Escapada bipolar con el Costillo

Escapada bipolar con el Costillo

Cualquier persona como yo, con una dilatada trayectoria de tendencia agorera, ante un viajecito informal de fin de semana se comportará tan nerviosa y dubitativa como si fuese a emprender la migración del tiburón ballena, quien se desplaza de México a África para poder reproducirse.

En absoluto envidio a ese tiburón. Prefiero desconocer el estrés de preparar la maleta para un viaje como ese. Y es que África engaña. Que parece que hace calor pero luego tienes que llenar la bolsa de porsiacasos.

Yo no hice un periplo de 16.000 kilómetros como el tiburón ballena; sino un trayecto de dos horas en coche, las suficientes para cavilar y lamentar en alto sobre los posibles olvidos mortíferos de mi equipaje:

¡Ay, ayyyyy… que me he dejado el…! ¡Ay, espera, no, no! ¡Al final sí que lo metí!.

– Mujer, que si se te olvida algo fundamental para la supervivencia del ser humano, como tu champú con aceite de argán de Marruecos, que sepas que no vamos a la Patagonia, y que en último caso puedes comprar un champú en cualquier sitio.

– ¿En cualquier sitio? ¿Tú crees que mi pelo se merece “cualquier sitio”? ¡Cuán atrevida es la ignorancia!

Y vuelta a empezar:

– ¡Oh, no! ¡Creo que me he dejado otra cosa!

– ¿Qué se te ha olvidado ahora?

– ¡La protección solar!

– La guardé yo en mi maleta.

– ¡Pero esa es para el cuerpo!

– ¡Pues ponte la del cuerpo en la cara!

– ¡Y ya de paso me unto el careto con Tulipán! ¡Lo que tengo que oír! Para en el arcén, anda, que tengo que comprobarlo.

– ¡Pero si estamos en plena autopista!

– Pues detente en un chisme de esos de emergencia.

– ¿Qué chisme?

– El chisme ese que es como un arcén con arena.

– ¿La rampa de frenado de emergencia, dices? ¡Pero si solo la he visto en el manual de la autoescuela!

– ¡Ay, miraaa! ¡La crema estaba en la guantera!

Y con esta sucesión de error – discusión – alivio, voy haciendo del recorrido un ameno transcurso del tiempo. Relax no voy a tener, aunque aburrimiento, tampoco.

Este camino de ida es la antesala de tres días en los que, según mi exigente criterio, tengo que estar pasándomelo en grande todo el rato. Desde luego, es una tarea laboriosa, pero una es muy fiel a su personalidad. Jamás le he puesto los cuernos a mi forma de ser. Le tengo cariño, y no le quiero hacer un feo desdoblándome en una persona despreocupada y práctica.

Así que en los viajes normalmente lo doy todo: bromitas, fotos, fotos con bromitas y una considerable atención hacia mi ya de por sí, amplia faceta intelectual. Comprensivamente, a las once de la noche caigo rendida, y hay que meterme en cama, previa taza de Colacao; brebaje que nos ha hecho recorrer ciudades enteras para encontrar un sitio en el que me sirvan algo sustitutivo.

“Es que a estas horas la niña no se tiene en pie y se pone pesadita”, le suelta el Costillo a un camarero”.

“¡Nena quiere Colacao, nena quiere Colacao!”, insisto.

“Mire, mire cómo está ya la criatura. Le doy el Colacao y pa cama”, informa mi Costi.

Él es como los serenos de antes. Siempre vigilante para darme las buenas noches sana y salva.

Lo suyo tiene mucho mérito. Su buen humor en los viajes le viene de fábrica. ¡Me da una rabia! Solo las altas temperaturas provocan que su buen talante vaya a peor, y los 37 grados del fin de semana convirtieron a mi Costi en un ser bipolarizado que me arrastraba hacia el lado oscuro.

Dado que la experiencia es un grado, desenvaino mi truco para averiguar si el Costillo está atravesando un golpe de calor: esperar a que todo le parezca una auténtica mierda. Cuando esto ocurra, es determinante reducir su calentura en el cuerpo y su negatividad en el espíritu.

Sí. El baremo de su humor y, por lo tanto, el del mío, lo marca un termómetro. Dependiendo de si el mercurio sube o baja, al Costi todo le parece espectacular o una birria; no hay término medio.

De manera que paseando por la orilla de un río, comenzó a exponer su personalísima reflexión en alta voz: “Pues ya ves, la verdad es que los ríos es lo que tienen, miras uno, miras todos. Y otra cosa te digo, que aquí la gente es una guarra. ¡Hala… latas por el suelo….! ¡Menuda pocilga! -le da una patada a una lata de cerveza-. Y encima, para comer, solo hay ese sitio de fritangas de ahí. Prfffff…”. 

Bien. Ha llegado la hora de mi intervención.

Requisitos: dos refrescos y la sombra de un árbol.

Como veis, ni original ni opulento, pero con una eficacia más que demostrada. Mi querido Costillo, tan solo después del primer burbujeante trago, no dudó en mostrar su entusiasmo habitual con cara de poeta, que es la cara que se le pone cuando está a gusto: “La verdad es que hay que ver qué grandiosos son los lugares con ríos. El embarcadero, el valle, los viñedos… Esto es alucinante. ¡Y fíjate en el césped! Que vale, que hay una lata ahí, pero en general está todo cuidadísimo. No puedo decir lo mismo de nuestro pueblo. ¡Aquello sí que es una pocilga! Por cierto, ya es casi la hora de comer. Snifff….sniffff… ¿No hueles a fritanga rica? ¡Vamos a ver si hay una mesa!”.

Y el muchacho viaja de un polo al otro sin pasar por el Ecuador, al módico precio de un Kas de naranja. No sé qué lleva eso, pero saber, siempre le sabe a gloria.

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