La gente que se cree superespecial

La gente que se cree superespecial

mala vaterA esta gente directamente no la soporto.

Se trata de ese tipo de persona que se considera a sí mismo un alma iluminada capaz de despertarnos en los demás la fe en la perfección, bien con su mente privilegiada, bien con sus decisiones acertadamente tomadas o bien con su belleza sin igual.

¡Qué pelmas, por favor!

Lo peor de todo es que te comentan todos sus superpoderes, te hablan de su sublimidad en tal materia y te narran cuán especial es esa pintita que tienen en el iris de sus ojos; pintita que por supuesto, tú, como individua mundana, no tienes. ¡Faltaría más!

Para ilustrar este tema, no puedo dejar de contaros lo que me ocurrió recientemente en la cola del súper. Como podéis ver ya de primeras, me muevo por sitios propios de ciudadadanos ordinarios y no por los círculos más exclusivos, que es en donde tendrían que estar los seres de luz. Sin embargo, y hete aquí lo más gracioso, la gente superespecial habita, como tú, en el lado de lo común y lo corriente de la vida aunque ellos lo desconozcan.

Por lo tanto, ahí estaba yo en la cola del supermercado esperando pacientemente mi turno cuando, sin más, aparecen dos niñas jugueteando por allí. Dado el color de su pelo y de sus ojos, la señora que se encontraba a mi lado me pregunta si son mis hijas. Respondo amablemente con un “No“, confiando en que la conversación se quedase ahí.

¡Pues claro que no se quedó ahi! Yo vivo eternamente pegada a personas raras de las cuales he decidido, a partir de este momento, que no me quejaré. Son una mina de oro para ornamentar cualquier momento de apagón anímico.

Continuando entonces con el relato, la mujer se ve que tenía unas ganas tremendas de darle al pico y hacerse la finolis. Qué mejor lugar que un súper de barrio, donde las señoras mayores de la zona acuden en pantuflas. Con lo que aprovechando la tesitura, me comenta: “Vaya, pues yo pensaba que eran tus niñas, porque tienen los ojos claros, como tú“. Uy, sí, ese es el criterio definitivo que utilizan los jueces en las pruebas de paternidad: “Su señoría, -sostiene el fiscal-, la prueba del ADN es irrevocable. El menor es hijo del butanero“, “¡Por supuesto que no!, -replica el señor juez-, me da igual la cadena esa de proteínas. ¡De lo que hay que fiarse es del color de ojos!“.

Aun así, a lo que iba, la mujer en cuestión me pregunta en alto: “Porque…a ver…¿tú de qué color tienes los ojos?”, a lo que le respondo lo más discretamente posible: “Bueno…yo…“. Ni me dejó acabar la tía, pues comenzaba su esplendoroso monólogo típico del que se cree superespecialmente atractivo: “PORQUE YO LOS TENGO DE UN COLOR QUE EN REALIDAD NADIE SABE. EN PRINCIPIO, SON AZULES, PERO EN LOS DÍAS GRISES SE PONEN MÁS VERDOSOS Y A VECES INCLUSO VIOLETAS. DE HECHO, CUANDO LLORO, ME QUEDAN DE UN COLOR AÑIL IMPRESIONANTE“.

Hija, enhorabuena, hasta en la sección de detergentes se han enterado de tu virtud mágica: que cuando lloras los ojos te cambian de color. ¡Pues como a todo el mundo, tía pesada! Se te olvida la congestión y la nariz roja. O puede que en tu caso, añil. ¡Como eres tan especial…!

Vamos, por otra parte, con otro tipo de seres de luz, que son todos aquellos o aquellas que van de hipersensibles por la vida; recitando a los cuatro vientos que llora océanos enteros viendo el telediario, visitando a un pequeñuelo con leucemia o leyendo sobre la vida en los campos de refugiados. Muy emotivo lo tuyo, sí. Vamos, que a los demás nos la refanfinfla las imágenes de los niños de la guerra con sus ametralladoras al hombro. Si es que tu afectividad no tiene límites, ya lo sabemos todos. ¡Y ahora cállate, pesado!

Los hipersensibles suelen ser antagónicos de otro subtipo curioso: los que alardean de su capacidad de mostrarse sosegados en cualquier momento de la vida. La templanza es su bandera y nunca se muestran nerviosos ni se dejan ver amilanados por nada. ¿Que están ante el examen de su vida? ¿Que van a pasar por quirófano al día siguiente? No hay problema, porque gracias a su mente serena y a su apaciguada actitud, nunca muestran debilidad alguna. No me molestarían tanto si no me dieran la murga con el asunto: “¿Pero cómo es que estás tan nerviosa, mujer? Mira yo, ¡que mañana me operan de un cuádruple bypass y estoy la mar de tranquilo!“. Pues nada, me alegro por usted.

Pero para jactarse de virtudes, la corona se la llevan ese grupito de gente más extenso de lo que me gustaría al que yo denomino los Bruce Willis, ya que siempre están su sexto sentido para esto y su sexto sentido para lo otro: “¡Pues se ha muerto el señor Agripino! Ya lo veía venir yo, que con mi sexto sentido para estas cosas sabía que iba a ocurrir de un momento a otro“. Señora, no dudo yo de su capacidad adivinatoria, pero le recuerdo que el señor Agripino estaba a puntito de los 101 años y tenía la arteria coronaria como la M-30. Lo que me sorprende es que siempre se trata de episodios poco festivos. Creo que nunca les he escuchado decir: “Mi sexto sentido me dice que te van a dar un puestazo en Microsoft”. O sea que su sexto sentido de las narices es bastante selectivo y con olor a mortuorio. Aléjate de ellos mientras puedas.

En cualquier caso, la gente superespecial comparte una característica común: intentar quedar por encima del prójimo.
Cierto es que no creo que lo consigan y como ejemplo acudiremos al refranero castellano, el cual, sabio como siempre, reza: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces“.
Nunca falla.

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