Ser la hermana mayor: me merezco un monumento

Ser la hermana mayor: me merezco un monumento

Hermana mayorSiempre me ha gustado realizar sondeos sobre quién se lleva la peor parte en cuestión de hermanos.

Me encantaría admitir que el resultado de dichas encuestas ha reforzado mi teoría, porque convencida estoy de que ser la mayor es un rollo de descomunal magnitud; pero no ha sido así.

La conclusión del estudio es que CADA UNO SE QUEJA DEL PUESTO QUE LE HA TOCADO.

De manera que el pequeño se queja de cargar con las culpas de todo, el del medio porque pasa inadvertido y el mayor porque ha de ser responsable.

Pero atención, damas y caballeros; desde mi posición de hermana mayor, yo añado una condición que me ha tocado vivir y creo que no se ha discutido los suficiente. Será porque, de buenas a primeras, queda un poco feo decirlo, leerlo o escucharlo. Pero ¿para qué está este blog? Para soltar alguna burrada, previo camuflaje de risitas -ji ji ja ja-, y voilà, el comentario desafortunado lo hemos transformado en una verdad como un templo sin que se nos considere un monstruo.

Con lo cual, procedamos a emitir el enunciado en cuestión. Suena a título de un capítulo de Expediente X, quienes, por cierto, emperrados estaban en decir que “La verdad está ahí fuera”. En absoluto, la verdad está aquí dentro; ¡si lo sabré yo!

Tal verdad, tal misterio familiar en el que incluso he estado a punto de involucrar a la CIA se comprime en lo siguiente:

YO HE SIDO EL EXPERIMENTO DE MIS PADRES.

Ahí lo tenéis, lectores y lectoras. He entrado con fuerza y no lo niego.

Ser la mayor implica convertirte en la diana de sus ideas estrambóticas como padres primerizos. Eres como su ratoncito de laboratorio con el que juegan al prueba-y-error,  y con el que en multitud de ocasiones no saben cómo actuar. Pobrecitos, la de veces que me sigo enfadando con ellos retroactivamente y la verdad es que no era porque no quisieran hacerlo mejor, sino porque igual no sabrían.

Además, en mi caso se da el agravante de ser la hermana pero que muy mayor con respecto a mis hermanos. Nada de llevarles cuatro años, cinco años….¡qué va! Considerarían en su momento que eso estaba algo pasado, y mis padres siempre han sido unos adelantados a su tiempo.

Efectivamente, se adelantaron en todo menos en tener al segundo y tercer hijo. Ahí no actuaron con mucha premura, no.

El caso es que cuando mi primer hermano llegó, yo ya estaba crecidita; y cuando lo hizo el segundo, yo ya tenía tetas, usaba sujetador y empezaba a estar de mal humor por eso de la mocedad.

Siempre recordaré cuando salíamos toda la familia a pasear y mis hermanos iban de la manita. Súper monos los dos. ¿Y yo en dónde estaba? Situada al final del pelotón, y en esa edad que no sé qué científico la ha inventado porque en general, te quieres morir por todo.

Resulta que tus hermanos parecían dos querubines con su pelito oliendo a champú Johnson’s Baby, mientras que tú, a ver, pelito también tenías, sí. Más bien, unas pelambreras en la sobaquera y en las piernas, adornando tus púberes pantorrillas. Lo peor es que tu madre te decía que no, que no te depilaras porque te saldrían unos pelacos duros y negros; pero tú a lo tuyo; con un drama y una llorera griega porque todas las de tu clase se depilaban y se convertían en tías superguays. ¡Cómo las envidiaba!

Mis compañeras de clase no solo tendrían la suerte de depilarse, sino que tal y como veías en las series americanas, tendrían  hermanas de su misma edad con la que compartirían un cuarto superchulo con pósters de “Los problemas crecen”, en el que hablarían de chicos por la noche y se prestarían ropa por la mañana.

Pronto averigüé que no era exactamente así el asunto. Menos mal, porque yo ni podía intercambiar modelitos ni leer la Superpop con mis hermanos.

Ahora bien, no veáis cómo manejaba yo la Braun Minipimer para hacer el potito de frutas para el pequeñajo. Lo tenía todo dominado. Y, aunque comencé siendo la asistenta de mi madre en cuanto a los baños, llegué a ser una experta en tomar la temperatura del agua de la bañera, del biberón, de cambiar pañales, de horarios de cena y de mi especialidad: acunarlo mientras le cantaba canciones para dormir.

Evidentemente, era también la babysitter cuando mis padres iban por la noche al bar de abajo a tomarse un café. Y quien dice tomarse un café, dice una siesta súper rara que de vez en cuando se tomaban en su cuarto después de comer. Ni idea de lo que hacían allí dentro pero echaban el pestillo. Habrían dormido mal la noche anterior o algo así, me imagino.

El caso es que aquellos dos bichejos eran mi debilidad y, sin duda, siempre me he pasado de maternal con ellos. Incluso ahora, que alguno ya tiene más pelo en el pecho que en la cabeza, sigo estando demasiado pendiente de su bienestar.

Es ahora, curiosamente, cuando más disfruto de ellos. Y bien orgullosa que estoy de formar parte de un grupito de hermanos la mar de riquiño.

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