Conversaciones de una parejita

Conversaciones de una parejita

Siempre me han llamado la atención esas parejas que no se hablan cuando están sentados en una cafetería. Él mira hacia un lado, ella mantiene los ojos en posición de pause hacia el infinito; ni se tocan, ni se miran, ni se hablan ni se rozan. Son dos menhires plantados allí mismo.

Vaya por delante que, aun así, me erijo como la defensora superlativa del espacio individual en una pareja. Y es que un tú y un yo hacen un nosotros fantástico, pero un tú a lo tuyo y un yo a lo mío sientan estupendo cuando toca.

Ahora bien, a partir del instante en que nos disponemos alrededor de una mesa, el momento pasa a ser de los dos. Es lo que hacen las mesas: propician conversaciones, y a mí no me gusta hacerle un feo a nada. Ni siquiera a una mesa.

Mi Costillo y yo no necesitamos sentarnos para darle al palique. Nosotros fabricamos una charla en un pispás, siempre que exista el acuerdo tácito entre ambas partes de estar por la labor. No hay nada peor que un diálogo se convierta en monólogo por obra y gracia de la desgana del otro, quien solo emite algún sonido nasal como signo de su falso interés.

En ese caso, no es necesario ser especialmente intuitivo, unos cuantos años de convivencia te hacen saber enseguida si es buen momento o no para el parloteo.

Si es así, os presento una muestra de esos asuntos que solemos tratar a dúo:

Intentar arreglar el mundo: A la hora de la cena, a mi Costi y a mí se nos da por ponernos sociólogos, expertos en macroeconomía, peritos en bioesfera y catedráticos de antropología.

Siempre hemos sido gente de un profundo compromiso, que aumenta exponencialmente si picoteamos en pijama pan con queso: “Si es que ya lo decía el gran Noam Chomsky: `El capitalismo ha tenido éxito porque ha contado con mano de obra esclava´. Pásame la servilleta”. “Y no olvides que para los capitalistas su doctrina es un dogma de fe. Acércame el agua”. “ ¿No queda más queso? Y hablando de Chomsky, ¿conoces su teoría sobre los ‘Esclavos agradecidos’? Toma el pan”.

Todo muy riguroso y muy cabal. Lástima que el 85% del tiempo que pasamos juntos nos dedicamos a diseccionar el siguiente tema:

– Mi pelo/ mi ropa/ mi cuerpo/ mi cara: Sin duda, la materia troncal de todas nuestras conversaciones: “¿Estos vaqueros me hacen culo?”, “¡Quién se va a fijar en tu culo con lo guapa que estás!”, “O sea que sí, que me hacen culo gordo”, “¡Cómo te van a hacer culo gordo!”, “Es que me has salido con lo de guapa, y claro…”, “Hija, qué quieres que te diga, ¿que eres fea?”, “¡Es que yo te estaba preguntando por mi culo!”, “Pues no. No te hacen culo gordo”, “Y entonces lo de que era guapa, ¿ya no me lo dices?”, “Que sí, que eres guapísima, eres mi diosa Nefertiti, mi Venus de Botticelli”, “¡Pasa de mí!”, “¡Hala! ¿Ya te has enfadado?”.

– Cualquier diálogo en el que mencionemos a nuestras madres: Bajo la fórmula que aquí adjunto: QUÉ + (ADJETIVO)/ ¡PUES ANDA QUE LA TUYA!, se circunscriben innumerables intercambios de opiniones en los que nos acogemos al valor de ley, al sangre de mi sangre y al código de honor del Siglo de Oro.

Nos han dado la teta y nos han parido sin epidural. Eso se merece, como mínimo, que defendamos su honra y su destreza en la cocina. Es por ello que si las croquetas de tu suegra están mejor que las de tu santa madre, sé una hija en condiciones y MIENTE. Tu madre se lo ha ganado; dedícale la mejor de tus trolas, no hay gesto más tierno. Veamos un ejemplo del esquema anteriormente mencionado:

Qué grasienta la empanada de tu madre”, “¡Pues anda que la tuya, que todavía me está repitiendo la de la semana pasada!”

Qué pesada tu madre contándonos la película”, “¡Pues anda que la tuya cuando te explica una receta!”.

Nótese que la réplica al agravio ha de salir de tu boca a velocidad del rayo, de lo contrario, la conversación perderá fuelle y nadie te podrá acusar de estar a la defensiva. De este modo, el diálogo no crecerá hasta el cabreo necesario que requiere una cháchara con temática familiar.

– Análisis de una peli, libro o disco: El postureo intelectual se puede practicar cuando sea y con quien sea. De hecho, puedes montar una mesa redonda al estilo del programa de Garci en un espacio cualquiera. Y sin tanta testosterona ni tanto cigarro.

A nosotros, por ejemplo, se nos da por desmenuzar una pieza de arte cuando vamos de caminata ataviados con un chándal. Lo peor son las cuestas hacia arriba: “La fotografía de … [resoplido]… Janusz Kaminski en Salvar al Soldado Ryan es soberbia”, “[Resoplido] Sí. Fíjate qué distinta [resoplido] es la de Apoca[resoplido]lipsis Now, en tonos mucho más [resoplido] cálidos [resoplido]para reflejar [resoplido] el [resoplido] bochorno”.

Esta última intervención jadeante y en fase terminal, sin duda alguna, era mía.

– Planes de variada condición y poca probable ejecución: Comprar un coche, firmar una hipoteca, cambiar de sofá, pintar el piso o viajar a la Antártida. Todo comienza con un hipotético “Y si… “, al que le sigue una breve exposición de la materia, cotejando pros, contras, situación monetaria en general, pereza por ponernos con esa cuestión en particular, y en menos de un minuto zanjamos este tema y pasamos a otro que requiera un menor despliegue de dispositivos.

– Temas cotidianos: Cotilleos sobre compañeros, agobios laborales, regalos de cumpleaños sin comprar, citas médicas, el menú de la semana, llamadas a tus padres, el coche en el taller, los precios en el supermercado, a ver si es viernes de una vez, ropa sin planchar, posible confinamiento, cabreo del jefe, desparasitar al gato, hoy me ha salido un herpes labial y un sinfín de argumentos que convierten tus días en una compilación de episodios diferentes.

Porque aunque no lo parezca, sí; afortunadamente son diferentes.

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