Gente que habla con imperativos.

Gente que habla con imperativos.

mala imperativos“¡Señor, sí, señor!”

Visto cómo se manejan muchas personas por ahí, parece ser que esta sería nuestra consigna para poder sobrevivir en la jungla de los yomimeconmigo; de los aires de terratenientes que se traen algunos y de la tendencia al mandato sin decoro alguno.

Francamente, no sé si el día que se repartió la buena educación ellos estaban en un búnker, o que su familia no era muy amiga de una de las enseñanzas míticas de tu infancia. Que ni siquiera es que tus padres te hayan perseguido toda la vida con ella. Solo te entrenaban unos añitos y después tú ya pasabas a ser experta en su manejo. Puede que aún te tomaras el Colacao por las noches con pajita, síntoma de que te falta bastante para ser adulto, pero desde luego dominabas la instrucción a la que te habían sometido papá y mamá.

Señoras, señores; os presento la cátedra máxima que uno aprende en casa:

– (Una señora te daba un caramelo) ¿QUÉ SE DICE, MALA?

GRACIAS.

Y ya está. ¿Tan difícil, es? Y si en su casa no se impartía esa asignatura, puede ser que no llegue usted a catedrático en la materia, pero al menos esfuércese en lo mínimo para aprobar en junio; porque algunos no lo hacen ni en septiembre; y ahí están repitiendo y tripitiendo curso solo por no saber o no querer esforzarse en los conocimientos mínimos requeribles.

Para muestra, el enunciado que tuve el horror de escuchar la semana pasada en mi centro médico mientras estaba en la salita de espera. Absorta, mi menda, en pensamientos de incalculable interés; de repente, mis vulnerables pabellones auditivos perciben un comentario del alguien recién llegado al mostrador del personal administrativo, con tono (encima) de ir perdonando vidas: “DAME CITA PAL DÍA OCHO”.

Sin “Hola”. Sin “Buenos días”. Sin “Por favor” .

Lo más triste es que la trabajadora recibió dicha orden con la naturalidad de los que ya han hecho callo a base de soportar diariamente a cuatro mequetrefes que se creen que el hecho de recibir un salario te convierte en su siervo y esclavo. Y, muy a mi pesar, me temo que esta idea está muy expandida.

Ahora bien, muchos individuos e individuas, tal y como si viviéramos en la sociedad feudal, consideran que hay gente que recibe un sueldo por realizar una labor Y GENTE QUE RECIBE UN SUELDO POR REALIZAR UNA LABOR; no vaya a ser que se nos convierta esto en una república bananera. Por eso nunca será lo mismo tratar con una secretaria que con un cirujano neurovascular; porque este mundo fue creado con un orden y unas clases, como dios manda. Y para ilustrar esta cuestión prosigamos en ese marco incomparable en el que, si eres mínimamente observadora, descubrirás lo peor del ser humano: tu centro de salud.

Trasladémonos, entonces, hacia uno de esos días en los que sí-otra-vez, me encontraba en la sala de espera de mi médico de cabecera cuya consulta linda puerta con puerta con la de la enfermera. La mañana discurría con normalidad: un retraso no exagerado y unas viejas insoportables que tienen toda la paciencia del mundo para esperar por el cura en la misa de las 8, pero que de repente la pierden en cuanto están en esperando su turno en la Seguridad Social.

Un momentín más tarde comienzan a compartir en alto los comentarios de descontento que en principio eran esporádicos y por lo bajini. Pero basta con que una de ellas abra la caja de Pandora de las quejas, que ya se le une todo el coro griego para interpretar la tragedia de su larga espera.

Decidí entonces levantarme y pasear por el pasillo con la esperanza de hacer oídos sordos a aquel palabrerío ignorante, pero no había manera. Sus protestas se escuchaban en toda la provincia: “¡Es que no sé qué estará haciendo ese paciente, porque entró a las 9:10 y son casi y media!”. Qué maravilla, no solo son inspectoras del Ministerio de Sanidad, sino que también son detectives privados. Bravo.

Pero cada vez que el médico salía fuera de la consulta, se dirigían a él desde el tratamiento de usted o llamándolo “doctor”, cosa que no ocurría con la enfermera, quien, según el criterio de aquellas cotorras detestables no se merecía otra cosa que recibir los siguientes vocativos: “Tú”, “Oye, tú”, “Neniña”, o, si había suerte, su nombre de pila. Comprensible totalmente. Es que hay categorías y categorías. Menos mal, a ver qué va a ser esto.

De hecho, una de ellas le suelta a la pobre: “Mari Pili, ¡esto es una vergüenza!, que llevo esperando tres cuartos de hora. ¿Me haces las curas o qué?”. No pasa nada, total, era solo la enfermera. Eso sí, con la tirria que le había cogido a esta señora cronometré el tiempo que se pasó dentro: 25 minutos. “A todos nos gusta que nos atiendan bien”, decía al salir.

Quítenmela de delante, que yo a esta le saco los ojos. Como veis, también tengo mi lado psicópata.

Lo más indignante es que he comprobado que ni por asomo se monta este cirio en la sala de espera de una consulta privada. Allí, ponen en práctica todos sus buenos modos, aunque den solo para un aprobado raspadillo.

De los nervios. Me ponen de los nervios.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *