Menos mal que le han puesto nombre: sororidad

Menos mal que le han puesto nombre: sororidad

 

No soy yo muy amiga de ponerle nombres a todo, pero en esta ocasión no sacaré a relucir mi desacuerdo, pues le han puesto una etiqueta al hermanamiento y afecto entre mujeres: la sororidad.

Es curioso que se identifique con un término distinto a un sentimiento que existe también entre hombres. De hecho, la solidaridad y fraternidad entre hombres se llama “solidaridad y fraternidad entre hombres ”, sin embargo, bajo las circunstancias en las que hemos vivido las mujeres desde que el mundo es mundo, me parece de una lógica cristalina que hayan buscado un término adecuado que se ajuste mejor a este concepto.

¡Y anda que no he batallado yo en contra de este prejuicio!

Cada vez que salía en una conversación la cantinela de siempre, que donde hay tías siempre hay lío, que hay que ver cómo nos pisoteamos las unas a las otras; yo me autoproclamaba defensora de una causa inalcanzable: hacerles ver que estaban equivocados.

Y, aunque a entusiasta no me gana nadie, perdía siempre la batalla. Primero, porque acababa valiéndome de mis alaridos como criterio principal de argumentación,recordemos amigas; si un señor pega voces es porque tiene un férreo carácter, mientras que si lo hago yo soy una verdulera-, y dos, porque básicamente me quedaba sola en mi bando. Ninguna sorpresa al respecto, dado que el mito de que somos unas arpías sigue tatuado como el brazo de un legionario.

Una vez más se trata del modo simplón de cómo nos ven.

Si existe alguna desavenencia en un grupo de mujeres, ¿de verdad que solo saben justificarlo acudiendo a nuestra maldad y a nuestra retorcida mente? Porque me parece una conclusión cutre, rancia e infantil. Así que detengámonos un minutillo para echar una ojeada a esas situaciones de disputa, protagonizadas, según nos cuentan, por seres viles de crispado comportamiento: nosotras.

Pongamos que tenemos un grupo A, formado por hombres y un grupo B, integrado por mujeres.

No es necesario ser catedrático para adivinar que en el primer grupo la comunicación verbal es menor, y en consecuencia, el nivel de intimidad, también. En el segundo, se ahonda más a todos los niveles. Nos comunicamos más a menudo y más profundamente. El vocabulario se concreta, somos más específicas expresando lo que nos ocurre o lo que sentimos y, en muchos casos, compartimos ciertas intimidades impensables en el caso de ellos.

Es más, nos entregamos hasta el melodrama, confiamos en la otra hasta el infinito. Es por eso que en caso de riña, todo se magnifica. El problema se convertirá en un problemón a ojo de otros, adornado muchas veces por lloros, lo que no hace sino incrementar nuestra leyenda de sobreactuadas. Bien es cierto que lloramos porque a nosotras sí que se nos permite mostrar públicamente este código, mientras que a ellos se les ha vetado per secula seculorum.

Qué lástima. Para una cosa que tenemos de más, solo nos sirve para hacernos sentir de menos.

Lo cierto es que, tras un tiempo, comprobamos que en el grupo femenino ha habido más desencuentros que en su análogo masculino. Desencuentros oficiales, se entiende, puesto que la antipatía, el rencor y el desprecio existe en los hombres también. Y en el centollo. Y en el urogallo. Y en el pelícano común.

Es lo bonito de los seres vivos, que están siempre dispuestos a montar un pollo, solo que unos más por lo bajini y otras, sin nocturnidad ni alevosía. Pero a efectos, es lo mismo. Perdón, me corrijo; nada es lo mismo en lo que se refiere a hombres y mujeres. Ni siquiera los defectos.

Tirando de prejuicios feos, a ellos se les suele calificar de simples, bobos y obsesionados con el sexo. En cualquier caso, taras vistas desde una perspectiva costumbrista, bonachona y simpaticona. Ya ves tú, el Manolo, qué tío más gracioso. ¡Siempre pensando en lo mismo!

Sin embargo, los denominados “defectos femeninos” implican SIEMPRE la existencia de una persona malvada, de un ser humano horrendo: lianta, controladora, marimandona y criticona. Ya ves tú, la Paqui, menuda elementa ¡Siempre mangoneando al marido! Y ahí se quedará la pobre Paqui con el sambenito de lagarta hasta el resto de sus días, porque cuando te persigue un mito, no te lo sacarás de encima jamás.

Los prejuicios están para que no te abandonen nunca, y si se supone que has de ser una falsa, una pájara y demás terminología de elección poco original; probablemente necesitemos enseñarle al mundo el respeto que nos tenemos y el apoyo que nos mostramos. Me niego a que recaigan sobre nosotras estereotipos erróneos e injustos; especialmente porque somos las primeras en cuidar de los demás, a escuchar, a dedicar tiempo, a ayudar. Quizás porque no los han inculcado, pero qué mas da el motivo, si al final siempre estamos ahí.

Todas esas actividades que requieren amor, paciencia, y generosidad suelen estar vinculadas a nosotras. ¿Por qué no íbamos a practicarlas entre nosotras mismas? ¡Pues claro que lo hacemos! ¡Y mucho! Puede que demasiado. Pero nunca está mal pasarse de sororidad.

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