Soy incapaz de expresarme con un solo enunciado

Soy incapaz de expresarme con un solo enunciado

FidelEn la gloriosa inmensidad del firmamento, allí donde habitan los dioses que reparten el don de la concisión, se celebró un animado debate en el que decidieron de manera unánime despojarme de la bendición de la brevedad.

Y es cierto. Jamás he sido parca en palabras.

Desde mi más tierna infancia, cuando la profe nos mandaba hacer los ejercicios en clase, yo me dedicaba a cotorrear con el de al lado; con el de delante también y con las dos del otro lado. Luego, cuando llegaban las notas, en el apartado de “observaciones”, curso tras curso siempre aparecía un “HABLA MUCHO EN CLASE” . ¡Ja, si solo fuera en clase!

Hoy en día sigo haciendo lo mismo. Cuando estoy en un aula,  a menudo se me escapa en medio del silencio sepulcral un “¡Mierda!” bien sonoro cada vez que me atasco en un ejercicio. Vaya por dios, para una vez que sintetizo todo un sentimiento en una sola palabra, lo hago con un taco y dando la nota. No me digáis que no es mala suerte. Pues claro que lo es. Bien es cierto que para meterme en berejenales no me hace falta una palabrota, sino que cualquier momento del día y del año es propicio para convertir una opinión mía en un monólogo MÁS LARGO QUE LOS DISCURSOS DE FIDEL CASTRO.

¡Pero no lo hago por egocentrismo! Simplemente pretendo evitar malentendidos por un lado; y por otro, intento ser comprensiva con la situación del que me habla. Y ambas cosas a mí me llevan mucho palabrerío. Con lo cual, ahí estoy yo aclarando algo con tanta minuciosidad hasta el punto de [¡PROBLEMA!] parece que trato a los demás como si fueran tontos: “¡Que sí, que ya nos hemos enterao a la primera, pelma!”, me dicen mis hermanos.

Joder, cómo se pone la gente por nada, ¿no?

Resumiendo, que intento dar una opinión, consejo o hacer una petición sin herir a nadie, con lo que lo más probable es que me meta en unos bucles charlatanes de los que salgo con dificultades.

Veamos algunos de mis más inolvidables ejemplos:

Una amiga tiene una mala racha y está triste: Intuyes que lo más socorrido es acudir a un “Bueno, no te desanimes, que ya vendrán tiempos mejores”; pero sabes perfectamente que eso ejerce el mismo efecto sanador que una imposición de manos: o sea, cero. Así, utilizas tu monólogo en el que lo das todo. Amor de amiga por siempre jamás.

Lo malo es que te vienes arriba en tu objetivo sanador de almas y te pones metafísica y experta en antropología. Todo es poco para que tu amiga se anime. Por ella te pones más intensita que Sir Lawrence Olivier con su monólogo de Hamlet. Amor del bueno, no lo neguéis.

Declinar una oferta: Con lo fácil que es decir: “Lo siento, me es imposible acudir a tu exposición de arlequines al óleo”, tú, sin embargo, te metes en un triple carpado hacia adelante con salto mortal hacia atrás: “Oye, ¿sabes lo que pasa? Es que justo me pillas fatal porque me han llamado del hospital para la operación de juanetes, que ya sabes que llevaba dos años y medio en lista de espera; y no me digas tú que no es mala baba que me llamen ahora que ibas a exponer esos cuadros que son una preciosidad, que no hay más que verlos. Yo, de hecho, los prefiero a las bailarinas de Degas, que por cierto, decían de él que era un elemento de mucho cuidado y que era un…”.

Dar una opinión personal: No hablas de forma articulada, sino que te sale así como un hilillo de voz incómodo que utilizas para expresar una preferencia: “A ver, en cuanto al regalo conjunto, todas las opciones que barajáis están muy bien, pero yo casi que me quedo con el vestido; pero que si preferís el set de pintura, por mí perfecto, ¿eh?; o el libro, que le va a gustar seguro. O los zapatos, que le va a dar mucho uso”.

Conclusión: TU OPINIÓN NO HA SERVIDO DE MUCHO. Pero has conseguido tu objetivo: quedar bien con todo el mundo. Suficiente.

Proponer un plan: La hemos liado. Entre todas las actividades del mundo, esta puede que sea la que menos te gusta. Esa y ver el bigote-nobigote de Aznar. Las dos irían bastante parejas. El caso es que ciñéndome a hechos basados en historias reales, hace dos o tres años, en tanto que delegada que era de mi clase de francés, me vi obligada en nombre de todos los compañeros a invitar a la profe a la célebre cena de fin de curso.

El momento se terció más o menos así: “Hola, ¿tendrías un minutito?. A ver, que tampoco te quiero molestar que sé que vas fatal de tiempo, pero vamos, como ya lo hemos estado hablando entre los compis pensábamos que era mejor comentártelo ahora. Bueno, pero antes de preguntarte nada ya sabemos que estás hasta arriba de correcciones y que si no te apetece pues eso, que sin problema; por eso te digo que si no te viene bien pues….”

Menos mal que detuvo este tirabuzón infinito: “A VER, PERO QUÉ QUIERES PREGUNTARME, MUJER, ¿QUE SI VOY A LA CENA?”, “Sí…..eso mismo” .

[Muerte interna por bochorno generalizado].

No tengo remedio y no me importa.

 

1 comentario

  1. Jajaja. Me he reído mucho como siempre! Yo también soy de las que no saben decir que no y me meto en unos rollos que mejor hubiera sido decir que no a secas.
    No dejes de contar tus historias porque son divertidisimas jaja😘😘

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