Esos hombres estupendos que han evolucionado.

Esos hombres estupendos que han evolucionado.

 

Cuando era más joven, me pasaba la vida recriminándole a mi padre que no se involucraba lo suficiente con sus hijos, que no se implicaba con las tareas del hogar y que nunca nos preguntaba por nuestras ilusiones o miedos.

Ahora que ya soy mayor, me he dado cuenta de que MI PADRE ES HIJO DE UNA ÉPOCA.

Por aquel entonces a un hombre casado solo se le exigía que fuese una sola cosa: proveedor de su familia. Los buenos hombres se diferenciaban de los malos en que eran trabajadores. En mi pueblo todavía se sigue utilizando ese criterio diferenciador para calificar la bondad de una persona: “Qué buen hombre era Vicente. ¡Tan trabajador! ¡Nunca le faltó de nada a su familia!”. Puede que Vicente se portara mal con su mujer y que en casa fuese un déspota con sus hijos, pero como trabajaba doce horas diarias en la obra, a Vicente poco menos que lo han beatificado.

Mi padre, al contrario que el tal Vicente, siempre ha sido una persona terriblemente amorosa con su familia; muy dado al abrazo y al besuqueo, a sentarnos en su regazo, a reírnos nuestras gracias y a despedirse de nosotros cada mañana con su cara rasposa del día que no le tocaba afeitarse. Jamás nos levantó la mano y siempre criminalizará a aquel que sí lo hace.

Según esto, el rango de mi padre sería mayor que el de un simple PROVEEDOR, pues consultando dicho baremo del buen hombre de familia, por un lado cumple con nota la exigencia principal -muy trabajador- y por otro, debemos sumarle su trato amable y afectuoso.

Sin embargo, hay un asuntillo que yo desconozco si solo le pasaba al culo inquieto de mi padre, o era un rasgo común a todos ellos: para él, nuestra casa era un poco como la “pensión Loli”. Se levantaba al alba, pasaba todo el día fuera y llegaba por la noche. Como en toda hospedería que se precie, al finalizar el día te encuentras todo hecho, desde la cama, hasta la cena y, en en el caso de mi padre, se encontraba también a unos niños bañados, cenados y empijamados.

El rasgo distintivo de mi padre era que, además de trabajar, tenía mil hobbys outdoor que atender (la práctica indoor no va con él); por lo tanto, regresaba cuando la peli de la Primera Cadena iba por el tercer descanso, mis hermanos estaban ya en cama, y mi madre y yo roncábamos en el sofá.

Cuando me fui haciendo mayor, era un misterio para mí por qué mi padre no pasaba más tiempo con nosotros; ¡con lo que nos quería! Tuve que esperar bastantes años más para comprender el peso que había ejercido la época que le tocó vivir, con los roles de género tan definidos:

  • PAPÁ TRABAJA PARA QUE NO NOS FALTE DE NADA.
  • PAPÁ SABE QUE LOS NIÑOS ESTÁN MUY BIEN CUIDADOS POR MAMÁ.
  • PAPÁ PUEDE PRACTICAR SIN REMORDIMIENTOS SUS HOBBYS PORQUE CADA UNO HA CUMPLIDO CON EL PAPEL QUE LE TOCA.

Cierto es que mi padre es un hombre inquieto en el sentido más literal de la palabra, así que la transformación también forma parte de su esencia. Los tiempos son otros, y él mismo también lo es.

Ahora se ha vuelto más consciente de lo que tiene, disfruta de nosotros más que nunca y escucha nuestros discursos sobre el papel actual del hombre dentro del hogar. De hecho, pone a caldo a algunos amigotes que se pasan la mañana tomándose vinos en los bares: “¡Como si la compra se hiciera sola!” -dice.

Por mi parte, ya me he acostumbrado a verlo en delantal. Su especialidad: la plancha. Es el rey absoluto en darle media vuelta al pescado abierto sin que se rompa ningún pedacito. Ahora bien, se lo tiene un poco creído; lleva dos días cocinando pero te da lecciones de chef francés y te riñe cuando no lo volteas como él.

Las patatas fritas es otra de las disciplinas culinarias que borda. He llegado a probarlas en mesones y bodegas de renombre, y siempre pienso que no están ni la mitad de buenas que las de mi padre. Será porque últimamente se ha curtido mucho sobre patatas yendo al mercado. Por eso es la persona que mejores trucos de compra me da, sabe a quién hay que comprarle los grelos y en donde salen mejores las mandarinas. Y ya habla como una madre: “Mira, compré estas naranjas y me salieron malísimas”.

También se ha puesto al día con una de las actividades más terroríficas: pensar qué hacer de comer cada día. Mi padre se encarga de programar las comidas, mínimo, a tres días vista. Te recitará el menú semanal porque te ha llamado para que vayas a recoger unos yogures buenísimos y unas patatas que solo él conoce, como experto patatero que es. Después hará lo mismo con los otros dos hermanos, porque ha preparado tres paquetes monísimos y organizadísimos.

Mi madre observa atónita, esa es su única función.

Pero hay más: friega los platos, aunque al final parezca que se haya producido un espectáculo naval dentro del Coliseo; recoge la ropa sucia después de la ducha y, LO MÁS IMPORTANTE, ha generado un nuevo sentido, aparte de los cinco que ya tiene: el de detectar si los miembros de su familia están tristes.

Y ahí es cuando me planteo muy en serio si mi padre se fue a la guerra y al finalizar la contienda, nos han mandado a un tío que se le parecía.

De lo contrario, no entiendo cómo sus ojos han mutado en ojos escrutadores de sentimientos ajenos. Ahora sabe si uno de sus polluelos está regulín. Si es así, no duda en llamarlo para avisarlo de que él estará ahí, lo que constituye un triunfo mastodóntico en personas como él, con todo ese lío de las emociones escondido en el saco de la vergüenza.

Me da que no, que no es otro tío que ha llegado de la guerra, sino que es mi padre de siempre, que ha optado por transformarse, como otros muchos hombres. Y yo, desde aquí quiero agradecérselo.

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