Alguien controla las agujas del reloj

Alguien controla las agujas del reloj

Tras más de un mes confinados en casa hemos tenido la oportunidad de leer teorías de variadísima temática sobre el origen de esta pandemia. Todas ellas realmente hilarantes.

Hay algunos que aseguran que se trata de una guerra bacteriológica para equilibrar el número de cotizantes y jubilados. Otros, abogan por intereses geopolíticos y económicos con farmacéuticas de por medio; sin olvidarnos de esa hipótesis de algunos círculos chiripitiflaúticos que aseguran que esto es una epidemia psicológica con la que pretenden atontar nuestros cerebros.

¿Más? ¡Pero si ya estábamos todos medio alelados!

Y si fueran pocas estas conjeturas, yo lanzo una sospecha que nadie se ha preocupado de investigar. Cuidado, que esto es muy serio: circula claramente una conspiración para que no triunfemos con esos superproyectos planificados a inicios del confinamiento. De lo que habíamos programado a lo que hemos hecho hay una divergencia dudosa. Es por ello que yo, Mala de los nervios, planteo mi postura públicamente:

ALGUIEN ESTÁ MANEJANDO A SU CAPRICHO LAS AGUJAS DEL RELOJ.

Cómo entiendo ahora al pobre Einstein cuando salió con todo aquel tinglado del tiempo relativo. Cuánta incomprensión sufrimos las mentes privilegiadas y adelantadas al resto. Por tal motivo procedo, a partir de este momento, a considerarme persona non grata. Seré ese personaje que cada vez que abra la boca tiemblen todas las fallas, desde la de San Andrés hasta las de Valencia, pero lo soportaré con tal de que se haga oficial mi teoría.

El inicio de este estudio ha surgido a partir de una serie de comprobaciones llevadas a cabo por mí misma, que no hacen otra cosa sino reafirmarme en mi planteamiento: estos días el tiempo transcurre muy raro.

Te levantas, te duchas, te pones tu chándal, miras por la ventana de la cocina, y cuando te giras… ya son las dos de la tarde. ¿Pero qué ha pasado aquí? Una se queda petrificada, obviamente, ya que tan solo hace quince minutos eran las diez y veinte.

Pues a ver cómo lo arreglas, porque ni has sacado el pescado del congelador ni has encendido el horno. ¡Maldito reloj! Descongelas el pescado aplicándole todos los métodos que se te ocurren para que se derrita rápido esa masa informe de hielo con algo dentro. Lo intentas todo: desde el microondas hasta ponerlo en agua caliente. Nada funciona y solo consigues pellejos arrugados de algo parecido a un pescado.

El Costillo teletrabaja y tiene una vídeo-reunión con unos chinos a no sé qué hora, porque tal y como os digo, no estoy en disposición de hablar de horas dada la extraña hipótesis que estoy barajando, pero la conferencia con los chinos ha llegado para echar abajo mi reputación como ama de casa decente y limpia. Qué pena. Era la ilusión de mi vida.

Al final, los chinos se ponen con lo suyo y escucho al Costi nerviosillo comunicándose en un inglés con fallos gramaticales. Me moría de ganas de entrar en el cuartito para corregirlo, pero no quise que los chinos me vieran con mi sudadera mala, ya que la buena la tenía en el tendedero. Así que le paso una nota por debajo de la puerta para preguntarle cuándo terminaría aquel rollo multicultural, y me dice que sobre las cinco de la tarde.

Pues vaya, llego a saberlo y evitaba someter a la pobre merluza a todo tipo de castigos de temperatura, porque daba tiempo de sobra a descongelarla y a revivirla incluso con un desfibrilador. Me dio penita el pobre pescado, a estas alturas ya solo me quedaba hacerle un buen funeral en vez de meterlo en el horno, después de todo lo que habíamos pasado juntas.

Y mientras lo meto en un tupper que pongo en la nevera, me preparo algo para salir del paso y friego la cocina que estaba patas arriba no sé de qué, miro el reloj y pone que son las ocho y media de la tarde. Definitivamente, aquí se está perpetrando una confabulación para que nos sintamos culpables por no hacer nada de provecho.

Tú te habías puesto unos quehaceres que siempre habías dejado de lado porque ahora no me apetece, ya si eso mañana, ya si eso la semana que viene, ya si eso cuando llegue una pandemia que nos confine en casa.

Con lo cual, no solo eres una física-teórica, sino también pitonisa. No has ordenado los armarios en tres años porque ya intuías algo de esta aciaga situación, y ahora que deberías tener la ocasión perfecta, los relojes se ponen en tu contra yendo a velocidad de cohete. De hecho, ¡ya son las once menos diez de la noche! ¡Mi teoría cada vez cobra más sentido!

Madre mía, no he redecorado el dormitorio, ni pulido el parqué, ni pintado los desconconchados del baño, ni he hecho un bizcocho sin bizcocho como los modernos, ni he reproducido El Guernica a carboncillo, ni he visto La naranja mecánica- El montaje del director y tampoco he releído ninguna trilogía de Pío Baroja.

Seguro que pronto llegará otro apocalipsis. Lo dejaré para entonces.

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