Compartir la cama: cosas de las que nadie habla

Compartir la cama: cosas de las que nadie habla

 

Bajo el estandarte del romanticismo se encuentra esa actividad diaria -aunque no practicada desde siempre- que es la de dormir en la misma cama con otra persona. Persona adulta, por cierto, ocupante de un espacio tridimensional que hace que tu parcela del bienestar mengüe en cuanto a centímetros cuadrados. Así, lo que en los primeros episodios de noches sobre el mismo lecho sabía a miel, incluso yaciendo en colchones rellenos de clavos incandescentes; con la costumbre se convierte en una lucha griega en un tapiz de 1’50.

Oh là là, el amor y todo eso, bla bla, blu blu, el amor todo lo puede, es la fuerza del amor y citas varias, para que al final la mayoría de las parejas se vayan para cama a horas distintas. Bien porque uno es barrendero, otra cirujana, uno estudia para notaría, otro se queda a ver un capítulo más; la cuestión es que pocos se sincronizan a la hora de meterse en el sobre.

En ocasiones también falta sincronía en la cuestión higiénica, porque uno es de ducharse por las noches, la otra por la mañana, o uno solo se ha aseado en el bidé y la otra aparece con el pelo todavía medio mojado, convirtiendo la almohada en un fértil estrato fúngico. Las opciones pueden ser variadas, pero la reacción es solo una: si tú te has duchado y el otro no, debido a una reacción fisiológica que desconozco, de repente los olores corporales de tu pichoncito se vuelven ligeramente irritantes. “¿Pero no decías que te encantaba cuando olía a yo?”, “Lo mismo aquel día estaba acatarrada o algo”. Lo más probable es que estuvieses bajo los efectos anestesiantes de la primera fase del amor, donde todo vale.

Una vez en cama, no siempre se consigue el mismo feng shui debido a la práctica de distintas aficiones. Leer con la lamparita encendida, escuchar una app que incita al sueño con sonidos ultrasónicos de delfines o colorear mandalas. En cualquier caso, alguien saldrá perjudicado. O los dos, uno porque miente cuando dice que no le molesta y la otra porque se pone nerviosa al saberse un incordio. Un buen remedio sería hacer el noble acto sexual del amor, pese a que, al menos en mi caso, tampoco pondría fin a uno de los peores fastidios dentro del lecho: los pies fríos.

Los pies fríos son el mayor fastidio creado por el ser humano. Y sí, fue creado por una pérfida mente centrada en fundar el mal en el mundo. Lo veas por donde lo veas es una lata de dimensiones faraónicas, y cuando se comparte cama, ignoro si es peor sufrirlos tú misma o que te los acople alguien con esa vieja excusa de la confianza. Yo podría caerme en el Mar del Norte, como la de Titanic, que no pasaría tanto frío como cuando tengo los pies fríos. Lo bueno es que cuentas con un sencillo e infalible remedio: la bolsa de agua caliente, objeto al que le he dedicado varias entradas en este querido blog, puesto que nadie como él me ha reparado tantos males y penas.

Cuando me dispongo a prepararla, le pregunto a mi Costillo si tiene los pies fríos. Me contesta: “Psé, los tengo normales”. Cuando mi Costillo dice que algo está normal, en su idioma yo lo traduzco por: “Tengo los pinreles congelados pero quédate tú con la bolsa de agua”. Dado que lo conozco como si lo hubiera parido, a los dos minutos comienza a darme unas extrañas pataditas a la altura de los tobillos, que no es otra cosa que la primera señal de su búsqueda de algún trozo libre de la bolsa de agua. “A ver, ¿te la presto un ratín?”-le pregunto. “Nnnoo, o sea, qué vaaa…bueno… un ratillo, venga”. Y yo se la presto. Y todo por amor.

A lo largo de la noche, los contratiempos pueden ser numerosos: desde resonantes problemas de carácter gaseoso o gastrointestinal, hasta una repetitiva tos seca, pasando por continuos cambios de posición que causa que vuestra cama se convierta en un maremoto. Podemos sumar también hablar en sueños, tarea que mi Costillo realiza frecuentemente. Añadiéndole el plus de que sus sueños no son como los del resto de los mortales, sino que él siempre se encuentra enfrascado persiguiendo a ratas gigantes, intentando escapar de unas naves espaciales que te succionan como una aspiradora o librando un duelo de la Edad Media con Guillermo El Mariscal. Al final siempre tengo que despertarlo por su bien. “Puff, estaba teniendo un sueño horrible…”. “Bueno, pues no me lo cuentes”-le suelto. No es hora de batallas épicas; ni las del Cid ni las de nadie.

La noche da para mucho y a veces hay unos extraños momentos en que se coincide de frente, respirando uno sobre la cara del otro. Como es molesto, inclinas un poco la cabeza hacia atrás, y el otro hace lo mismo. Volvéis a coincidir nariz con nariz, con lo cual el otro la inclina de nuevo la cabeza hacia atrás y podéis pasaros así un buen rato hasta que uno de los dos suelda la coronilla con la espina dorsal. Una figura de contorsionismo de la que nadie había hablado aún. Espero no ser la única que la ha practicado.

Es momento ahora para la traca final: el lógico desacompasamiento de los despertadores. Quien sea el primero tiene peor suerte, pero está claro que los minutos que le queden al siguiente se convertirán en una lenta y agria agonía en la que, en lugar de dormir sintiéndose afortunado, estará calculando con raíces e integrales matemáticas el tiempo que le queda para levantarse.

Pero pese a estas latosas adversidades, todo merece la pena por conseguir la perfecta postura de la cucharita, por decirse cosas bonitas con la cara planchada en la almohada y por seguir durmiendo pegaditos mucho tiempo más.

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