Ha llegado el momento. Aquí estamos con el siguiente tomo de los acontecimientos más palurdos de nuestra vida. Por supuesto, el hecho de hablar en plural indica que no estoy sola en dichos incidentes, sino que el Costillo será el compañero fiel de toda vergüenza. Es un alivio, quieras o no. Pues así como os contaba en la anterior entrega, nuestros coches siempre han sido elementos clave en este tipo de situaciones. Como poseedores de flamantes cuatrolatas, es obvio que nunca vas a ser el más molón del pueblo. O sí, que ahora los hipsters los toman como bandera de autoafirmación de su esencia. Perdón, de suLEER MÁS

Lo dicho. Es divertidísimo ser el estandarte de lo no–cool. Es más, mi rango de mujer palurda nivel medio tirando a alto me concede grandes momentos humorísticos; imposibles de obtener siendo una señorita cosmopolita y practicante de las novedades más sofisticadas. No obstante, la comicidad de estas aventuras se duplica cualitativa y cuantitativamente en el momento en que aparece mi Costillo, ese ser que convierte cualquier bochorno pueblerino en el acontecimiento de tu vida. Por supuesto, como nada en esta vida es en vano, le servirá a posteriori para ser el rey de la fiesta gracias a la recreación de los hechos. Aunque si he deLEER MÁS

No es nada nuevo si digo que la sinceridad está sobrevalorada. Tan sobrevalorada como los percebes, crustáceo al que tengo entre ceja y ceja. Me caen fatal los bichejos estos, qué le voy a hacer. Así que ya que estamos, es menester tratar el tema de este marisco una vez por todas. Para empezar, habiendo cigalas, centollos de la ría, vieiras y bogavantes; ¿resulta que nos ponemos todos locos por unos cosas con pinta de uñas de ornitorrinco? . Y venga percebes por aquí, percebes por allá y NO SÉ QUÉ NARICES HAGO YO HABLANDO DE PERCEBES. Anonadada me hallo. Lo mismo hoy no meLEER MÁS

No sé si me estoy volviendo una insoportable o es que ya lo era antes, pero a medida que me voy haciendo mayor, más gili me pongo. Encima, así… rollo cascarrabias, que todo me molesta, que nada está a mi gusto y siempre rumiando en un tono de voz semi-inaudible, solo alcanzable por la raza canina . Lo que por estos lares llamamos ser un “rosmón” o una “rosmona”; término con mucha enjundia y de una riqueza léxica y semántica sin parangón. Yo ya adelanto que ser una rosmona tiene su truco. No se trata de quejarte todo el día, ni de ser la mártir de una generación.LEER MÁS

  ¿Por qué se le llama “Fin de año”, si lo que es finalizar, no finaliza nunca? Encima, resulta inquietante que a las ocho de la mañana digas que es “NOCHEVIEJA”. ¿Pero cómo va a ser eso posible? Las mañanas son las mañanas y las noches, las noches; y que no me vengan con rollos que ya me estoy viniendo arriba con mi cabreo personal hacia este día.LEER MÁS