Mi Costi y yo no somos celosos.

Mi Costi y yo no somos celosos.

Mala con otroMi costi y yo nos sentimos muy a menudo un poco raritos con respecto a la parejita que formamos.

Nunca hemos tenido problemas de celos. Nunca. Jamás de los jamases.

Yo lo he consultado con amigas y amigos durante mucho tiempo y todos comparten una misma conclusión: no sufrir celos es lo normal en parejas sanas pero siempre hay ciertos límites. El problema reside en que dichos límites que marcan las convenciones sociales nosotros dos ya los hemos sobrepasado mil veces sin ni siquiera habernos dado cuenta.

Halaaa…¡que no, malpensaos! ¿Ya estáis imaginándonos en el campo temático de la cornamenta y del ñiki-ñiki?

¿ Ya os habéis montado la película del Costi escondiendo en el armario a su femme fatale? Pues os habéis pasado de listos, porque en nuestro armario ya no hay sitio ni para un tanga; mucho menos para una tía en pelotas. Este problema de espacio de almacenaje, creáis o no,  nos obliga a sernos eternamente fieles: uno, que no tenemos un armario en condiciones y dos, lo que sí tenemos es un gato del tamaño de un lince europeo. Que araña. Que te mira raro. Que hace “TZZZZZZ” cuando se enfada.

Prosigamos.

Como os confesaba unas líneas atrás, los límites de los que suele hablar la gente, nosotros en concreto no los consideramos como tales, sino como hechos o acontecimientos que se dan entre personas que se aprecian y que están cómodas juntas.

Un buen ejemplo de ello son los compañeros de trabajo. Con ellos pasas muchas horas de tu vida y siempre se crean lazos de mutua confianza, de complicidad, de compartir anécdotas. Para la gran mayoría hasta ahí todo estupendo (mientras sean de tu mismo sexo, ojo).

El meollo del asunto comienza cuando el/la colega de profesión es del sexo contrario. Es aquí cuando recibo caras de perplejidad, pues me encanta que mi Costillo vaya después del trabajo con citranita a tomarse una cerveza. Ellos dos. Solos.

Es más, no solo es que no me moleste, es que me lo tomo igual que si fuera con su compañero Manolo. Para mí es muy gratificante saber que mi chico está pasando un momento relajado y divertido con alguien con el que puede compartir los chistes internos del grupo o sentirse comprendido ante tal o cual problemática laboral.

Sin embargo, para muchas parejas, esta ya sería una anécdota que se mantendría en el mejor de los mutismos; ya que entienden que se han saltado el código de honor.

El código de la lealtad que tenemos mi Costi y yo no va por ahí. Nosotros dos queremos que el otro sea feliz y que se sienta bien charlando con alguien acogedor y simpático; qué más da que se llame María Antonia o Francisco José. No todos aquellos con los que somos amables y nos corresponden de la misma manera son nuestro nuevo objetivo de momento TARIRO TARIIIIROOO.

Si así fuese, nos volveríamos todos locos yendo por la calle como lobos y lobas en celo. ¡Qué agobio estar todo el día más caliente que el pico de una plancha! Oye, hasta me da como pereza: ir a raya con la depilación o hacerte un lío con los nombres: “Alfredo, te quiero”, “Perdona, yo soy Ernesto”, “Ah, bueno, es lo mismo. Vamos a echar un kiki igual”.

Como veis, esto, así, por norma general no sucede.

En cuanto nos emparejamos, mantenemos un compromiso de confianza con la otra persona. O al menos eso hacemos en nuestro caso, visto que hay parejas que se pasan la vida con la mosca detrás de la oreja. Qué desidia solo de imaginármelo. Ahora bien, yo mantengo que podemos relacionarnos con gente de otro sexo siendo María Antonia y Francisco José: simplemente personas que se aprecian, se caen bien y se respetan. Punto.

Mi Costillo y yo nunca nos hemos escondido nada en este sentido. Principalmente porque NO HAY NADA QUE ESCONDER. Podemos tomar un café con otro ser humano, llevarlo a su casa en coche porque es tarde y porque llueve e, incluso, agarraos que viene lo fuerte, subir a su piso a las tres de la mañana a por un colacao, porque es enero y vienes cansado de la cena de empresa.

Por supuesto, es el momento de: “Mala, tía, oye, eso ya sí que me parece un poco….en fin…un poco…”. Pues yo sigo pensando en que me parece ideal. Va de cena de empresa, hace frío, una amiga encantadora le dice: “Joder, Costillo, que frío, leñe. ¿Te subes y nos tomamos un Colacao antes de que te vayas a casa?”. ¡Pues claro que sí! ¡Si son chicas súper majas!

Además, el Costillo es muy marujo y es de los que se fija en las vitrocerámicas ajenas, y al llegar a casa me dice: “Buahh, cari, ¡cuidamos nuestra vitro fatal! Menganita la tiene impoluta y ya me estuvo hablando de su secreto para tenerla así de bien”.

Como comprenderéis, con estas conversaciones de alto voltaje erótico que mi Costi tiene con sus amigas estoy la mar de tranquila.

Por otra parte, creo que la confianza en nuestra relación se debe a que la hemos practicado y cuidado desde el minuto uno de nuestra historia de mega-amor, con lo que está asentada sobre terreno seguro.

Precisamente, conversando un día de este tema con mi fabuloso Confidente, del cual ya os he hablado en otra ocasión, dado que me proporciona las frases más certeras y pegadizas de todo el universo, escuché cómo articulaba el siguiente enunciado:

“LA CONFIANZA DA PODER A UNA PAREJA”.

Maravillosa sentencia.

 

2 comentarios

  1. Joer tía, mira que sacar el tema de cómo te cotilleo sobre las vitros. Pero si todavía no te he contao nada de cómo estaba la bandeja del horno del café que tomé el otro día en casa de mengana.
    Cuando llegue a casa te pongo al día. Ya verás, ya…

  2. Quééé???
    Puede que esto se nos esté yendo de las manos, Costi. Qué sea la última vez q marujees en el menaje de cocina ajeno! De lo contrario, nuestro amor peligrará.

    No quiero ser amante de un cotilla!
    😁😁😁😁😁😁😁😁😁

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