Sabadete, parejitas y un Leroy Merlín

Sabadete, parejitas y un Leroy Merlín

En mi pueblo han abierto una gran superficie de bricolaje para ir a pasear.

El plan es que vayamos a airearnos a una nave industrial junto con otras dos mil personas durante tres horas y media. Es lo que solemos hacer en mi pueblo si queremos dar una vuelta.

Me han dicho que alguien ha entrado a comprarse un taladro, pero de momento es solo un rumor.

Yo creo que ha sido una medida formulada desde la concejalía de familia, porque a no ser que vayas en pareja, en las grandes superficies no te dejan entrar:

“¡Yo solo he venido a por una broca de 30 milímetros!” -se defiende un hombre. “¿Comprar una broca?” -le recrimina el tipo de seguridad- “¡Aquí se viene a pasear con la señora! ¿Estamos o no estamos?”.

Pero pese a este empeño de proteger a la familia convencional, en realidad un centro de bricolaje es un efectivo promotor del divorcio. Salir de allí igual de enamorados que cuando se entra es automáticamente imposible. No sé que efluvios irradian allí, pero enseguida todas las propuestas del otro te parecen un disparate y todas sus opiniones te irritan.

La pena es que muchos llegan al aparcamiento con ilusión, ignorando lo que va a suceder en el interior y olvidando que cuando salgan de allí ya será de noche.

Ataviados todos y todas con su chándal de ir a los centros comerciales, dan sus primeros pasos como pareja feliz agarrados a un gigantesco carrito de la compra, con el que llegarán a la caja cuatro horas más tarde para pagar una bombilla de LED.

Dicho carrito por un lado, y el chándal, por otro, son dos rasgos que democratizan a las variopintas parejas que van al centro de bricolaje a pasar el sábado. Unos más jóvenes y otros más añosos, unos más pudientes, otros más al día, pero en cualquier caso siempre en chándal y con porte serio. De hecho, he visto gente más sonriente por los pasillos de los hospitales.

Aclarados lo elementos que igualan a estas parejas: la falta de gracia, el chándal y el carrito, procedamos ahora a examinar las condiciones que los diferencian, formando así los siguientes duetos-tipo:

Los que se van a vivir juntos: No dejan ningún flanco sin cubrir. Desde la sección de baños, hasta la de menaje de cocina, repasan cada esquina entre carantoñas y con semblante alegre.

A medida que van visitando secciones y sumando horas, la pasión por su idilio se va diluyendo hasta que a la salida, ella le suelta que se echa atrás en lo de mudarse juntos porque su familia es muy conservadora y no quiere darle ese disgusto. “¿Pero tus padres no presidían la Plataforma de Vecinos Progresistas?” -inquiere él. “Eh… sí, sí -responde ella-, pero es que se les ha roto el mando de la tele y solo les funciona el botón de 13 TV ; por pereza no han cambiado de canal y se ve que les han comido el tarro”.

LOS CENTROS DE BRICOLAJE: IMPIDIENDO QUE LAS PAREJAS VIVAN EN PECADO.

Los que van a tener un bebé: Alfombra en tonos pastel, cortina en tonos pastel, pintura en tonos pastel, lámpara en tonos pastel, pastel en tonos pastel y colocón por subidón de pasteles y unicornios.

Son los únicos que han llenado el carrito; no obstante, cuando están haciendo cola para pagar, deciden dejarlo todo donde estaba y pensárselo mejor con eso de los pasteles, no vaya a ser que en el sexto mes de gestación lo que se ponga de moda sea lo neutro y lo nórdico. Mejor cambiar de niño que de habitación.

LOS CENTROS DE BRICOLAJE: QUITANDO ILUSIONES INCLUSO A LOS EMBARAZADOS.

Los que llevan cuarenta años casados: Con más barriga que la embarazada anterior, él se mueve por el circuito con la misma desenvoltura que un empleado. Solo le falta la chapita con su nombre: Jacinto.

A Jacinto lo que le gusta es la carpintería. Los sábados se viste su chándal y, dado que si acude solo, se aburre, convence a su mujer para que lo acompañe. “¡Y luego dices que nunca te saco de paseo!”. Ella se apoya en una esquina y se pone a ver el Facebook en el móvil, mientras Jacinto va a recoger su encargo de listones de aglomerado. Dice que va a hacer un mueblecito para colocar las especias de la cocina, y así facilitarle la labor a su mujer cuando le hace la comida. ¡Como una princesa la trata!

LOS CENTROS DE BRICOLAJE: AFIANZANDO AL MACHO ESPAÑOL.

Mi Costillo y yo: Deambulamos por separado. Mi Costi, hombre apañado y resolutivo, sabe perfectamente adonde se tiene que dirigir. A mí, como me importa un pito todo lo relacionado con aquel establecimiento, le digo que vaya solo, y que lo espero en una sección de cosas raras.

Me encuentro entonces con un artículo que no sé si es una alcachofa para la ducha o una barbacoa de jardín. No te queda otra que ponerte a leer la etiqueta de cada trasto. Al final has leído más versos que con La Eneida de Virgilio, pero por los menos has estado entretenida.

De repente, el Costi se acerca con una tarjeta-descuento de cinco euros que sujeta con la misma emoción que un sobre de un millón de euros. “¿Has visto lo que me han regalado por mi cumple? ¡Un descuento de tres euros! Y como ya tenía dos euros, ¡ahora tengo cinco!” (Impresionante dominio de la aritmética. Ahora me explico por qué es el listo de la pareja).

Aun así, la tarde nos ha quedado en saldo negativo: menos trescientos setenta y cinco euros, o lo que es lo mismo, los cuatrocientos euros que nos ha costado toda la equipación deportiva requerida para entrar en una gran superficie, menos los cinco euros de regalo del Costillo.

LOS CENTROS DE BRICOLAJE: REFORZANDO MI PACIENCIA Y MIS HABILIDADES MATEMÁTICAS, las cuales me ayudan a contabilizar los días que me quedan para volver a encontrarme con todos vosotros.

Nos vemos.

 

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