Me encanta ser una paleta (I). Absténganse rancios

Me encanta ser una paleta (I). Absténganse rancios

Mala y Costi en Ford FiestaLo dicho. Es divertidísimo ser el estandarte de lo nocool. Es más, mi rango de mujer palurda nivel medio tirando a alto me concede grandes momentos humorísticos; imposibles de obtener siendo una señorita cosmopolita y practicante de las novedades más sofisticadas.

No obstante, la comicidad de estas aventuras se duplica cualitativa y cuantitativamente en el momento en que aparece mi Costillo, ese ser que convierte cualquier bochorno pueblerino en el acontecimiento de tu vida.

Por supuesto, como nada en esta vida es en vano, le servirá a posteriori para ser el rey de la fiesta gracias a la recreación de los hechos. Aunque si he de ser sincera, yo no solo me dedico a lucir mi admiración hacia su espontáneo salero, sino que soy de las que meten baza impunemente, así que al final parecemos los Sonny & Cher de las anécdotas paletoides.

El caso es que se torna complicado eso de intentar recordar este tipo de vivencias, ya que la lista es infinita y ampliamente variada; así que se intentará relatar aquellos sucesos que, bajo criterio de la escritora, contengan elementos reconocibles para los lectores.

Explicado esto, es inevitable no comenzar enfocándonos en uno de los entornos que gozan de mayor enjundia: LAS BODAS. Ole, para qué añadir más. Nos vale todo tipo de casamientos: heteros, homos, religiosos, civiles, con vestidos merengosos o envueltos en chándal. Nos da igual. Es un tema que al Costillo y a mí nos fascina por la riqueza de acontecimientos que en ellos tienen lugar.

No hay nada mejor que tener una visión externa del asunto, esto es; ser el invitado. Y en estos menesteres, la verdad es que nosotros dos no estamos muy duchos, pues vamos luciendo sin pudor nuestra esencia paleta. Por mucho que nos esforcemos en quedar de pareja experta en temas de protocolo, el resultado no siempre es el deseado.

Recuerdo una boda de esas de compromiso que te dan una pereza que te mueres. De hecho, no sabía ni quién era la novia. Lo averigüé por pura eliminación: era la única mujer que no llevaba cartera de mano. Lo de que iba de blanco era secundario.

Que ya me dirás quién ha impuesto lo de que las novias no lleven cartera. Porque yo llevo siempre conmigo el Tranquimazín, tiritas para las ampollas, el ibuprofeno, el colirio, la barra de labios, las lentillas, el Támpax por si acaso, y el protector solar. Pero bueno, ese es otro tema.

Total, dado que no sentíamos emoción alguna por asistir al evento, habíamos acordado que nos pondríamos cualquier modelito del armario. Y así fue. Esa misma mañana, nos levantamos, abrimos el armario y escogimos algo presentable. ¿Problema?, que el Costi no contaba con que su camisa de las bodastenía dos lamparones del copón de una antigüedad mínima de año y medio.

¡Bravo! Y encima era una boda de mañana. Con lo cual, con mucha premura y con poca maña nos pusimos con el Fairy y un cepillito, rematando la faena con el secador del pelo. Quedamos contentos con el resultado, si bien solo momentáneamente, pues una hora más tarde la antigua mancha se quedó tiesa y con los bordes verdes. ¡Empezaba bien la solemne jornada!

Aunque, sin duda, el momento que quedará grabado en nuestras retinas fue ese instante en el que llegamos a la barrera de entrada del recinto. Se trataba de un parador de alto copete, con su personal de seguridad en una garita que (y esta es mi teoría), controlaba a aquellos que llevaban una pinta regulera. Lo digo porque todos los coches (menos el nuestro) pasaban con la barrera subida y sin inspección alguna.

Pero, oh, casualidad; al plantarnos con nuestro Ford Fiesta blanco-roña de ochocientos euros que, orgullosamente digo, no habíamos lavado por pura vagancia; aquellos señores de uniforme nos sometieron a un pequeño cuestionario.

Pues anda que no me tocó las narices el detalle!

¿Acaso no iba yo bien mona? ¡La culpa era del lamparón, que se veía a la legua! Convencida lo digo.

Tampoco ayudaba el peinado que llevaba mi Costi por aquel entonces, modo kale borroca. Consecuentemente, en un mundo lleno de prejuicios estéticos, mi sobrenatural belleza y allure innnato no eran suficientes para compensar la mezcolanza de coche-tartera + lamparón + peinado socialmente no aceptado.

Menos mal que nadie nos gana a personas con encanto, y, con un chistecito por aquí y mi mítica caída de pestañas por allá, entramos en el recinto. Lo demás os lo resumo rápidamente: ¿os imagináis a Paco Martínez Soria en la recepción del embajador? ¿Con el mayordomo Ambrosio, los bombones y la Preysler? Pues así estaban Mala y su Costi en este bodorrio.

Made mía, me he enrollado cosa fina. Que conste que es poco habitual, ¿eh?, porque ya os he dicho miles de veces que la concreción es la brújula que guía mi vida. No suelo ser yo una persona de grandes disertaciones, ni de irse por las ramas, ni de andarse con circunloquios, ni de evitar el núcleo de la cuestión.

De verdad, no sé de dónde saca la gente eso de que me enrollo.

Así que os emplazo para una segunda entrega de sucesos gañanes. Os deseo una dulce espera.

4 comentarios

  1. Lo estoy deseando!!! Me he reído muchísimo! Bravo,Mala!!!

  2. Author

    Jajajajaja
    Gracias, queridísima lectora.😘😘😂
    Y advierto de antemano que aunque parezca q tiendo a la hiperbolización de los hechos, todo lo aquí relatado es fruto de la verdad y nada más que la verdad.

    Lo juro por Snoopy.😂😂😂

  3. Idemmm!!! Buenisimooo!! Os estaba imaginando en todo momento!!!

    1. Author

      Es fácil imaginarnos porque el paletismo lo llevamos muy dentro de nuestro ser.😂😂😂

      Estimada amiga lectora, atenta a la segunda entrega de nuestras desventuras bochornosas.

      Beso y muchas gracias por seguir a Mala.
      Queridín, queridita del almaaa😘

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