Todos (o eso espero) tenemos nuestras incoherencias

Todos (o eso espero) tenemos nuestras incoherencias

Mala chupa cueroNo dudo que haya gente que muera por sus ideales. Y los envidio, porque yo, por mucho que quisiera ir del Che Guevara, me declaro incongruente en grado máximo.

No es fácil admitirlo, no; sobre todo porque una se mueve por el mundo como si fuese una romántica decimonónica. Voy doblando las esquinas creyéndome Espronceda, que con sus diez cañones por banda surcaba los mares como le daba la real gana, defendiendo a muerte su libre albedrío y condenando a los opresores.

Sin embargo, mi esproncedismo no da la talla. Me quedo simplemente en una copia de mala imitación, una pensadora del palo, comprada en la feria justo cuando están recogiendo los puestos y solo quedan los batiburrillos que nadie quiere.

De todos modos, estoy convencida de que las contradicciones son una epidemia generalizada. Así, en este pequeño hogar que formamos el Costillo y yo, pensar de una forma y actuar de otra es un deporte que practicamos con bastante frecuencia:

Vamos a manifas antisistema cuando resulta que el Costi trabaja para una multinacional: ¡Con un par! ¡Olé! Y venga a cantar: “¡Fuera corporaciones con sucios millones!”, “¡Ea ea ea, a Cocacola se la pela!”. Y oye, yo es que me pongo en modo sindicalista con coderas y me vengo arriba totalmente. Al día siguiente, el Costi madrugó como siempre para hacer más millonaria aún a la empresita que se queja de ser pobre.

Nos tomamos muy en serio los apagones a favor del planeta: Ese día en nuestra casa no se enchufa ni la tostadora. Por el Planeta Azul eres capaz de cualquier cosa, incluso tomarte la tostada toda blandurria porque por eso eres una persona supercomprometida. Tampoco enciendes las planchas del pelo, y si este acto de fe no es darlo todo por la ecología, ya me dirás.

Eso sí, cuando se acaba la Hora del Planeta, hala, ¡estamos que lo tiramos, señora!

Vas al dormitorio a dejar las pantuflas y sales sin apagar la luz; entras en la cocina, abres la nevera y así se queda porque tienes que atender un wasap; te diriges al baño a darte una ducha y mientras te desnudas abres el grifo para que se empiece a calentar. Lástima que la toalla te haya quedado en el dormitorio.

Sales del baño en bolas rauda y veloz, entras en el dormitorio ya encendido y lo vuelves a dejar de la misma manera. Vuelves al baño, el agua lleva corriendo tres minutos. La cierras porque te sientes mal pero la tienes que volver a abrir puesto que estás en pelotas y te tienes que duchar.

Además, como te ha cogido el frío dado el nudismo que has lucido por toda la casa y, recordemos, vives en un piso sin calefacción, te apalancas un poco bajo el agua calentita. No sé, cinco minutillos o así. Quien dice cinco dice diez. Y con diez quiero decir veinte. Al Costi le pongo la excusa de que me tuve que depilar con la cuchilla, aunque no cuela;  sabe que solo me depilo para el ginécologo y la dermatóloga. Ellos son los únicos afortunados en catar mis extremidades inferiores suaves como el culito de un bebé. Ante todo, un respeto por el personal sanitario.

Somos los reyes del reciclaje: Y con eso ya lo arreglamos todo. Cierto es que cada vez que compramos una acelgas y un kilo de peras con sendos embalajes de triple capa de plástico, el Costi se siente culpable, con lo que para  compensarlo se recorre todo el súper buscando alimentos sin aceite de palma, pero no por aquello de que son nocivos para la salud, sino porque está muy volcado con la causa de los orangutanes, ya que para plantar los árboles de palma deforestan todo su hábitat. O al menos esto es lo que me cuenta EN VOZ ALTA, pese a que está justo a mi lado mientras estamos haciendo cola para pagar; no vaya a ser que alguien nos vea con tanto poliuretano y piense que somos gente sin conciencia.

Al llegar a casa, concluimos que haber comprado las galletas maría sin aceite de palma no ha sido suficiente para estar al nivel de nuestra sólida ideología, así que decidimos reciclar también uno de sus gayumbos viejos y utilizarlo como trapo para fregar. “MODA SOSTENIBLE”, dice él que se llama. No le falta razón.

Amamos los animales y colaboramos con varias causas: Cierto. Lástima que toda nuestra buena fe se convierte en mamarrachada cuando llegamos a la perrera municipal tope molones, con nuestras chupas de cuero y nuestro calzado de piel de la buena. Tope molones y tope imbéciles, por supuesto.

-No hay nada como el pequeño comercio: Por eso compro un reloj en El Corte Inglés y no en la joyería de mi barrio. Menos mal que una se consuela como quiere y me digo: “Bueee, si total aunque pone que es suizo, está hecho en China igual. Qué más da la China de mi pueblo que la China de El Corte Inglés”.

Evidentemente, esta tesis mía es extensible para la temática textil. Sí, señoras y señores; Amancio y otros por el estilo nutren mi armario. Me gustaría decir que mi ropa me la hace la señora Paqui, la modista que hay cerca de mi casa, pero no es así. De manera que cuando me compro un vestidito, llego a casa y vuelvo a convertir un gayumbo del Costi en otro trapo para la cocina para compensar.

Sostenibilidad ante todo, amigas y amigos. Un calzoncillo puede arreglar las conciecias más sucias.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *