Mi teoría de la evolución

Mi teoría de la evolución

Me sabe mal por Charles Darwin, un señor que se merece todos mis respetos por haber dedicado su vida entera al estudio y al progreso de la ciencia. Pero ahora es mi turno, y es posible que El origen de las especies quede para siempre en la misma categoría que una novelucha romántica de kiosko.

Al principio sufriré la mirada escéptica de los círculos más selectos de la biología. Surgirán voces disidentes que pondrán en entredicho mi tratado, a las que me enfrentaré con la mejor de las posturas: la indiferencia, pues solo unos privilegiados podrán llegar a entender la magnitud de lo que aquí se trata.

Para ello, cuento con mi cultivada masa lectora. Siempre fiel, siempre docta.

Según mi ensayo, obviando alguna novedad sin mucha trascendencia, maridos, mujeres, hijos, cuñados y demás son arquetipos que lucen prácticamente igual desde el Homo Antecessor, a diferencia de que en aquella época era más aconsejable llevarse bien con la familia porque tenías que vivir con ella en la misma cueva.

En efecto, todos juntos y revueltos como en una pesadilla: tus sobrinos, tus cuñados, tu abuela, tu padre, un segundo padre, un tercero y un cuarto; porque los otros solían desaparecer. Arpón en mano, te decían:

– A ver si estoy aquí para la hora de comer.

– Pero a poder ser trae un bicho para darle de comer a los niños, digo yo.

– ¿Adónde crees que voy con el arpón y la lanza, lista?

– Eso me pregunto yo, porque pasas más tiempo tallando las armas que cazando.

– Pues chica, vete tú si tan fácil es.

– Yo es que tengo un crío enganchado a una teta y el otro crío enganchando a la otra. Los otros siete los atiende mi madre, que ya bastante favor nos hace, y mientras, intento prender fuego de una vez por todas.

– ¡El caso es protestar! Yo te aviso, como me encuentre a un clan nómada de esos, con ellos me voy, porque esto no es vida.

Y claro, en cuanto se cruzaba con un grupo evolutivamente más avanzado, en el que ellas nutrían a los bebés con leche de rinoceronte para que no se le quedaran las pechugas fofas; se unía a ellos y si te he visto no me acuerdo.

Entretanto, tú ni te has dado cuenta de que el señorito todavía no ha llegado porque te has pasado la mañana recolectando frutos.

La de la cueva de al lado se ha puesto a lo mismo en unas zarzas cercanas, con lo que os ponéis a hablar un poco de todo: que si las suegras pretenden que hagas fuego ya de una vez, que va a llegar su hijo y la cacerola sigue fría, tú le contestas que o intentas prender fuego o vas a recoger tubérculos y semillas, pero que en los dos sitios no puedes estar, que ella te replica en dónde vas a encontrar un hijo como el suyo… Y se te pasa el tiempo volando.

En ese período comenzó la leyenda que todavía hoy circula por ahí, sobre las mujeres y su facilidad para cotorrear. Yo no sé a raíz de qué comenzaron los antropólogos a colgarnos ese sambenito en sus investigaciones. Son páginas de relleno carentes de fundamento científico.

También es verdad que había ocasiones en las que él volvía a casa tras su jornada de caza. No todo iba a ser fiesta. Pero en cuanto llega, se pone de morros:

– ¿Pero qué has hecho en toda la mañana?

– Aparte de soportar a tu madre y a tu hermano, he recolectado tubérculos, raíces, frutos rojos y semillas para hacer una ensalada.

– ¿Pero tú te crees que después de jugarme el tipo ante los bisontes, a mí me llega con cuatro hierbajos?

– ¡No son hierbajos! Es una concentración de vitaminas A, D, E y K solubles en grasas, que te aporta la energía necesaria para afrontar los obstáculos del día a día, al tiempo que refuerza las defensas de nuestro organismo debido al mejor funcionamiento del sistema inmunológico.

– ¿Ahora eres la chamán de la aldea?

– Algo tengo que hacer además de limpiar las humedades de esta cueva, que hay goteras cada dos por tres, y lo de arreglarlas no va contigo.

– ¿Qué quieres que le haga si la roca metamórfica no es impermeable?

– ¡Excusitas! Y encima quieres que me ponga guapa para ti, y con la humedad que hay en esta gruta, yo ya te digo que no pienso sacarme de encima estas pieles de oso. Y quítate de en medio, que tengo que ir a buscar algún cabritillo para asar, porque ya veo que vuelves con las manos vacías. ¡Qué sería de esta tribu sin mí!

Y te las pirabas de allí con un cabreo tremendo, estirando la espina dorsal, levantando el mentón y poniendo cara de chulita, evolucionando de esta manera a una postura más erecta, propia de un individuo desarrollado.

Hete aquí el gran secreto revelado: nos convertimos en seres bípedos para escapar de los maridos pesados.

Mi tesis sobre el proceso de hominización levantará ampollas entre los más eruditos analistas, tal y como he pronosticado. Pero con el desafío por amigo, continuaré desenmascarando diversos hitos de la historia.

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