Parejas sin hijos. Desmontando mitos.

Parejas sin hijos. Desmontando mitos.

 

Como resultado del júbilo con el que mucha gente se dirige al Costillo y a mí en cuanto a parejita que somos, he llegado a la conclusión de que nos tienen por un dueto amoroso chispeante.

Para empezar, siempre nos tratan como a una pareja de novios, cuando en realidad, hace ya unos cuantos años que firmamos unos documentos en una ceremonia de tres minutos ante un juez, de la que no recuerdo mucho, salvo que me leyeron un artículo de la Constitución que me obligaba a cuidar de mi suegra cuando la ocasión así lo requiriera. Obviamente, me comprometí en alta voz a ejercer de amantísima nuera; aunque reconozco que aquella información me cayó como una losa.

Eso me pasa por ir desinformada. En mi próximo matrimonio iré a la boda con todo aprendido para que no me pillen en otra.

En cualquier caso, he intentando buscar las claves sobre este jovial garbo que, según nos cuentan, desprendemos mi Costillo y yo cuando vamos en pareja y, especialmente, por qué se extrañan al descubrir que somos un matrimonio.

Afortunadamente, no hay nada como el descaro juvenil para solventar dudas existenciales, ya que la nieta adolescente de mi vecino me abordó en plenas escaleras para preguntarme cuánto tiempo llevábamos de novios nosotros dos. Al responderle que, de hecho, estábamos casados, se sorprendió muchísimo, alegando que no teníamos pinta de matrimonio.

Sin duda, se avecinaba una clase magistral de antropología según la visión pubescente de mi vecina. Yo, rauda, veloz y llena de curiosidad le pido que me cuente cuáles son los rasgos que nos hacen parecer novios. Ella lo tenía bien claro: “Vais siempre abrazados, en vuestro piso siempre se escucha música, y además, como no tenéis hijos...”.

¡Ajá! Ya teníamos la base del asunto. Si es que no hay mejores sociólogos que los adolescentes. Saben de la vida más que los filósofos, y se atreven a pronunciar, sin balbuceo alguno, lo que otros se guardarían para otro día. Esta chiquilla deslenguada y tierna a partes iguales, me contó una breve síntesis de cómo se imaginaba nuestra convivencia, todo ello respaldado por imparables aspavientos de brazos y gestos de pimpolla con desparpajo.

Tras escuchar su resalada perspectiva sobre nuestra relación, me quedó claro que no difiere demasiado de la de un adulto. En general, según ambas partes, la vida de una pareja sin hijos en un periplo divertidísimo, alocado y original. Y basándome en nuestra propia experiencia, existen unos clichés que me resultan muy curiosos.

En principio, parece COMO SI PROTAGONIZÁRAMOS UNA PELI INDIE DE AMOR: eternamente prendados el uno del otro, escuchando música de Nick Cave en un viejo coche destartalado, nos dirigimos a un festival de música. Durante el viaje, nos detenemos en unos viñedos y acabamos en un cata de vinos, en donde conocemos a otras parejas sin hijos con unas vidas apasionantes. Nos llevan a su restaurante favorito al que acuden muchos escritores underground y, como remate final, nos presentan al guionista de True Detective, con quien debatimos en un inglés perfecto sobre la vida y la muerte.

También nos comentan muy a menudo que da gusto vernos así de enamorados. “¡No tengáis hijos nunca!” -nos dicen jocosamente. Y es que, en general, están convencidos de que NUESTRA RELACIÓN NUNCA PASA POR BACHES Y QUE EL ENTUSIASMO NOS SALE PORQUE SÍ. Efectivamente, acostumbrados estamos a comentarios del estilo “¿Ves, Manolo? Míralos qué enamorados y qué buen rollo, qué pasión y qué todo”. Pues verá usted, le ponemos nuestro empeño y cuidamos a la criaturita, que es nuestra relación. También le digo que hoy muy bien, pero ayer regulín, porque lo cierto es que vivimos un poco como todo el mundo.

Del mismo modo que también nos han felicitado por DISPONER DE TODO EL TIEMPO PARA DEDICARLO AL MIMO PERSONAL, INTELECTUAL, A VIAJAR Y A HACER EL AMOR CUANDO TE APETEZCA. Jo, qué envidia de vida. Yo no sé quién es el afortunado que la disfruta, pero yo también la quiero.

Por todo ello, es imperativo esclarecer algunas cuestiones concernientes a los estereotipos sobre las parejitas sin hijos. En este pequeño esquema intentaré desmantelar esa adorable novelita romántica que muchos tienen en la cabeza:

– Al igual que a las parejas con hijos, Telecinco nos parece una mierda, y este es un hecho que nos hermana a todo tipo de parejas, tengan hijos o no. Con lo cual, en el fondo, todos vivimos en la misma realidad, y nuestro día a día no es tan diferente.

– Aunque no tengamos hijos, nuestras preocupaciones también son serias y constantes: salarios criticables, disgustos en el trabajo, problemas de salud, tanto propios como de familiares y -ojo-, el propio hecho de no tener hijos es a menudo una preocupación recurrente.

Las discusiones no son menores. De hecho, creo que los niños son el canal en el que una pareja amortigua su mal humor. Pese a que no hago otra cosa que escuchar que son una fuente de discusión tremenda, yo, sin embargo, creo que mientras hablan de ellos y se dedican a su cuidado, no se enfrascan en temas relativos a ellos dos. Nosotros, los “sin hijos” no tenemos escapatoria, nuestro sujeto paciente al que amar es directamente el otro. No hay nadie entre medias.

(NOSOTROS SÍ LO TENEMOS: LA ROOMBA Y NUESTRO GATO. AHORA MISMO NO SÉ A CUÁL DE LOS DOS QUIERO MÁS).

Disculpen, prosigo. Por tal motivo, al no existir esa tercera persona en medio, has de ser un enamorado entregado, generoso atento e imaginativo, para convertir vuestra pareja en algo completísimo y de fervor sin igual.

Vamos, un trabajazo del copón.

Hay momentos en los que estás hasta el moño del otro. Lo de que nos pasamos la vida mirándonos a los ojos y bailando el Cheek to cheek de Fred Astaire con una copa de vino en la mano, está bien para los primeros cinco años. Cuando ya llevas unos quinientos, te puede molestar hasta que no doble la servilleta en forma de triangulito. En ese caso, que corra el aire. Es imprescindible respirar a solas. Estar con uno mismo es de lo más medicinal.

Aunque me pueden acompañar mi gato y la Roomba.

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