Por qué detesto el fútbol.

Por qué detesto el fútbol.

 

Así, a primeras, no podría decir nada en contra de este deporte. Practicado con escasos recursos, ejerce una acción democratizadora sin igual; desde Turkmenistán hasta Uruguay se practica el fútbol con la misma pasión. Incluso actúa como calmante de tragedias en campos de refugiados o en las cárceles, y todo con un simple balón de por medio.

Por otra parte, es un deporte bien lucido, en donde los protagonistas corren con una pelota pegada al pie, cosa que me parece magia; capaces de serpentearla entre sus piernas o colarla entre las del contrario. Y si encima el equipo juega bonito, ya es de premio. ¡Incluso Dios está presente con su mano! Y la mano de Dios no aparece en cualquier sitio.

Entonces, ¿por qué tanta inquina hacia este deporte, Mala?

PORQUE ESTOY HASTA EL CUERNO DE SU CIRCO. Estoy empachada, saturada; estoy hasta el moño y más allá de todo el cosmos que orbita alrededor.

Toda esta tirria creo que viene latiendo en mi interior desde que en mi instituto, los compañeros que jugaban en la categoría juvenil del equipo local venían a clase todos los santos días vestidos con la equipación, escudo incluido, pavoneándose de estatus social (repito: SOCIAL, no deportivo). Hacednos pasillo, pringaos, que somos FUTBOLISTAS. Cada vez que entraban en el recinto escolar con su chándal y su famoso escudo parecía que venían los del Manchester United. Disculpen, Manchester City, mucho más adecuado a esta era.

Me he quedado algo desfasada futbolísticamente hablando. ¿Todavía juega Marco Van Basten? ¿Han derribado Las Gaunas? Definitivamente, necesito un curso intensivo para ponerme al día, aunque no me matricularé mientras persista en mí este longevo hartazgo.

¿Roberto Baggio sigue con su coleta de rizos?

Mejor centrémonos. Me veo perdida en este océano de lo que antes eran fichajes estrella, equipones y jugadorazos. Actualmente, EL ÚNICO FÚTBOL QUE VEO ES FLORENTINO PÉREZ, el dinero de Florentino Pérez, las ideas supremacistas de Florentino Pérez, el intercambio de jugadores de Florentino Pérez y el careto de desidia y aburrimiento de Florentino Pérez. Que para ser multimillonario se le ve mal color. No le sienta bien el dinero. Debería cambiar de tercio y dedicarse a ser camarero, ya que hay un señor empresario que dice que en España somos todos unos vagos y nadie quiere servir mesas por quinientos euros.

El asunto es que en unos años hemos pasado del tierno álbum de cromos de Panini a unas gestiones propias de la mafia siciliana; futbolistas fichados por una cantidad obscena de dinero y propietarios de equipo acostumbrados a conseguir lo que quieren a golpe de billete. Después te enteras de que lo que tomabas por equipos opulentos, en realidad no tienen ni para pipas. Hasta arriba de pufos con Hacienda, subsisten gracias a unos préstamos que nunca serán capaz de devolver y que les obliga a vender cinco camisetas distintas por temporada a precio de Chanel Couture. Al final viven del merchandising, como los de Frozen. Así está ahora montado.

Por no hablar de la venta de los derechos de televisión únicamente a plataformas de pago. No hay ni un solo partido gratuito para ver en casa. O sea que lo del deporte democrático, olvidadlo. Casi mejor seguir la hípica, será el nuevo deporte del mundo obrero. Tiempo al tiempo.

De todas maneras, si hay algo que me produce más tedio que Florentino y sus millones que lo pagan todo es el COMBO DE PADRES REPELENTES & NIÑOS PRODIGIO. Desde el matrimonio Clinton no venía nada tan mal avenido que aguantaba por el bien de ambas partes. Los padres, una pareja común con un hijo común, se desviven por ese minifutbolista que ni fu ni fa, pero que a ojo de sus predecesores es el nuevo Maradona antes de pasar por el Nápoles.

El niño, borracho de ínfulas, con diez años se pone las manos en la cintura, lanza escupitajos como sus ídolos y hace gestos de desaprobación cuando el míster lo sienta en el banquillo. Los padres critican fuertemente la decisión y le van dando la vara esa semana a todo aquel con el que se encuentran. “Fue sentarlo en el banquillo y el equipo se vino abajo”. Con dos bemoles. Viva esa educación de la era Montessori.

En cambio, si el niño tuviese aptitudes para el atletismo le dirían: “Mira, es que papá y mamá no pueden ir tres veces por semana a llevarte y traerte del entreno. Además, no queremos que descuides tus estudios”. Pero cuando se trata de fútbol y de presumir de un niño al que hacen pasar por Pelé, contratan a un chófer si es menester. Me gustaría admitir que todo esto forma parte de mi querencia por la hipérbole, pero lamentablemente lo he visto en persona reiteradas veces.

Y es que ¿quién quiere ser corredor de cinco mil metros? Sin novias influencers/modelos de lencería, con cuerpos famélicos y malviviendo de alguna beca de deporte. ¡Ni peinados molones tienen! Es por ello que tanto niños como padres eligen ser futbolista de la Liga Autonómica Preferente antes que un atleta con medalla olímpica.

De ahí que los críos con solo seis años exijan unos peinados válidos tanto para jugar en la Liga de Champions, en el pabellón de tu pueblo o en un reality de Telecinco. A través de un peinado hortera se adentran en un mundo chabacano, repletos de zapatillas de andar por casa de Gucci, mantelería de Versace y fotos en las redes sociales del piececito de su recién nacido al que han llamado Neylan.

Promocionados y llevados hasta el altar de los dioses intergalácticos por un nuevo periodismo igual de basto y vulgar que ellos, ambas partes se utilizan para ganar adeptos y ampliar su estela en el universo monotemático del fútbol. Lo demás es relleno, incluidos los equipitos (todos menos tres) que no dan ni audiencia ni dinero.

En el fondo, me dan mucha envidia los futboleros. No se aburrirán ni un momento, entre partidos los siete días de la semana y chiringos nocturnos montados para despellejar o encumbrar a cualquiera solo por un día, porque en España un día eres un paquete y al día siguiente eres la estrella a la que no dejaban brillar. Con esta afición la vida transcurre con más gracia. Qué suerte.

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