El cuesco del amor

El cuesco del amor

 

No siempre lo tuyo es lo mío ni lo mío es lo de todos.

Hay cosas que han de quedar para uno, como los episodios relacionados con ciertas funciones corporales. Sucesos, estos, que por mucho que quieras esconder, evitar o retrasar en su concepción, buena señal será que sigan su curso natural.

Y dado su proceder, normalmente involuntario, sus efectos colaterales suelen extenderse a más personas, con las cuales suele mantenerse unos lazos de familiaridad. Cierto es que el roce no siempre hace el cariño, ni el cariño se merece siempre ser adornado con un olor a pedo.

De esa manera conciben la vida muchas parejitas. Sin ir más lejos yo conozco algunas que en una década de convivencia no se les ha escapado ningún gas traicionero en presencia del otro. Qué envidia. Poseer esa capacidad de contención y autocontrol solo está al alcance de unos pocos.

Aun así, lo contrario de esta actitud tan higiénica no es la de pasarse el día pedorreándose a discreción, ni mucho menos. La situación opuesta sería la de un justo término medio: si el pedito me lo puedo echar fuera, perfecto, si no, pues delante de tu costillo. Que la salud no está para andarse con tonterías. Y en caso de fuerza mayor, te acoges al lema de mi abuela:

“¡No ahorro dinero, me voy a poner yo a ahorrar pedos!”.

¡Di que sí, abu! Yo es que vengo de una familia muy enraizada con la poética y no lo puedo negar.

Claro que la gente como yo, de amor por la retórica y por la plática hermosa, también nos tiramos pedos y demás faenas que no parecen propias de mentes sofisticadas. Sin ir más lejos, recuerdo mi primer vientecillo en pleno contexto romántico con mi Costi. Puede que no recuerde el primer beso, pero ese inesperado cuesco se me ha quedado grabado para el resto de mis días.

Eran aquellos días tontunos de pasarnos el día abrazados, sobándonos por cualquier motivo y despidiéndote por la noche como si el otro estuviese a punto de partir a la Polinesia. Y venga qué guapo, y venga qué maravillosa, y venga qué gracioso, y venga qué ojos, y qué especial eres, y qué bien estoy contigo, y qué sonrisa de ángel…

[PRRRRET]

(Mi culo emite un tímido pero a la vez inconfundible sonido).

– ¡Halaaaaaaa!

– Pero a ver, que no ha sido un pedo, ¿eh? Ha sido una tripa, que últimamente me crujen mucho.

– Sí, te crujen en forma de pedos.

– ¡Pero qué vergüenza, por favor!

– Bueno, mujer, eso es que generas gases debido a que los alimentos reaccionan con los ácidos del estómago por un lado, y por otro, porque estamos alimentando a las bacterias que abundan en el interior de los intestinos y ellas nos lo agradecen en forma de abundantes bolsas de aire.

– Visto, así, hasta me parece interesante.

– ¡Entonces sigamos dándonos el lote!

Y desde entonces, nos peemos el uno delante del otro con una franqueza de lo más amorosa.

Luego hay gente como mi padre, que es más remilgado. Cada vez que va a ocupar el aseo, lo anuncia como si fuese un comunicado oficial del Ministerio del Interior para cerciorarse de que nadie entre una vez él termine su tarea. Yo no sé qué ocurre allí dentro. Su secretismo siempre me ha dejado siempre muy intrigada, pero como nunca me ha dado la posibilidad de ir a comprobarlo, moriré sin resolver este enigma.

Procede siempre igual: te notifica que en breve ocupará el trono, te pregunta si tú vas a hacer lo mismo y, en caso de respuesta afirmativa, te obliga a ir antes que él.

Así es mi padre: una persona que se cabrea si cagas a una hora que no le conviene.

Lo cierto es que en cada casa hay un ritual para cada persona. Yo sé que debería cuidar mi protocolo de actuación en lo que se refiere al cuarto de baño. Suelo dejar la puerta abierta, y lo mismo te doy una charla sobre la filmografía de Orson Welles, que te comento lo mucho que ha subido el precio de la vida.

En cualquier caso, serán temas didácticos y de interés general, porque a mí el retrete me pone muy metafísica.

Nada que ver con mi Costillo. Cuando es su turno monta un parque de juegos a puerta cerrada: el móvil, el National Geographic, el libro de instrucciones de la lavadora y, su lectura favorita: el catálogo del Lidl. Yo no entiendo la pasión por ese panfleto, pero cada vez que hay uno nuevo en el buzón, se le ilumina la cara. Lo ha llegado a robar de edificios ajenos y lo lee por la calle porque no puede contener su ansia hasta llegar a casa.

El caso es que bajo ningún concepto te deja abrir la puerta mientras esté sentado en el escaño. Si llega el cartero con una carta certificada a su nombre, a lo máximo que llega es a asomar su mano por una estrecha rendija de unos tres centímetros. Le entrego la carta y un boli, y en unos segundos la mano vuelve a salir por la misma ranura para devolver el documento firmado.

Una vez sale, te explica cómo ha ido su ceremonia. Debe de intuir en mi gesto una curiosidad claramente malinterpretada.

Aun así lo escucho atentamente. Nunca es tarde para nuevos conocimientos.

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