Jimmy, nuestro peque

Jimmy, nuestro peque

Hace ahora justo 12 años, el Costi y yo decidimos hacernos cargo de un gatito que venía acompañado de un heterogéneo y colorido grupo de hermanos.

Del padre de las criaturas no tenemos dato alguno, ya se sabe que después del kiki muchos se van a por tabaco y si te he visto no me acuerdo, aunque sí conocíamos perfectamente a su madre: una gata que resultaba ser la versión felina de Elizabeth Taylor, lo que conllevaba un éxito de ligoteo impresionante que tenía medio loca a mi suegra; la cual se había autoerigido como cuidadora de todos los gatos abandonados del barrio, y que fue la primera en ver nacer al que sigue siendo hoy en día el niño de nuestros ojos, Jimmy.

El Costi y yo ya de primeras nos marcamos un “AngelinayBrad”, que no es ni más ni menos que llegar a la caja-cuna de los gatitos y llevarnos…¿el más juguetón? No. ¿El más inteligente? No. ¿El más cariñoso? No.

EL MÁS GUAPO, obviamente.

Triste es decirlo, peor es esconderlo. Somos así de superficiales y no tengo nada más que añadir.

El asunto es que Jimmy creció como un marajá. En cuanto pudimos nos lo llevamos a nuestro piso de parejita feliz y el gatito se aburguesó de lo lindo. Solo quería comida finolis, siempre escogía las mejores mantas, la esquina más cómoda del sofá, la alfombra más mullida y, cualquier mínimo cambio en su arena de hacer pipí y popó podría causarle una depresión de un mes. Además, se convirtió en un chico de piso que, de repente, renegaba de su pasado asilvestrado y campestre. ¡Todo un marqués!

Como consecuencia de esta vida tan repipi, el nene nos salió un poco agorafóbico y asustadizo. No en vano, cada vez que tenemos que llevarlo al médico, desplegamos un protocolo de emergencia similar únicamente al llevado a cabo en casos de ébola. En primer lugar, intentamos que la consulta médica sea vía telefónica y si esto no puede ser posible, que suele ser lo habitual, procedemos a:

– Desempolvar el transportín.

– Vaporizar dicha maletita con su spray antiansiedad formulado a base de hormonas gatunas que nos cuesta chorrocientos euros, de forma que no sabemos si aquello desprende hormonas o lingotes de oro.

– Rociarnos nosotros mismos con dicho flus-flus.

– Turnarnos en el coche de camino al veterinario. Si uno conduce, el otro se queda atrás a cargo del transportín, intentando calmar los maullidos del peque a la vez que subimos y bajamos la ventanilla para que le dé el fresco. Un cuadro.

– No olvidarnos del Betadine ni de las gasas. Para nosotros, quiero decir. Posibilidad de antebrazos ornamentados de surcos sangrientos de un 99%.

Bien, una vez terminada la consulta, procedemos a repetir la ceremonia previamente mencionada pero esta vez en dirección a casa.

Aun así, lo más probable es que Jimmy sufra una especie de shock postraumático durante los días siguientes. Bien es cierto que se le irá pasando a medida que le damos mimitos y se sepa el centro de atención de nuestro amor y nuestra billetera, porque como el pequeñajo está triste, le compramos todos los juguetitos que hay en el mercado, aunque él siga prefiriendo destrozarnos el sofá que pagamos a plazos y con el que hizo un deshilachamiento masivo cuando solo llevábamos tres letras saldadas.

Ay, ¡si es que es un amor!

A ver, que yo diré en su defensa que aun a riesgo de que haya hecho un retrato de un gato propio de un conde, la verdad es que es bastante más de barrio de lo que parece. De hecho, ya le puedes comprar el rascador más sofisticado, que él solo quiere el que vende el señor Venancio en la tienda agraria de mi calle. Eso sí, como es todo un gato metrosexual, se pasa la vida cuidándose y limando sus uñas con tal ahínco, que el rascador del señor Venancio solo le dura un mes. Con él hace auténticas virguerías y posturas de flexibilidad imposible a las que respondemos con aplausos y vítores. Yo es que creo que el señor Venancio no cierra el negocio para no darnos el disgusto con lo del rascador.

Ahora sí. Ahora viene lo bueno. Jimmy es una ricura y nunca se despega de nosotros, especialmente cuando estamos leyendo un libro (le gustan los de buena edición), ya que justo en ese momento le entra ganas de rascarse la barbilla en la esquina de la tapa; o cuando estoy tumbada viendo una peli y se tira sobre mi pecho una media de veinte minutos, haciéndome una exploración mamaria con sus patitas mientras decide su postura ideal. Cuando termina la investigación del terreno también ha terminado la peli, y yo solo he visto una bola de pelos durante la última media hora. Pero no le riño, no vaya a ser que se me traume y tenga que sacar el flus-flus carísimo.

Y por supuesto, como a todos los papis, nos encanta que nos digan que es de una belleza sobrenatural. Porque para qué mentir, es una cucada. Lástima que no podamos lucirlo mucho, puesto que es un poco asocial y snob. Todo el mundo le parece poco para él, y cuando tenemos visita en casa, se queda debajo de la cama y no podemos presumir de su hermosura. Encima nos han dicho que sus hermanitos son un amor y los llevas al médico sin ningún problema. Nos está muy bien empleado, por coger al guaperas.

Además, como todos los papis, hacemos con él todas las chorradas habidas y por haber, desde fotografiarlo con gafas de sol, corbatas, parche de pirata y sombrero de gánster; hasta sujetarlo por las patitas delanteras y hacer que bailamos un tango con él.

Ahora ya está mayorcete e incluso prefiere comer el yayo-pienso, versión gourmet, claro está. Incluso más de una vez ya lo he visto contemplar desde el cristal de la ventana las obras en mi calle, y más muestra que esa del inexorable paso del tiempo no hay. Pero él ha sido feliz con su vida de pitiminí durante todos estos años y espero que nos queden muchos más por contar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *