¡Prohibido empijamarse!

¡Prohibido empijamarse!

 

Juro y perjuro que este tema lo había preparado antes del confinamiento, pero decidí guardarlo en ese baúl donde los textos me piden en bajito que los saque a la luz. “Sácanooooss, sácanooooss”, me dicen. Y me dan penita, claro.

La historia es la siguiente: yo había escrito una entrada en la que hablaba de lo perjudicial que resulta para un estado de ánimo no muy boyante quedarse en pijama todo el día. Y tres días antes de publicarlo, el Gobierno decreta un confinamiento en el que la gente iría masivamente… EN PIJAMA.

A partir de entonces no supe si debía centrarme en mis poderes claramente adivinatorios, o en aprovechar esa ocasión pluscuamperfecta para sincronizar por una vez contenido con realidad. Zanjé la cuestión enviando el escrito al baúl de los desechos momentáneos, porque aunque suela pecar de resabiada, en historias de confinamientos no estaba yo muy ducha.

Un mes y medio más tarde sigo sin estarlo, no es cuestión de comportarme como una rehén de un grupo paramilitar, pero sí puede que aquel texto en el que desaconsejaba quedarse en pijama en caso de personalidad taciturna, ahora tenga más sentido.

Sin más dilación, presentemos al pijama.

El pijama es esa pieza de ropa que, bajo mi humilde pero siempre empírico juicio, ATRAE UN POCO EL MAL FARIO: el pijama de cuando estuviste en el hospital, el pijama de cuando estabas deprimida y el pijama de los domingos de bajonazo pre-lunes. Cierto es que también está ese pijama fresquito y placentero que te pones tras la ducha de un día inteminable, a la vez que se calienta tu vasito de leche en el microondas.

Aceptemos entonces su ambivalencia emocional, aunque lo primero de todo es partir de la máxima SE PUEDE HACER DE TODO EN PIJAMA, desde estar moribunda hasta hacer manualidades.

Para ello, enumeremos unas cuantas actividades que la persona de a pie suele realizar ataviada con este multipráctico conjunto formado por dos piezas, denominadas comúnmente “parte de arriba” y “parte de abajo”:

1. Dormir: Irónicamente, es la tarea a la que menos tiempo dedicamos en pijama; puesto que puedes estar en cama, sí; pero desvelada, también. Incluso, aun durmiendo como un tronco, nada puede hacer competencia a todas las horas empijamadas que mucha gente le dedica a los videojuegos, hacer postres o poner una lavadora. Esto es, para tumbarse y dormitar, elijan mejor otra vestimenta más adecuada a la situación, ya que el pijama no lo es.

2. Trabajar: Si trabajas desde casa tienes dos opciones: una, PONERTE EL DESPERTADOR A UNA HORA LO SUFICIENTEMENTE PRUDENCIAL para ducharte, vestirte de manera cómoda -pero vestirte-, y desayunar con calma. Y otra, que consiste en LEVANTARTE TRES MINUTOS ANTES DE EMPEZAR la jornada laboral, que los emplearás en, minuto por tarea, mear, lavarte la cara y cepillarte los dientes.

A lo largo de la mañana o del día ya encontrarás un hueco para desayunar (12: 40 del mediodía) y comer (un sándwich delante del ordenador a las 17:20 de la tarde). Todo ello en pijama y oliendo a choto, obviamente.

Su día lo mismo acaba a las 19:30, y como poco falta para ir a planchar la oreja, permanecen ya con ese uniforme que tanto le sirve para hacer el amor, como para ganarse el pan. Son seres resolutivos.

3. Cocinar fritangas: Buenísima idea la de freír pescado que atufa toda la casa, y sobre todo el pijama que llevas puesto. Hay que ver el aroma fresco cual Alpes Suízos que te queda ahí, bien remetido en el tejido, aunque a muchos no parece importarle porque piensan dormir con él esa misma noche. Si fuera el humo del burguer de la esquina sí que sería una guarrada meterse en cama con ese pestazo, pero en esta ocasión todo queda casa y te da más confianza.

4. Fregar: La cocina hecha un desastre y en los baños se ha librado la Batalla de las Termópilas. Eso se arregla rápidamente cubriendo tu pijama con un delantal con el que friegas como en una escena de Benny Hill, muy muy rápido pero con resultados efectivos. Has mojado los puños de la parte de arriba. Mira qué bien, a ver si desaparecen las gotas de aceite del pescado frito.

5. Hacer gimnasia: Has estado todo el día con tu pijama de la Pantera Rosa, bien trabajando, bien haciendo la fotosíntesis en el sofá; por consiguiente es hora de ejercitarse un poco. No te has cambiado el conjuntito en todo el día, mucho menos ahora que vas a hacer una tablita de ejercicios que no se parecerá en nada a los movimientos de la monitora del vídeo. No me extraña, ella lleva encima 400 euros en ropa deportiva, mientras que tú haces lo que puedes con tu pijama con la cinturilla estirada, que se cae a cada patadita que das. Arreglado, haces el mismo ejercicio pero sin patadita; lo cual se queda en estar de pie.

6. Volvemos al punto 1.

¿Qué hemos aprendido entonces, amigas y amigos? Que el pijama no ha sido concebido para dormir, SINO COMO UN MONO DE TRABAJO POLIFUNCIONAL, que suele ir acompañado de los siguientes complementos: autoestima por los suelos y estado semivegetativo generalizado.

Sí, ese es el poder del pijama: te induce al declive, y el declive a la hecatombe, y la hecatombe al cero absoluto.

Vete a cambiarte, anda.

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