Bloguera a escondidas

Bloguera a escondidas

 

No sé por qué muchas veces nos avergonzamos de nuestra parte creativa. De hecho, algunas personas que han conseguido cierta gloria en Twitter, o los que suben sus recetas de empanadillas a Youtube, o los que enseñan sus acuarelas en tutoriales para principiantes o los que escriben un blog de poesía en verso libre, se mueven en el más profundo de los anonimatos. Ni en su casa lo saben.

He reflexionado sobre esta clandestinidad artística y he llegado a la conclusión de que cualquier actividad creativa resulta muy personal. Es más, el arte es algo muy íntimo. El ingenio y la imaginación nacen y se desarrollan en tu propia mente, de manera privada; con lo que a la hora de mostrar el resultado final te sientes como desnuda, vulnerable.

A mí me pasa. Todavía no he conseguido ir por la vida orgullosa de mi blog. No solo evito mencionarlo en círculos personales bajo el eficaz método del boca-a-boca; y mucho menos se me ocurriría promocionarlo con mi labia profusa y cautivadora. Prefiero enmarañarme en cincuenta mentiras y volverme loca con qué parte de la falacia le conté a quién, antes que airear el asunto del blog con naturalidad.

Llevo conmigo el mismo secreto que un narcotraficante, y eso que solo me dedico a narrar mis modestas reflexiones sobre la vida, sobre lo que me rodea y sobre mí misma. Sin embargo, creo que estaría más orgullosa si hubiese creado un blog acerca de la desertización del planeta. El empaque que te aportan estas temáticas hace que las firmes con nombre, apellidos y código postal si hace falta. Inflas el pecho cada vez que te preguntan: “¿Y sobre qué escribes?”, “SOBRE UNO DE LOS PRINCIPALES PROBLEMAS AMBIENTALES DEL PLANETA, CAUSADO POR FENÓMENOS NATURALES, COMO LA FALTA DE LLUVIA O CIERTAS ACTIVIDADES HUMANAS”.

Y quedas como Dios.

Sin embargo, cuando no me queda otro remedio que dar el nombre del blog, me imagino a la otra persona en el sofá de su casa, topándose con unos dibujitos chorras acompañados de una variedad de bobadas; cosa que no pasaría si me dedicara a escribir sobre la desertización del planeta. En ese caso, el lector diría: “Oye, te acuerdas de la tía aquella que parecía un poco lela? ¡Pues ahora anda metida en Greenpeace y tiene un blog sobre la desertización!”.

Yo creo que esta sensación de bochorno e incomodidad proviene del maltrato que han sufrido las narraciones cotidianas de mujeres, consideradas “Cosas de tías/ lectura para tías/ chorradas para pasar el rato”, mientras que las peripecias diarias de un hombre en formato escrito, automáticamente pasan a ser un “Diario sobre la vida. Fiel reflejo de la belleza de las pequeñas cosas”. Hay que joderse.

Y si el espantoso cliché de “lectura para tías” no fuera barrera suficiente, habría que sumar un elemento que, incongruentemente, resta: el tono cómico. Por una parte, estupendo, el blog es más o menos divertido, pero esto puede que me cohíba a la hora de hablar de él o difundirlo por ahí. Porque ¿qué pasa con lo cómico? ¿Por qué le resta credibilidad a todo? ¿Por qué siempre ha minimizado el valor de las cosas? Las pelis premiadas pocas veces han sido comedias, la literatura con renombre suele ser de tema solemne, los actores que hacen gracia no son tan respetados…

¿Acaso es indecente ser gracioso? ¿Es pecado? ¿Es de pobres? ¿De feos e incultos? Yo ya no entiendo nada.

Lo que me hace recordar las palabras del escritor Antonio Muñoz Molina sobre su mujer (la gran Elvira Lindo, autora de -entre otras muchas cosas- Manolito Gafotas) de quien decía que durante mucho tiempo no se consideró a sí misma una escritora de verdad debido a su estilo coloquial y humorístico.

Ya me imagino a la pobre Elvira Lindo pensando que lo suyo era un simple entretenimiento, pero que la obra de su marido era literatura de verdad. Una lástima, aunque lo cierto es que nos han enseñado a pensar así, y todavía falta un poquito para que cambien las tornas.

Para mí, desde luego que sería más fácil decir: “Pues yo escribo un blog que se llama Mala de los Nervios. Cuando tengas un momento entra y curiosea un rato, a ver si te gusta. ¡Los dibujos son míos! ¡Ya me contarás!”. La verdad es que cualquier opción sería más sencilla que la basada en la pura realidad, en la que dependiendo de mis ganas de meterme en un berenjenal u otro, se pueden dar las siguientes circunstancias:

Miento a lo grande (“Soy el CEO de una empresa de inteligencia artificial” ).

Digo la verdad, pero modificada (“Sí, tengo un blog sobre la desertización del planeta”).

Digo la verdad verdadera pero despreciando lo que hago (“Sí, escribo un blog, ¡pero es una bobada como una catedral! ¡Estaba entre eso o volver a restaurar el Ecce Homo de Borja!”).

Con la bromita final arreglo el momento incómodo y hasta otra ocasión en la que volverá a ocurrir lo mismo. Cualquier cosa, antes que confesar mi mayor orgullo secreto: que soy Mala de los Nervios. 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *