Mala de los Nervios, psicóloga. Pidan cita.

Mala de los Nervios, psicóloga. Pidan cita.

Mala psicoYo, no contenta con querer ser top model, artista, humorista, activista de los derechos humanos, intelectual, pacifista, superdotada y eternamente joven y grácil; he llegado a la conclusión de que también soy psicóloga en mis ratos libres. Lo cual indica que, además de polifacética, me la trae al pairo lo del intrusimo profesional.

En cualquier caso, esta faceta mía como terapeuta me la tomo muy en serio; no creáis que me leo la revista Psychologies y luego me agencio como míos algunos de sus consejos. Para nada. De hecho el único contacto que yo he tenido con esa revista era leer sus titulares en el kiosko que hay cerca de mi casa, comprobando además que: uno, solo salían tías guapísimas en su portada, que ya me dirás tú qué problemas podrían tener esas muchachas en la vida; y dos, que el señor kioskero estaba hasta la coronilla de verme allí contínuamente y ni cinco céntimos me gastaba en comprarme un caramelo de eucalipto.

Sea como fuere, mis dotes naturales en el terreno de la psicoterapia se mueven más bien entre ser un chamán curapenas y una enteradilla sabelotodo con una tendencia innata para asoballar al personal con sus pseudo-consejos mutados en monólogos interminables. Todo con muy buena intención, eso sí; pero el monopolio de la palabra será mío desde que comienza mi intervención hasta el primer rayo del amanecer. Puede que tu amiga ya se haya ido, pero tú sigues hablando para el aire; porque el aire puede que también esté triste; y si no lo está, me da igual,  puede que lo esté en media hora y no piensas irte a casa con esa culpa.

Pero de todas formas, mi actividad como consejera espiritual tiene su mérito; porque todo ese palabrerío pertenece a mi copyright. Salvo de vez en cuando, no voy a mentir; que hago pasar por mías algunas de las estupendísimas pautas que me ofrece mi querido Dr. C. A ver, que no creo yo que le importe, ya que es para una buena causa; esto es: MI LUCIMIENTO. ¿Y qué psicólogo no querría lo mejor para su paciente? Orgullo de profesional debería sentir al comprobar cómo hago brillar cual diamante las lecciones que aprendo en su consulta, aunque sea adueñándome de su propiedad intelectual.

Ahora bien, me da la sensación de que sufro de sordera selectiva, porque en el momento en que me dice que en ocasiones la gente solo necesita un gesto de comprensión o un hombrito sobre el que llorar; no sé qué principio de la anatomía humana acontece en ese instante, pero yo cierro que da gusto las compuertas de los órganos auditivos.

Consecuentemente, tomo la ley por mi mano autoimponiéndome la misión de ser la animadora de la especie humana. Lo peor es que puede que no todos los ejemplares estén por la labor de prestar atención a tus rollazos, sino que con tomar un cafelito contigo ya están bien a gusto. Claro que yo, la reina de la hipérbole, del más es más, del Rococó y del Barroco jamás se quedará a gusto con la belleza de lo simple.

¡Donde se ponga tener opinión y consejo para todo que se saque todo lo demás! Mi sabihondismo no debe morir, así que arreglo un simple café con alguna que otra sugerencia -aunque no te la hayan pedido-, con algún que otro análisis de la situación -aunque nadie te lo haya mandado-, y con el megaconsejo final -que ni siquiera lo necesitan-.

Y ojo, que lo mío tiene mérito, que el espectro de contratiempos que cubre mi intervención terapéutica es tan amplio como un océano. Yo soy experta en temas de amoríos, de familia, de trabajo, de estudios, de complejos, de amistades y hasta de cómo disimular un arañazo que le has metido al coche en el aparcamiento del centro comercial, porque esa columna por mis muertos que era nueva; que tú siempre aparcabas ahí y ningún problema; pero pondrían nuevos pilares por miedo al derrumbe del edificio. Súper creíble, ¿a que sí?

No me digáis que mi ayuda no es indispensable para la vida.

Pero nada, que le sacan las ilusiones a una y no hay derecho. El Dr. C., el Costillo y mis padres han creado una triple alianza antisermones porque dicen que parezco un cura dando la homilía. Y eso me duele, no por atea, sino por lo mal que sientan esas casullas que llevan; con un patronaje malísimo, por favor. Encima en Semana Santa hay que vestirse de morado, y ese color ya está más anticuado que las maracas de Machín, y yo por eso ya sí que no paso.

Vaaale. Aceptamos Mala como más animal de compañía y menos psicóloga.

 

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