Si no lo usas, ¡véndelo!

Si no lo usas, ¡véndelo!

Tras los meses de noviembre y diciembre que pasamos por estos lares en los que unos días llovía, otros, llovía; después, había algunos en donde también llovía y, si acaso, te podías encontrar a veces con que, sorpresivamente, llovía; sufrí alguna que otra mojadura que dejó perjudicada a mi querida billetera de marca pija, regalo de mi amiga Marta.

Yo, siempre tan eficaz con mis ideas de bombero jubilado, procedí a intentar revivir a esa pobre criaturilla que guarda mis dineros y mis cien mil tíckets de compras que se retrotraen hasta el año 1997. Para ello, lo único que se me ocurrió fue ponerlo junto al deshumidificador, ese aparato doméstico al que quiero más que a mi vida, para que se produjese la magia de devolverle a mi cartera su esplendor original. Lo que es funcionar, el aparatito sí funcionó, pero el resultado fue una masa informe muy similar a una ciruela pasa. Con respecto a esto, ninguna novedad, pues si de algo está llena mi cabeza es de proyectos que no marchan adecuadamente, así que comencé el proceso de arreglarlo cerquita del calor del radiador.

Mala idea. Me lo temía, pero aun así lo hice; y esta es una manía de la que en otro momento hablaremos.

Bien, con esta cagada primeramente ideada; después ejecutada y por último, finalizada, no me quedaba otra que hacerme con una billetera nueva; cosa que me apenaba, ya que era un regalo muy especial. Aunque hablando con una amiga, cuyo incómodo embarazo y sus horas de aburrimiento postrada en la cama, la están llevando a picotear en las compras online, me comentó que podría encontrar un artículo igual al que había estropeado en uno de esos portales de ropa de segunda mano.

Y fue entonces cuando entré en un mundo que me dejó boquiabierta. Perpleja. Ojiplática.

Lo que hace la ignorancia, madre mía. En mi mundo de inconsciente, cuando me encuentro ante un panorama así, no sé si me siento pueblerina o muy moderna. Puede que el estado que mejor me defina sea el de desubicada, porque con lo que yo esperaba encontrarme era con gente que vendía su ropa por falta de uso o de espacio, sin embargo con lo que me topo es con una manada de locas, acosadoras, tiburonas, profesionalizadas e idas de la olla en general.

Comienzo entonces mi rastreo de la dichosa billetera y en el buscador pongo: “Billetera marca [pija] modelo [que ya no existe]”. Al momento me aparecen chorrocientas opciones disponibles iguales o muy parecidas a la mía. Cotejo tres o cuatro artículos que podrían ser algo similar a lo que busco, encuentro un botón en donde se marca que simplemente podrías estar interesado en él y me pongo a otra cosa.

Pues nada, que la hemos liado. Al momento me empiezan a aparecer mensajes del estilo del mercadillo de tu pueblo, a medida que lo atraviesas y te acosan al paso, pero en este caso en versión digitalizada e internetizada. Atención, IMPRESCINDIBLE VOCABULARIO REPIPI CON ABUNDANCIA DE DIMINUTIVOS: “Hola, guapis. He visto que estás interesada en mi carterita. Te comento, prenda: hay otras dieciséis chicas preguntando por ella, así que si te gusta, no olvides darte prisa, linda. Un besi, cielo”.

Esta, como podréis observar, iba sobrada de almíbar. Otras, sin embargo, se autopromocionaban en modo robot. Creo que la Siri tiene más sentimientos que una que me mandó su consabido aviso. Ojo, CONCISIÓN DE PALABRAS, SIN CONECTORES Y MODO TELEGRAMA: “Cartera con mucho seguimiento. Si la vas a querer, avisa”. ¿Para qué perder el tiempo? Ni hola, ni qué tal. Esto sí que se llama ser una business woman 24 horas al día. Está demasiado ocupada acosando a 3.500 personas para que se compren sus 3.500 modelitos que según ella ya no se pone.

No sé qué pensarán de mí este perfil profesionalizado y casi autómata sobre mis rollos patateros para decir algo que se puede resumir en una línea, porque aquí os presento mi intervención estrella:

“Hola, qué tal, muy buenos días.

Verá, tras un aciago episodio acontecido con mi apreciada cartera, me dispongo a dirigirme a usted con la intención de comunicarle mi firme predilección por su artículo. En ese caso, ¿podría saber si tengo la posibilidad de poder reservarlo?

Atentamente,

Mala de los Nervios”.

Estaba claro que a la tía se la soplaba mis maneras, porque me responde: “Ok”. ¿Y ya está? A ver, pero mujer, qué te digo yo; pues un “Desde luego que sí, no tengo problema alguno” , pero así, en plan abreviatura….¡con todo la ceremonia que le había puesto!

Por otra parte, es capital ocuparnos de uno de los detalles fundamentales de este asunto: el apartado de “Opiniones sobre esta vendedora”. Supongamos que es una web para deshacerse de cierta ropa; esto es, un pantalón, un jersey o un vestido; ¿por qué leo “Cocoguagua85 tiene 310 comentarios positivos” ? Pues porque la tal Cocoguagua85 ha vendido 310 trapitos. A ver, o yo no me entero, o la Cocoguagua no debe vender, lo que tiene que hacer es comprar. Comprarse un armario. Más bien, un piso nuevo. Mejor pensado, un chalet del tamaño de El Escorial para meter los 310 modelitos que le sobraban y los 670 que se quedará para vestirse. ¡Qué locura!

Asimismo, no puedo despedir este tema sin hacer alguna referencia al anuncio que sale en la tele de una de estas plataformas. Dejando a un lado que solo salen personas del género femenino con unas cejas del tamaño de dos orugas para parecer modernas, resulta que te ponen una imagen de un jersey del Alcampo mientras sobreimpresionan el precio de 30 euros. Sumémosle que viene de estar refregado con un sobaco ajeno, o sea que guauuu….te lo comprarán….NUNCA.

Sin olvidar el mensaje que lanzan: Hola, adolescente fácilmente influenciable; sal a comprar, y si no te gusta, luego sacas dinero para seguir consumiendo. ¡Si Karl Marx levantara la cabeza!

:::::¡Lo dice una con carrera de pija!, ¡No te digo!:::::::

 

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