Estamos muy alteraditos

Estamos muy alteraditos

 

Últimamente he tenido que vivir una serie de escenas grotescas que me han hecho autorreafirmarme en mi teoría sobre el nerviosismo generalizado. Es como si se hubiese implantado un nuevo concepto de la paciencia pero sin paciencia. Ahora mismo en la calle se montan verdaderas trifulcas por tener que esperar unos minutos o porque la frutera carece de visión infrarroja para predecir que un calabacín estaba pocho por dentro. El nuevo hit es ir montando un pollo por verdaderas chorradas.

Andamos todos bastante nerviositos. Aunque lo más curioso es que sacamos a relucir esta cólera con asuntos totalmente idiotas: en las colas del súper, en las escaleras de vecinos o peleándonos por una plaza de aparcamiento. Ojalá utilizáramos este arranque para mostrar nuestra indignación en voz alta y de manera conjunta, porque tenemos motivos de sobra para armar la marimorena. Pero no, a mayor bobada, mayor será la bronca.

Sin ir más lejos, el otro día estaba en un paso de peatones esperando a que el semáforo se pusiera en verde para poder cruzar. Durante la espera, me llamaron por teléfono y empecé a rebuscar en el bolso. Justo en ese momento, el monigote del semáforo debió de cambiar de color y de postura, porque de repente un coche con la misma mala leche que los de Mad Max iba a estallar de rabia.

Era una parejita que conducía un auto marca nomeacuerdo, con una copiloto que ya le hubiera gustado a Colin McRae. Entre bocinazos, la mujer sacaba medio cuerpo por fuera de la ventanilla para dedicarme unos improperios que aquí no puedo reproducir. El conductor, con cara de odio infinito, tocaba el claxon como si fueran unos timbales. Todo esto para indicarme que me diese prisa en cruzar, ya que ellos llevaban 0’0001 segundos esperando por mí, y eso, entiendo que es muchísimo. Según ellos, no sé cuántas horas me pasé rebuscando en el bolso, pero cuando levanté la cabeza el hombrecito del semáforo todavía seguía en verde, o sea que, o llevaban a una parturienta o directamente eran gilipollas.

Crucé sin decir ni mu. Ahora me dedico a canalizar mi furia con frases de abuela por lo bajini, y me da muy buen resultado. Suelto un “Válgame Dios” y hago que la cosa no va conmigo.

Se ve que no me encontraba tan zen hace unos días en un puesto de panadería del mercado. Mientras todo el mundo guardaba turno en una misma cola, a una señora se le dio por situarse en una fila imaginaria a unos 90 grados de la nuestra, formando un hermoso ángulo recto compuesto únicamente por ella. El problema es que nuestra cola iba avanzando y la suya permanecía más parada que un gato de escayola.

Yo, para hacer más entretenida la espera, me dediqué a observar su jugada atentamente. La señora pretendía colarse a toda costa. El asunto es que por fin llegó mi turno. “Hola, qué tal. Póngame una barrita, por favor”. A los 90 grados se escucha: “¡Como que una barrita! ¡Cómo que una barrita, maleducada! -vociferó- ¡Yo llevo aquí mucho tiempo!”. “Es que la cola está aquí, señora, no sé qué hace usted ahí. ¿Va a montar un partido político a solas?” -yo ya me estaba poniendo chulita. “Estoy aquí porque muchas veces me atienden así, que ellas ya me conocen” -la mujer erre que erre. “O sea, ¡que encima acusa a las panaderas de nepotismo!” -le digo. “Qué transportismo ni transportismo, ¡si voy ahí te parto la cara!” -me amenazaba. “Pues venga usted, ¡así al menos estará en la cola de verdad!” -le suelto. Harta del asunto, me fui cagando leches y acabé comprando el pan en una panadería industrial cerca de mi casa.

De todas maneras, el acabóse del absurdo tuvo lugar la semana pasada en la sala de espera del médico. Cuando entro, me doy cuenta de que una mujer estaba sentada en una silla marcada con una pegatina gigante de “prohibido sentarse”, de manera que la única silla libre, la mía, estaba pegada a la suya sin ningún espacio de por medio. “¿Pasa algo?” -me pregunta. “Sí… eh… bueno… Usted está sentada en la silla separadora”, le comento. “¡Y qué más da! Es para hablar con mi marido. ¿O es que te molesta también que hable con mi marido?” -dice con retintín. De muy buenas maneras le digo que la cosa no va por ahí, pero aun así se puso como un basilisco: “¡Vale, tía! Pues me pongo en otro sitio, si tanto te molesto!”. Y se levanta muy mosqueada para volver a sentarse EN OTRA SILLA CON LA PEGATINA DE PROHIBIDO. “¡Hala, ya tienes lo que quieres! ¿Estás más tranquila? -me recrimina- Yo estoy enferma de cáncer, ¿sabes?, y no tengo que estar con estas tonterías”. Con más motivo entonces tendría que cuidarse de las distancias, pero decidí no decirle nada a una persona que utiliza su dolencia para aprovecharse de algo. Al rato vino una enfermera que le llamó la atención por sentarse en donde no debía.

Lo cierto es que estos días tengo anécdotas de malrollismo para parar un tren. Vaya a donde vaya noto una tensión en el aire a punto de estallar, y los desencadenantes pueden ser infracciones de gravedad máxima tales como que la cajera del súper haya cobrado dos veces un paquete de harina . Espero que esto de estar a la defensiva todo el día sea una moda fugaz. Si va para largo, no pretendo seguirla, me parece agotadora; además de bastante hortera y vulgar.

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