¿Ya no está de moda hablar de amor?

¿Ya no está de moda hablar de amor?

MalaamorDesconozco el decreto ley según el cual se ha dictaminado que hablar de amor es de cursis.

Puede que me equivoque, sin embargo me da la sensación de que se ha quedado relegado a las conversaciones de los más nostálgicos o sensibleros; de los que vulgarmente conocemos como “moñas” y que suelen formar parte de todo tipo de mofas.

Pues yo, aprovechando la coyuntura, confieso sin pudor alguno que soy una moñas.

Sí, y me encanta serlo, ya que por mucho que os esmeréis no encontraréis un tema más chulo que el amor, que el enamorarse, que el morirse de amor como lo hacían los poetas del Amor Cortés o como también escribían Bécquer y Neruda.

Desgraciadamente, resulta que en estos tiempos ponerse con el “Te quiero”, “Te amo”, “I love you” o “Ti voglio” está, por lo visto, algo desfasado. Es más, añado un ejemplo; hace unos días, en pleno transporte público me dejé seducir por la conversación de un sector de la población que realmente me apasiona: los adolescentes.

En esa ocasión hablaban de un grupo de música con el cual, al menos dos de ellos, se mostraban verdaderamente indignados, pues por lo que pude percibir “ahora son una mierda que van de amor y rollos por el estilo, no como antes, con letras comprometidas y cañeras”.

Conclusión número uno: amoríos y demás es de blandengues, viejunos y gente que le trae al pairo la realidad social. Mal empezamos.

La cuestión es que de la misma manera que unos jovenzuelos se manifiestan en contra del amor, también lo hacen los adultos. La de veces que he escuchado “Pues he visto la última peli de [inserte director de culto] y menuda ñoñería. ¡Que me devuelvan mi entrada!”.

Y todo porque al pobre director se le ha ocurrido meterse en un proyecto en donde hay cosas súper raras como caricias, besos, y frases de esas que decimos solo en bajito. ¿Pero cómo te vas a sentir indentificada con todo eso? Mucho mejor sería que el señor realizador me obsequiara con una escena que muestra una pelea de un plano secuencia de 23 minutos, en la que intenta sacarse de encima a una criatura interplanetaria de alto rendimiento intelectual.

¡Di que sí! ¡Así sí que te metes en la historia y te sientes reflejado!

Por otra parte, intento buscar el origen del desprecio hacia el tema amoroso. Me imagino que en gran parte se debe al mal uso que se ha hecho de él en el cine, en la literatura y en la televisión; puesto que se ha abusado de los tópicos, se ha presentado la mayoría de las veces desde una perspectiva frívola e inmadura, tirando de lugares comunes y dibujando, en cierto modo, una visión convencional e infantil como un cuento para dormir.

Es más, uno de los factores que más daño le ha hecho ha sido segregar al público en cuanto al género. De manera que:

Temita de amor=mujeres.

Con lo cual, lo presentan según ha marcado la historia: una tía súperguapa que cree en el amor de verdad (que solo está en su inmadura mente) y que necesita a un macho con pectorales para que la cuide.

Y voilá, ahí tenemos el paradigma general. Bien es cierto que no siempre ha de aparecer así, con esta estética tan cutre y simplona. Muchas veces puede ser incluso adornada con rasgos más complejos, simulando una obra seria y de calidad aunque sea la misma historia telenovelesca de siempre. ¿Resultado? Un quieroynopuedo.

Para ello necesitamos más diversidad en los argumentos, más hombres con cero prejuicios creando historias de amor sin estereotipos, más hombres disfrutando de ellas, configurando así un público más heterogéneo;  menos arquetipos machistas y, sobre todo, concebir historias de amor de verdad.

Por eso desde aquí PROCLAMO A LOS CUATRO VIENTOS MI FIDELIDAD A LAS COSAS SENCILLAS, a los amores pequeñitos y grandes a la vez.

¿Y qué es una historia de amor de verdad? Nadie lo sabe, aunque no es necesario contar la historia de los Montescos y Capuletos.

Una historia de amor de verdad no precisa de fuegos artificiales ni de un señor de rodillas con una cajita de Tiffany’s en la mano. Solo hace falta mostrar el lado más desnudo y más simple de la historia. Amarse a secas de la forma más natural. Con admiración mutua, con deseo. ¿No son estos los sentimientos más universales? De la misma forma también que lo es quererse a tiempo no siempre completo o admitir las barreras que existen.

Es por eso que las historias pequeñitas son con las que me siento reflejada.

¿No hay nadie que se enamore de la que es para mí, sorprendentemente, una de las mejores películas de amor: Up? ¿Cómo es posible que esa historia animada me estremezca así? Porque Up es amor de verdad, del pequeñito, por lo tanto, del grande.

¿Existe alguien que no se conmueva con la escena de Brokeback Mountain en la que uno de los enamorados estruja contra su pecho la camisa de su gran amor pretendiendo recuperar su olor?

¿Acaso hay alguien que no desea que Meryl Streep salga de la camioneta de su marido para abrazar a Clint bajo la lluvia?

Y no he tenido agallas de ver Amor de Michael Haneke, porque sé que va a ser puro sufrimiento amorístico y mi corazón haría ¡Booomm! Y yo al señor Haneke pues le tengo aprecio, pero no tanto como para morirme.

Y añado personalmente a mi músico favorito, Richard Hawley (junte usted a Elvis y a Johnny Cash con Frank Sinatra y ahí tiene a mi querido cantante); quien le sigue escribiendo al amor, componiendo canciones dedicadas a su mujer y entonando las baladas más bonitas del siglo XXI. De hecho, uno de sus lemas es “Let’s balad!” (“¡Cantemos una balada!”). Bonita consigna.

Gracias, Mr. Hawley.

 

 

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