La gente siempre hablará de ti, así que relájate.

La gente siempre hablará de ti, así que relájate.

No será por no haber buscado una pócima mágica que impida que los demás hablen mal de ti. Y subes montañas y desciendes valles y te vas al Nepal y a la Patagonia e intentas convencer a un chamán de una tribu del Amazonas para que elabore el antídoto contra el palabrerío ajeno.

Nada. No aparece por ningún lado. ¿Será que no existe? Pues cosas que parecían impensables se han hecho realidad, desde clonar una oveja hasta convertir a verdaderos ineptos en gobernantes de un país. ¿Y me dicen que es imposible evitar que opinen sobre tu vida? Será que es cierto y tendré que rendirme a la realidad: alguien le dará al pico sí o sí, con lo cual,

RELAX, baby.

Y, sincerándonos un poquito, darle al palique sobre la vida de los demás es una condición innata en el ser humano. Ahora bien, si de un comentario esporádico hacemos un deporte olímpico, maldita sea tu estampa; quítate de en medio que yo a mi lado no te quiero ver. Fus! Fus!

Estas medallas de oro del cotilleo, han entrenado su lengua desde el día de su nacimiento: “¡Culo gordo!”, le dijo un recién nacido chismoso a la matrona en cuanto asomó su cabeza por sálvese sea la parte. “Vea usted menos telenovelas turcas y practique más la sutura”, le suelta más tarde a una enfermera. Como podéis constatar, esta facilidad para opinar sobre el otro es tan congénito en ciertas personas como la posibilidad de heredar la nariz de tucán de su abuelo Justino.

Para ser criticón profesional, no solo se ha de contar con una capacidad natural, sino que esta ha de ser reforzada con un extenso entrenamiento. De esta manera, si juntamos la cualidad inherente y la adquirida, voilà: tenemos ya un prototipo perfecto de piquito de oro. Una boca y una jeta preparadas para realizar cualquier observación sobre lo que sea, siempre que el lo-que-sea sea de otra persona.

Curioso es, sin duda, que los mismos que te critican por una cosa, lo harán por otra totalmente opuesta; lo cual indica que el sujeto examinador ya ha llegado a sus cotas de mayor plenitud criticona. ¡Enhorabuena! Su trabajo le ha costado. Como muestra, adjunto ahora mismo ejemplos a lo largo de mi vida que ilustran este cénit de la murmuración y del vituperio:

“Oye, Mala, parece que le has dado bien al roscón de Pascua, ¿no? ¡Menudo culo se te ha puesto!”. Así que decides dejar de comer roscón por Pascua, por Reyes y hasta por el día festivo de la Iglesia de adoración a Maradona. Total, que te quedas como una raspa de pescao, y encima te encuentras con el mismo criticador que te dice: “Oye, Mala, parece que has salido de un campo de concentración.  A ver si comes un poquito, que vaya careto que tienes”.

MI SOLUCIÓN: “Tenga usted este cuadernillo y anote el diámetro que, según su exquisito criterio, mi culo debería mantener. Gracias por su atenta dedicación a mi anatomía “.

“Oye, Mala, búscate una actividad que te guste. ¡Te va a venir genial!”. Perfecto, no hay problema, ¡si será por falta de cosas que me chiflan!, como por ejemplo, ir a un buen concierto. Pero qué pena, porque el opinador profesional siempre tendrá alguna interpretación propia de todo aquello que decidas hacer con tu vida: “¡Vaya con Mala!, que hay que tener narices para gastarse ochenta euros en una entrada para ver a [nombre de artista molón]. Así quién ahorra para la entrada de un piso, que anda qué, menuda pareja, que viven los dos como jipis”.

MI SOLUCIÓN: “Tome, que se le ha caído las entrada para el Circuito de Jerez. Guárdela bien, no vaya a perder de nuevo 150 euros a lo tonto. Si fuera todavía la entrada para el concierto de [el artista molón de antes], pues no era el drama para tanto; pero entiendo que las motos es ya cosa seria y eso hay que pagarlo. ¡No se olvide de poner protector solar, que estará al sol 17 horas!”.

“Oye, Mala, menudo color de pelo más apagado se te ha puesto de mayor. ¡Con lo rubia que eras!”. Qué divino, no me digáis que no. Tener a un estilista personal es lo más, ¡la crème de la crème! Que esa gente cobra un pastizal en Hollywood, mientras que yo; lo consigo gratis por mi cara bonita. No se hable más, ahora mismo me voy a la peluquería a darme unos reflejos color “atardecer de verano” y seré la envidia capilar de todo el país. Pero, oh, no; ¡mi gozo en un pozo! De nuevo me he topado con el despotricador del año: “Ay, Mala; ¿pero qué te has hecho en el pelo, mujer? ¡Con el tono castaño natural tan bonito que tenías!”.

MI SOLUCIÓN: “Gracias, muy amable. Es por ello que quiero regalarle como muestra de complacencia este tinte color “azul unicornio”, muy de moda por cierto, para que se lo ponga en la pelambrera de ahí abajo. Le quedará de cine. Ah, y no se olvide de dejar las cortinas apartadas, para que se lo vea al menos el vecindario, ya que de otro modo, no creo que exista nadie en este planeta que se presente a voluntario”.

Y hasta aquí, queridas amigas y estimados amigos, tres situaciones perfectas que os ayudarán a hacer oídos sordos, dado que seas pobre o millonaria, un ser humano bondadoso o el peor elemento de la tabla periódica, sobran por ahí cerebros enjuiciadores. O sea que entonad el “a mí, plin”.

 

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