Cuando tu Costillo te presenta a unos amigos.

Cuando tu Costillo te presenta a unos amigos.

La capacidad de autoentretenimiento de mi Costillo siempre ha hecho que nuestra vida social como parejita se limitase a amistades que provienen de mi parte, puesto que por la suya no había mucho donde elegir. Siempre ha sido feliz así. Acompañado está divino, a solas; simplemente en la gloria.

Aunque recientemente su encanto natural ha surtido el consecuente efecto, siendo invitado a una estupenda comida veraniega apta para acompañantes. Esto es, yo.

Con la fecha en cuestión marcada casi a fuego en el calendario de la cocina, cortesía de la agraria Viuda de González e Hijos, fuimos declinando otros eventos debido a la envergadura de semejante acontecimiento en el que yo iba a ser presentada por primera vez. Dicho papelón me causó dos semanas de nervios tontos y ensayos delante del espejo ante la futura puesta de largo.

Todo ello provocado por la enorme expectación que mi Costi crea a mi alrededor, que sin duda supone un romántico gesto, pero que a mí me condena a convertirme en todo lo irresistible que nunca seré.

Reproches a un lado, el Costi era el encargado de llevar el postre que, en su caso, siempre ha de ser casero y espectacularmente rico. Públicamente dirá que lo hicimos entre los dos, pero no es cierto, porque se pone un poco repelente actuando de sofisticado maestro repostero , relegándome a mí al mayor de los ostracismos: fregando la loza y untando moldes con Tulipán.

Pero todo es poco para que mi Costi luzca y reluzca como una estrella.

Así que mientras enharinaba la fuente, le confesaba que tenía miedo de caerle mal a sus amigos: “Cari, tú solo tienes que ser como tú eres”, me decía. “¡Si ese es el problema!”, respondí. “¡Ni problema ni problemo!, -me suelta-, “Tú calla y unta el otro molde”. Qué pesado. La repostería lo emborracha de éxito.

Una vez llegado el día en cuestión, no tenía muy claro si había código de vestimenta, con lo que me cambié de conjuntito tres veces. Pasé de un look Decathlon a un look de diva de Fellini en menos de diez minutos, que es lo que pasa cuando te vas haciendo mayor e ir simplemente duchada y limpia no es suficiente. Más es más, y nunca me importará llegar a un merendero con una pamela digna de Ascot. En ese aspecto siempre he ido a mi aire.

De manera que hechas las presentaciones, evitando el contacto piel con piel, provocado por un lado por la situación sanitaria y, por otro, por el tamaño del ala de mi sombrero de estrella del cine clásico, comenzó la jornada en la que debía encontrar el equilibrio entre ser yo misma y ser yo misma sin parecer yo misma. Un poco confuso de explicar pero yo me entiendo perfectamente. Es algo así como ser la mejor versión de ti misma sin buscar ser ninguna versión, o sea, solo siendo.

::::Desde Confucio que alguien no escribía algo de similar calado metafísico::::

Entonces, como tampoco quieres parecer un bicho asocial, te pones a conversar con la gente que acabas de conocer. Claro que lo aconsejable es hacerlo a partir de algo menos obvio:

[Llega un nuevo invitado en su moto, equipado de motero de arriba abajo]

– Mala, este es Fulanito. Fulanito, te presento a Mala.

– Encantada. ¿Así que te gustan las motos, no?

No, yo soy más de burro-taxi. Lo de las motos es para disimular.

Tengo la excusa de la pamela. Su diámetro me proporcionaba una incomunicación social en la que no me enteraba mucho del mundo exterior. Pero la próxima vez procuraré preguntarle al primero que me presenten por el espionaje industrial en la Corea capitalista.

Cierto es que para conversar se necesitan un intercambio de mensajes entre emisor y receptor, con los que yo, en concreto, tuve mis dificultades a la hora de mantenerlos en perfecta sincronía, pues una incómoda cistitis me hacía ir al baño cada dos minutos. Ya podían estar hablando de algo interesantísimo, que yo me levantaba de la mesa [bruuum] y arrastraba la silla para ir a hacer pis por culpa de una uretra dispuesta a darme el día. Y lo que tenía que pasar, pasó. Yo sola agoté el papel higiénico en menos de una hora. Creo que deberíamos haber llevado el papel en vez del postre, sobre todo en estos tiempos en los que se ha revalorizado tanto.

Aun así, entre pis y pis tuve la oportunidad de conocer a una gente estupenda, de esa que te recibe cálidamente, que te hace gracia y que también te ríe las tuyas. Se agradece.

No está mal ser presentada de vez en cuando.

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