A finales de este verano, mi community manager casero, mi mano derecha empresarial, mi CEO, mi SEO y todas esas cosas que dice que hace él, me aconsejó poner un foto mía como perfil del Facebook. Yo, persona en absoluto ducha en cuestiones de redes sociales, me negué de antemano y de posmano. Me negué en inglés, en francés, en chino mandarín y en tagalo. Simplemente no. Yo argumentaba que con el dibujo de Mala, hecho a mano y coloreado con mis Faber Castell, regalo estupendo de mi amiga Marta, era más que suficiente. Nadie necesita contemplar mi careto y yo no necesito ser contemplada.LEER MÁS

Con esto del postureo ya no se sabe si alguien es intelectual porque sí, porque mola o porque luce mejor en instagram. La otra opción, la de ser una persona genuinamente culta, la descartamos. Que conste que para ir de falso cultureta no hace falta vivir en el siglo XXI haciéndote fotos con tu colección de vinilos de Björk, ya que hacerse el enteradillo o el avanzado erudito ha existido toda la vida. Ahí tenemos a Cervantes, riéndose de los que leían noveluchas de poca monta sobre caballeros medievales o los que, en su época, ponían a parir a Lope de Vega por hacer teatroLEER MÁS

Son tiempos inciertos para el humor y eso me entristece. ¿Qué está pasando ahí fuera? ¡Que alguien me lo explique pero ya! Resulta que ahora todo es una ofensa y, no; no voy a ir por el camino facilón de “pues toda la vida se ha llamado así y no ha pasado nada”. Desde luego que no acudiré a ello para defender mi discurso porque, según mi opinión, la tradición jamás es un eximente de nada. Es más, a mí las tradiciones me traen bastante por culo. Hala, ahí; comienzo arrasando. Continúo: Las tradiciones son unas costumbres que las empieza o las dicta un fulanoLEER MÁS

Mira que insisto en que no, que yo no soy de las que me enrollo; salvo que quiera contar una anécdota, salvo que esté nerviosa, salvo que quiera impresionar a alguien, salvo que vaya de graciosilla, salvo que me encuentre a alguien por la calle o salvo que me tenga que explicar ante un médico; caso, este último, en el que no solo narro las molestias que padezco, sino que en un magnífico acto de sabelotodismo, llego incluso a dar un posible diagnóstico. A lo que, lógicamente, suele responder el facultativo: “Disculpe, eso en todo caso me lo deja a mí”. Tiene usted razón, noLEER MÁS

Últimamente, he estado reflexionando un poquillo sobre cómo me relaciono con los demás. Esto os lo comento así, de estranjis, no vaya a ser que el Doctor C. se entere y luego, hala, otra bronca, porque me dice que trabajo mucho el INSIDE, pero que lo otro lo llevo regulinchi. Intuyo por pura eliminación que eso otro será mi OUTSIDE, y no sé que tiene de malo mi exterior, que no hay más que verme. ¡Yo más ya no puedo hacer! Cuatro capas de rímel por ojo, cinco horas diarias dedicadas a mi pelo, seis cambios de modelito antes de salir de casa… ¿pero qué masLEER MÁS

Que no es lo mismo que ir de graciosa, ojo. Aclarada esta cuestión de suma importancia, no negaré que he cambiado el título unas mil veces con el fin de no parecer una persona vanidosa, pero no ha habido manera de que el apaño quedara bien. A ver cómo se las arregla una para decir con modestia que se hace mucha gracia a sí misma. Imposible. Parecerás una creída hagas todas las combinaciones de palabras posibles, así que me he tirado a la piscina y lo he simplificado en cuatro: ME HAGO MUCHA GRACIA. Y así lo debería haber dejado en un principio ya queLEER MÁS

Madre del amor hermoso. Yo no sé si estoy otra vez en la pubertad o definitvamente soy más idiota de lo que pensaba. ¿Os podéis creer que todo me da vergüenza? Pero todo. ¡Todo! Podría ser normal y comprensible que me diese pudor quedarme en pelotas delante de un auditorio o darme de bruces contra una farola, mientras te observa el respetable de una terracita veraniega. Lo que se llaman eventos bochornosos clásicos, reconocidos como vergonzosos tanto aquí como en el sur de Pakistán. Pero hete aquí que cualquier nimiedad me produce un desproporcionado rubor, solo comparable a la lectura de mi discurso para laLEER MÁS

El macho español. Qué preciosidad de concepto, qué criterio identificador tan moderno y ajustado a nuestros tiempos, ¿verdad? ¡Diga usted que sí, gentil y gallardo caballero! Si es que ese codo apoyado en barra, esa mano sujetacubatas y esa mirada escrutinadora y analizadora de todo ser vivo que posea el cromosoma “xx”, modela una estampa de fantástica e incomparable belleza. Deberemos añadir, ciertamente, unos modales, gestos y entonaciones laríngeas propias de un hidalgo galán. De este modo, tendríamos el prototipo perfecto de machote que (SEGÚN ÉL, repito: SEGÚN ÉL), las vuelve locas. He de aclarar de antemano que no me interesa examinar ese espectro clásico deLEER MÁS

Pobre Milan Kundera. Habrán hecho unas quinientas mil versiones del título de su célebre novela. Lo habrán reinterpretado incluso los redactores de la revista Hobbyconsolas, referencia de lectura de toda una generación. Desde luego, yo no voy a ser menos, así que con camuflada vanidad, aquí os traigo mi visión personal de este encabezamiento literario ya mítico. Comencemos pues. El ser. ¡Qué sustantivo tan abstracto y metafísico! Anda que no he estudiado yo aquellos apuntes de filosofía que venían diciendo algo así como “EL SER ES Y EL NO-SER NO ES”. Y tan panchos se quedaban aquellos tíos que iban en túnicas diciendo estas chorradas.LEER MÁS

Ha llegado el momento. Aquí estamos con el siguiente tomo de los acontecimientos más palurdos de nuestra vida. Por supuesto, el hecho de hablar en plural indica que no estoy sola en dichos incidentes, sino que el Costillo será el compañero fiel de toda vergüenza. Es un alivio, quieras o no. Pues así como os contaba en la anterior entrega, nuestros coches siempre han sido elementos clave en este tipo de situaciones. Como poseedores de flamantes cuatrolatas, es obvio que nunca vas a ser el más molón del pueblo. O sí, que ahora los hipsters los toman como bandera de autoafirmación de su esencia. Perdón, de suLEER MÁS