Cuando tu churri se va quedando calvete

Cuando tu churri se va quedando calvete

Meryl[Aclaración de la autora: Procedo a escribir estas líneas tras pedir permiso al protagonista y afectado; mi Costi, quien, dando muestras de su eterna generosidad me concedió su beneplácito con el júbilo de aquel que va a ser el centro de atención].

El Costillo: ese hombre inteligente, hilarante, culto, comprometido, antaño poseedor de una rebelde melena y ahora reconocedor con buen talante de su incipiente calvicie; ha compartido conmigo -de manera inesperadamente abierta- sus momentillos de inseguridad causados por la pérdida de pelo.

Comencemos pues mencionando lo obvio, que uno no se queda calvo de la noche al día. Si bien sé que existen criaturas que sufren extraños procesos capilares nocturnos: se acuestan con el pelo de un ser humano estándar y se levantan con los pelambres de un cruce entre Espinete y Don Pimpón. Pero vamos, que no he venido aquí a hablar de mí. Perdón, de una que me dijeron a la que le ocurre eso, puesto que yo soy una ninfa renacentista los treinta días del mes; menos los ocho que tengo la regla, los diez previos que estoy con el síndrome premenstrual y los siete anteriores que estoy de mala leche porque me da la gana. Sacando eses diítas, el resto, estoy la mar de tranquila.

Retomemos el tema inicial. Tal y como decía, el proceso de quedarse sin pelo es progresivo y me imagino que doloroso; aunque a veces dudo de esto último observando el modo en que se hablan los tíos sobre el tema. Supongo que actúan así para primero, sacarle hierro al asunto; y segundo, demostrar que ningún complejillo físico va a mermar su naturaleza de macho, ya que eso es cosa de nenas. Con lo cual, cuando uno está en ese cambio entre antiguo-pelazo y muchomenos-pelazo ves que alguien se arranca con chistecillos: “¡Oye, macho, que tienes más entradas que para un Madrid-Barça!”. ¿Y se supone que te tienes que reír? ¡Sí! ¡Y van y se ríen!

A ver, que está estupendo tomárselo así, pero yo creo que esos comentarios solo te son indiferentes cuando ya has acabado el luto por tu matojo o ya has asumido con naturalidad lo que te ocurre. Ese será el momento en el que tú serás el iniciador de las bromas, creando un clima en el que el agraviado da su consentimiento para recibir comentarios chorras.

El Costillo no solo se reía de todas esas paridas, sino que las continuaba y las mejoraba con su ingenio habitual. ¡Incluso en casa!: “¡Ji ji ji! ¡No me muevas el pelo que se me ve el cartón!”, “¡Jo jo jo! ¡Este verano me marco un Anasagasti y se van a cagar todos los influencers!”. Como veis, muchas risitas que a mí me tenían muy mosca. O no. Porque si hay alguien estoico, racional y que asume lo que tiene delante, ese es mi Costillo; aunque en el fondo no me tragaba su buen rollito con el tema.

Pero dado que me hablaba con tanta naturalidad y sentido del humor, llegué a creerme que lo llevaba estupendamente, HASTA QUE TOCÓ PASARSE LA MAQUINILLA.

Y aquí ya entramos en La Fase. “¿Pero tú qué tal te ves?”, preguntaba yo; “RARO”, “¿Pero raro-bien o raro-mal?”, -como observaréis soy de muy buena ayuda-, “Pues solo raro”. Ok. Mal asunto. Además, por aquel entonces nos fuimos de viaje unos días y creo que nos salió un álbum repleto de fotos de piedras, ladrillos, hierbajos y troncos de árboles. Cualquier motivo era bueno para fotografiar con tal de no salir nosotros. Mi Costi, por neocalvo, y yo, porque salí con cara de politoxicómana en todas las fotos excepto en dos, las cuales puse a toda página, en tecnicolor y a tope de postureo.

Las instantáneas en las que aparecía el Costi me dieron la pista final para concluir que mi problem-radar nunca falla, y que el Costi estaba a disgusto con su aspecto. En unas salía con cara de pirado, en otras con cara de sociópata y en las que más, mirando hacia arriba en busca de una aparición mariana. Todo muy raro. Mi cari se veía feote y eso no podía ser. ¡Manos a la obra!

Era hora de iniciar el plan de rescate ideado por mí, así que nada podía salir mal.

El plan se asentaba sobre unos pilares basados en decirle cada tres minutos lo guapo que era, enseñarle cada cuatro segundos fotos de calvos buenorros y ayudarlo a raparse por la nuca y así quedar bien requetecuco. Vamos, estoy convencida de que cualquier corriente de psicología me daría un premio, porque es un método espectacular y efectivo. ¿Problema? Pues que entre que la máquina de cortar el pelo y yo no hubo muy buena sintonía. Ese aparato fue creado por el hijo del demonio y a mí que no me digan lo contrario. Lo único positivo de este trasto es que guarda mis secretos de los auténticos cristos que hago en forma de rayas, calvas, heridas que no vienen al caso y otras cosas que el Costi no se las ve porque las lleva en el cogote. “¿Te ha quedado bien?”, me pregunta. “Uy…sí sí…precioso”.

De manera que aunque odie ese cacharro eléctrico, no nos queda otra que conjuntar nuestra agenda para apuntar el día de peluquería casera. Menos mal que mi actividad es solo de retocar aquí y allí, ya que él suele comenzar solo y sin avisarme:

[Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr],-ruido de la maquinilla-.

Y por supuesto, porque así es como conversamos en nuestra casa, yo también estaré cerca de otro ruido. Véase batidora/aspiradora/secador de pelo/lavadora centrifugando. Le grito para que me escuche bien, y de paso también todo el edificio:

¡¡¡Costiiii!!! ¿Quieres que te dé por atrás?

¿¿¿Quéééé???? ¡No te escucho!

:::::Aun así ninguno de los dos apaga su aparato:::::

¡¡¡Que si te doy por atrás!!!

¿¿Que si me das quééé?? ¡¡No te escuchoooo!! ¡¡Pero mira, venme a dar por atrás, que yo solo no puedooooo!!

¡Voyyyyyyyyyyyyy! ¿¿Solo por atrás o también por delanteee??

¡¡¡Hoy solo por atrááásss!!!

Fantástico. Menos trabajo.

 

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