenemos el botiquín de primeros auxilios, porque una cosa que me ocurre a mí, es el pánico a que se me olvide algo (normalmente, de fácil adquisición allá donde estés; pero yo actúo como si viajase a un paraje no explorado por el ser humano). Y en este caso os imagináis: ibuprofeno, pastillas de todo tipo, antiácidos, gotas para los ojos y hasta truquitos para hacer popó. No me negaréis que el colon no se pone tonto cuando estáis fuera de casa.

¿Y sabéis lo peor? Que a pesar de tanta notita y estudios de campo previos, siempre acabo pasando frío, siempre se me olvidan los calcetines calentitos, y siempre tengo que repetir camiseta resudada.

Pero una camiseta resudada cuando estás de viaje yo diría que hasta tiene su encanto.

¿O no?

2 comentarios

  1. Jajaja..vivan las camiseta resudadas! Eso y los calcetines gordos para que no se te queden los pies helados cuando tienes que caminar por la habitación del hotel sin zapatillas!

  2. Author

    ¡Por fin!
    Por fin alguien habla de ese problemón que tenemos las frioleras cuando hacemos las maletas. ¿Metemos también las pantuflas? 🙂
    ¿Qué mente perversa pretende que caminemos con nuestros pinreles desnuditos?
    Defintivamente, somos unas incomprendidas.

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