Elegía a una Grundig y una carta de amor a mi abuela

Elegía a una Grundig y una carta de amor a mi abuela

Elegía a una GrundigEstos días tengo un disgusto que nada me lo puede quitar.

Ni más ni menos que mi Grundig, esa minicadena que me regaló mi abuela en el año ’92, está llegando a su fin y, aunque parezca exagerado, mi pena es superlativa.

Me la compró justo cuando yo no daba abasto con mis playbacks delante del espejo, y me moría por comprarme cedés y por hacer mis casetes megamix gracias a la doble pletina, pero en mi casa no había un duro. Así que un día me dio una sorpresa descomunal.

Pagada a plazos, como se hicieron siempre las cosas en mi casa, la minicadena era un equipazo de música tremendo. Es más, en una de sus últimas reparaciones, el técnico me confesó que quien fuera que me lo había regalado tiró en su día la casa por la ventana, ya que en el ’92 esa cadena era alto voltaje tecnológico.

Por supuesto, lagrimón al canto después de saber esto. Mi abuela era la mejor hasta para regalar equipos de música.

Con lo cual, no se trata solo de un trasto al que llevas al punto limpio y te compras otro que has visto en un catálogo del buzón de publicidad de tu edificio, sino que con la marcha de mi Grundig, se va una parte de mi vida enorme, porque mi Grundig era mi vida, y mi vida era mi abuela.

Ese trasto alemán representa mi relación con ella, llenísima de amor mutuo y de compañerismo. Ciertamente, no sé si este último es un término que una ha de utilizar cuando recuerda a su abuela, pero en mi caso no dudo de que éramos las mejores compañeras del mundo.

El caso es que, hasta que yo fui una adulta hecha y derecha y me independicé con el Costi, compartíamos habitación, con todo lo que eso conlleva: conversaciones nocturnas de temática variada, desde comentarios sobre el libro que estábamos leyendo cada una hasta algún que otro chascarrillo con nuestra típica retranca al escuchar a mis padres en la habitación de al lado.

Mi abuela era una mujer de pueblo culta y curiosa. En nuestra casa nunca ha habido dinero pero sí amor por la cultura y el aprendizaje. No les interesaba comprarse huertas ni tres vacas ni diez gallinas, ellos se sacrificaban por otros valores.

A menudo me dicen que puede que eso haya sido así porque mi familia quizás fuese más adinerada que otra. Me quedo atónita, evidentemente, cuando me comentan algo así; en primer lugar porque es mi familia y la conozco mejor que nadie y en segundo, porque de un mariñeiro y de una redeira pocos lujos se podían sacar, salvo tener comida en la mesa, que no era poco, y una muda para los domingos.

Se trata simplemente de las prioridades de cada familia.

Como muestra, un botón. Durante la infancia de mi madre, cuando llegaba el verano y se acababa la escuela, muchas mujeres mandaban a sus hijas a clases de costura, en donde aprendían a hilvanar y a hacer pespuntes; mientras que mi abuela apuntaba a mi madre a las clases de verano del cole para que no se le olvidara aquello de los números y las letras.

¿No era para quererla? Sí. Y mucho.

No solo prefería que mi madre se entretuviese con libros en vez de con vainicas en verano, sino que fue uno de los mejores apoyos cuando ya de mayor, mi querida progenitora decide hacer el COU para adultos. Tenía tres hijos, uno de ellos de solo cuatro meses; y encima, mi padre trabajaba fuera, ya que aquí escaseaban los empleos.

La situación era la ideal para que cualquier señora llamase a mi madre loca o irresponsable; sin embargo, mi abuela, la animó, la apoyó, la ayudó, nos cuidó y nos mimó.

Sobra decir que mi madre sacó sobresalientes en todo, porque así es cómo ella hace las cosas.

Mi abuela era una señoriña de un pueblo costero, pero cuando mi abuelo atracaba por unos días en Bilbao, por ejemplo; ella sola se las apañaba para ir a visitarlo: saber coger un tren, saber hacer los enlaces, moverse por la ciudad y por donde hiciese falta. A mí me parece toda una proeza para alguien de una aldea en plenos años 50 y 60.

Esa curiosidad atrevida se la proporcionaba el hecho de ser una persona leída y culta, y la mantuvo siempre. De hecho, muchos viernes de mi adolescencia me acompañaba al cineclub a ver pelis subtituladas. No se enteraba de mucho, pero sí que las dividía entre “esta estuvo bonita” y “esta no estuvo tan bonita”. Gran criterio cinematográfico, como podréis observar.

Por otra parte, era una mujer divertidísima. Mandona como ella sola, pero divertidísima. Gran contadora de anécdotas, irónica y siempre hilaba muy fino.

Ahora bien, cuando tocaba callarse era la mejor. Siempre discreta, no hablaba mal ni siquiera de su peor enemigo. Jamás la recuerdo cotorreando sobre la vida de nadie, ya tenía bastante con la suya, según decía.

Aunque sin duda, como mejor la recuerdo es siendo la cuidadora de todos.

Cada vez que le consultaba cualquier cosa o le comunicaba algún cambio, ella me apoyaba siempre. Como cuando el Costi y yo decidimos irnos a vivir juntos. Otra abuela se habría llevado las manos a la cabeza. ¿Vivir en pecado? ¡Oh, dios mío!

Pero para eso estaba mi abuela, para actuar como una persona cuerda y coherente, contentísima y entusiasmadísima comprándonos alfombras y sartenes.

Y aunque ya haya finalizado el duelo por ella, me queda lo mejor: el recuerdo de saber que tuve la suerte de quererla.

Y eso no me lo quita nadie.

 

5 comentarios

  1. Miña nai miña naiciña, coma miña nai ninguna que me quentou a carina, co calorciño da sus.❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤

  2. Que historia más bonita! Lo importante que es que te apoyen en tus sueños y proyectos, sobre todo en la juventud. Admirables tu abuela y madre!!

    1. Author

      Verdad que sí, María?
      Suertaza la mía, sí, eso no lo discutiré jamás. 😍 Sobre todo cuando indagando por ahí te cuentan que no todo el mundo se ha sentido así de querido.

      Afortunada soy!
      Gracias y un beso 😘

  3. Pero qué amor desprende tu post! Me has emocionado, de verdad. Yo echo de menos a la mía muchísimo. Era una abuela de las de recordar. Gracias, Mala.

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