El niño del millón de dólares

El niño del millón de dólares

Recientemente, en un foro sobre educación e infancia, el siempre acertado y muy adorable James Rhodes, aseguraba que ser niño hoy en día es mucho más difícil de lo que lo era en su época.

Tras leer estas declaraciones, recapitulo mis años de niña con coletas y de entusiasta púber, y concluyo que, por todo lo que ellos no disfrutaron, mi infancia fue más cómoda y próspera que la de mis padres, y más feliz que la de los niños de ahora por todo lo que no tuve que soportar. Especialmente en lo que se refiere a la carrera actual por lucir el hijo más guapo, el más especial y el más listo.

En efecto, ahora los niños están bajo un escrutinio continuo: desde sus padres, con su obsesión de fabricar un niño prodigio, hasta las redes sociales en todas sus variantes. Pobrecillos, demasiada gente opinando solo puede crear presión y angustia. Sumemos, además, la saturación de información preocupante por todas partes. Todo es noticiable, y cualquier vía sirve para propagar datos espeluznantes y mensajes apocalíticos que ocasionan zozobra al más impasible.

Esta hostilidad será una de las principales causantes de la sobreprotección con la que han vivido muchos chiquillos. Me he encontrado con madres que le prohíben a sus hijos adolescentes ver El niño con el pijama de rayas, he acompañado en más de una ocasión a adultos de 18 y 19 años a matricularse en la universidad porque no sabían siquiera ni coger un autobús, y he escuchado las quejas de un padre el día que su hija de 15 años descubrió, por boca de su profesora, que los Reyes Magos eran los padres.

Ante estas situaciones, no me queda otra que poner cara de póker. Gesto neutro y cara indiferencia.

Ahora bien, ese mundo de algodón rosa que construyen para sus hijos, es una carga a corto, medio y largo plazo. Y lo peor de todo, como consecuencia de un niño sobreprotegido, aparece una larga lista de damnificados: amigos, demás familiares, maestros, médicos y cualquier persona que intente arañar su burbuja de seguridad.

Cierto es que no sé qué será peor, un niño sobreprotegido o un niño nacido para ser estrella.

El deseo de confeccionar a medida un portento físico e intelectual, nace ya desde el momento en que lo inscriben en el registro civil con un nombre de extraño origen y de fluctuante pronunciación. La abuela lo llama Jéidel, los amigos Jeichy y sus padres, Heidegger, mientras explican con cara de orgullo que se lo han puesto en honor al filósofo con el mismo nombre. Nadie le pregunta el porqué de la elección, aunque ellos se adelantan en informar que era la lectura que escogía su mamá para apaciguar las pataditas que le daba en la barriguita.

El asunto es que tienen grandes proyectos para el protoprodigio. Así que cuando el niño cumple tres meses, los padres se percatan de unos rápidos y acompasados movimientos en sus piernas mientras está tumbado en el Maxi-Cosi. ¿Resultado? Este niño promete.

Nadie le preguntará al angelito si le apetece dar patadas a un balón los sábados por la mañana. Y aunque a sus padres les da un poquillo de pereza hacer y deshacer mochilas un sábado a las ocho, merece la pena, porque su hijo en algún lado/tarea/disciplina ha de ser el mejor.

Lo intentarán con el fútbol y, si no sale airoso, lo apuntarán a hípica, a tiro al plato o a esquí. Puede que tengan que rehipotecar la casa, pero el gozo de saberse los únicos en acudir a esa actividad de refinada categoría, lo vale todo.

Por otro lado, hay otros padres que compiten de una manera más sosegada y, ante todo, más barata.

Cierto es que lo que semejaba ser una rivalidad más sana y menos crispada se transforma en una verdadera guerra: cómo convertirse en los mamipapis más guachichachis de todo el cole. Fácil de decir, pero conseguirlo puede acabar con la familia, con el bolsillo y con la vida.

Enseguida descubrirán que se trata de una selva de cientos de mamás y de papás igualmente desesperados por organizar la fiesta de cumpleaños temática más original. Comprobarán que alguien les ha robado la idea de construir con cartón una cueva con forma de mochila de Dora la Exploradora, con lo que no queda otra que buscar en Pinterest adornos realmente transgresores para que el resto de mamipapis se queden boquiabiertos, que es lo que importa. A los niños en realidad los ponen para adornar las fotos.

Este sistema agresivo-pasivo de competencia es aplicable también a las manualidades del cole  -se ha llegado a ver el penacho de Moctezuma tallado en madera por niños de cuatro años-, así como a las fotos con la mascota de peluche de la clase. Hay padres que han hecho trípticos de óleo sobre lienzo con Lola, la tortuga de trapo del aula de su hijo.

Sin duda, a Lola le ha tocado el Euromillón. Siendo de trapo y albergando las babas resecas de veinte críos, se ha pegado una vidorra, gracias a las ansias de los padres de superar a la anterior pareja de papás y de dejar el listón inalcanzable para la siguiente. Por ello, hay fotos de Lola en el Taj Mahal, hablando con el presidente de la ONU, saliendo en la ceremonia de los Oscars y cocinando con Obama.

Si a unos progenitores no les parece suficiente con que el niño vaya a salto de esquí, aunque al niño no le guste y ellos vivan en Almería, tienen toda la semana para resarcirse. Quedan al menos tres tipos de deporte en los que apuntarlo y, de los instrumentos de viento, todavía existe uno que el niño no practica. Menos mal que queda el domingo para pegarse un descanso: relajándose en sus clases de pintura abstracta en inglés.

Con tanto ajetreo, el niño llega a casa cada día a las 10 de la noche. Pero como su bienestar es lo primero, preparan de cena un superalimento repleto de enzimas, vitaminas, minerales y fitonutrientes. Para mi niño, lo mejor.

Si es que somos los mejores padres. Hala, a dormir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *