Relación padre-hija: Mi padre, Marcel Proust y yo

Relación padre-hija: Mi padre, Marcel Proust y yo

 

Hay familias que viven en el sobreentendimiento: se sobreentiende que te quiero porque eres mi hija y se sobreentiende que os quiero porque sois mis padres, y aprovechando esta ley natural de sobreentendernos que nos queremos los unos a los otros, puede que te lleve al acomodamiento y te dejes estar así.

Ojo, que esta práctica no resta amor ni veracidad, que a estas alturas no vamos a explicar que el afecto no tiene que ir unido a demostraciones pomposas, y que la práctica de ellas no suman más devoción; aunque sí es cierto que después de un tiempo te cuestiones si podrías haberles dicho o hecho tal o cual cosa.

Bien, PUES ESO EN MI FAMILIA NO PASA. De achuchones siempre he ido muy bien servida. Me han besuqueado y abrazado más que al Apóstol de Santiago, y encima quieren calidad: “Dame un abrazo”, “¡Que ya te lo he dado!”, “¡Pero eso ha sido una mierda de abrazo, yo quiero uno que se note, que el otro parecía que era con manos de mantequilla como Zubizarreta”…Y así hasta hoy en día. Sin embargo he de confesar que siempre he echado en falta que mi padre nos dedicase más tiempo en casa.

En su defensa diré que en los 80 no era muy común encontrar a un hombre que practicase actividades implicados en cosas de madres: bañarnos, peinarnos, hacernos el potito o acunarnos. ¡Esas eran cosas de mujeres! Y si le sumamos, además, que mi padre, aparte de trabajar 500 horas diarias, era y es un tipo con mil aficiones al aire libre, sin perdonar su copita en la taberna de al lado, cuando llegaba a casa su prole estaba bañada, cenada y metida en cama.

Bien es cierto que nunca es tarde si la dicha es buena, porque resulta que ahora mi padre es como Marcel Proust: se pasa la vida buscando el tiempo perdido. Ahora que ya estamos más que talluditos se preocupa de si hemos cenado, pero cenado bien, no un trozo de pan y una loncha de queso y hala. “Ah, ¿y eso es una cena? Oye, ¡dile aquí a tu hija que cene como es debido!”.

::::::A buenas horas se acuerda este:::::::, pensará mi madre.

Con lo cual mi padre ha pasado de solo vernos en pijama y a punto de ir para cama, a acosarnos telefónicamente. Las medias tintas no le van. Te llama para todo y has de tener el móvil siempre disponible para él, no se te puede olvidar dentro del bolso o en modo silencio, porque entonces cuando le echas un vistazo lees: “Papá. 36 llamadas perdidas”. Le devuelves la llamada sabiendo que te caerá el diluvio discursivo de siempre: que por qué no estás disponible, que por qué nunca le coges, que por qué es la última mona de la familia… Y justo cuando finaliza su supermonólogo me dice “¿Y yo para qué te llamaba?”.

Normalmente yo le refresco la memoria, porque dado que está en modo recuperar el tiempo perdido, la llamada sería una invitación para ir a tomar el vermú juntos, la cerveza de por la tarde juntos, ir a comer juntos o discutir sobre política juntos mientras hacemos todo lo anterior JUNTOS.

O no exactamente juntos, puesto que mi padre en cuanto a conversar, es bastante anti-intercambiar opiniones: suelta su monólogo, que es algo que le encanta, sea telefónico, desde el espacio exterior o ya en persona; y después todo aquel que discrepe mínimamente se posicionará, según él, en la tesitura de llevarle la contraria; y venga lío, y por qué te pones así, pero si eres tú el que se está poniendo así, pues yo estoy muy tranquilo…y claro, la montamos fina en cualquier bar.

Mi padre es que es un hombre muy apasionado, no solo para discutir, sino también para hacerte ver que está muy a gusto contigo. Si le vas a dar una visitilla y está viendo una de vaqueros, te dice que te sientes un rato. Accedes, a pesar de temer por tu integridad muscular, ya que sabes que vas a salir de allí con el cuello como un acordeón.

Él, como persona afectuosa que es, te pasa el hombro por encima, y tú te acercas un poco contra su pecho; pero a los dos minutos tienes las cervicales destrozadas, y como no es menester de hacerle un feo, ahí que te quedas en esa postura hasta que lleguen los anuncios, viendo a James Coburn tocando su armónica en la cárcel del condado.

Cierto es que te has librado de una buena si solo estaba viendo una peli del Oeste, porque como se trate de fútbol y se te ocurra sentarte a su verita, te va a quedar el muslo con más cardenales que el Vaticano (chiste de Grease, no mío). Saque de córner, te agarra el muslo y, según vaya la dirección del balón, te va apretujando con las yemas de los dedos hasta que al final ni gol ni nada, y mete una leche en la rodilla mientras dice…Cagüeeeeeeeeeen en [inserten aquí figura religiosa a elegir. Es que no quiero ir a la cárcel].

Por otra parte, a veces tengo la sensación de que discutimos más de lo que deberíamos: él no entiende por qué vivo agobiada y yo no entiendo por qué no lo entiende. Lo mejor es dar la batalla por perdida y reconocer que ni incluso tu padre va a comprender todo lo que haces o dejas de hacer. Prefiero olvidarme de eso pero ser plenamente consciente de que siempre me ha apoyado en todo, siempre me ha protegido y siempre me ha mimado.

Yo ya no quiero más. 

Os dejo, tengo veinte llamadas perdidas.

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