Historia de una desescalada descalabrada

Historia de una desescalada descalabrada

 

Después de casi dos meses en casa, el Gobierno dio comienzo a un protocolo que nos permite a los adultos salir a hacer deporte a determinadas horas.

Yo, de naturaleza curiosa y de tendencia agorera, me temía que el día de la denominada “desescalada” iba a ser un regalo para mi amplio sentido del análisis. Me moría de ganas de conocer las variantes de todas las infracciones que se iban a perpetrar.

Nada más tuve que esperar al sábado día dos de mayo, hora: ocho de la tarde.

Como día especial que era, el Costillo y yo también salimos a formar parte de la multitud, no sin antes comprobar la situación real desde la ventana: hordas de gente caminando en procesión por la acera.

Ya en la calle, sufrimos complicaciones a la hora de incorporarnos a la masa paseante. Era la misma indecisión que cuando te tocaba entrar en la comba. O te metes de manera decidida o mejor no te metas, porque aquellas almas no caminaban, sino que marchaban a ritmo de legionarios, y ya una vez dentro del desfile comprendí cuál iba a ser nuestro deporte en particular: INTENTAR SOBREVIVIR DURANTE EL PASEO.

Lo que me vendieron como un momento de respiro, se convertía en una selva en la que debías ir con los cinco sentidos bien entrenados para poder coordinar la distancia de seguridad con el de delante, con el de al lado, un se me cae la mascarilla, puta mascarilla, a la mierda con la mascarilla, que te digo que te pongas la mascarilla, cuidado que viene uno de frente con patinete, bájate a la carretera, no, que vienen coches, pues sube a la acera, no, que viene gente… Y si esto no es un DEPORTE DE RIESGO EXTREMO, yo misma lo catalogo como tal.

Además, dichas actividades de peligro las acompañé de un estudio in situ sobre el comportamiento de la ciudadanía basado, como siempre, en la observación. No requirió demasiado esfuerzo, los datos curiosos se me aparecían como visiones marianas. Veamos:

Pasear con auriculares: Finalmente puedes salir a pasear después de dos meses de confinamiento en el que echas de menos el sonido de la calle, ¿y te aíslas con unos auriculares para escuchar electro-latino? Yo ya estoy en un punto de mi vida en que no entiendo nada.

Lo peor de todo es que luego llegan a casa y se ponen un documental de la BBC sobre la flora y fauna de Costa Rica, mientras pronuncian en alto que añoran los ecos de la naturaleza.

Grupitos de conversación: No estaban saltándose ninguna norma, puesto que lo que es deporte sí estaban practicando, concretamente EL DEPORTE NACIONAL: EL COTILLEO. Al loro, estas personas que formaban corrillos sin descaro son las mimas que el día anterior se ponían como energúmenos si disminuías con ellos la distancia de seguridad en el súper. Rarezas de la vida.

Un piscolabis para el paseo: En principio, la salida estaba destinada para ponerse en forma. Lástima que todo el mundo llevaba en los bolsillos pipas, cacahuetes y bolsas de papas fritas para sustituir esa cervecita de terraza, de manera que al final puede que salir a hacer deporte te engorde.

Te encuentras a tus padres en la acera de enfrente: Los ves por primera vez después de varias semanas, pero ni siquiera hay emoción, porque hace solo veinte minutos que has hablado con ellos por teléfono y ya no tienes nada que contarte. Entonces desde una acera a otra te comunicas a través de un diálogo de profundo argumento: “ Holaaa, ¿qué tal?”, “Bien, ¿y vosotros?”, “Bien”, “Pues nada”, “Pues venga”, “Pues en fin”, “Pues vale”, “Pues un beso”.

Y te puedes quedar así media hora. Cuidado que estas conversaciones tienen su mérito. Charlar fuera de un ascensor sin decirse nada está al alcance de muy pocos.

Gente en tacones: Había parroquianas que ni disimulaban que no iban a hacer deporte. Yo, por lo menos le puse un poco de cuento vistiéndome de chándal, pero en mi pueblo si toca bajar al paseo marítimo, te pones de domingo. Es una tradición con mucho arraigo y ninguna pandemia podrá acabar con ella.

– Aparatología de todo tipo: Armados hasta los dientes. Así fue cómo salieron mis convecinos a la calle. Desde pulsómetros en los brazos, hasta patinetes, bicis bmx, bicis de paseo, patines en línea, monociclos… Lástima no haberlo sabido antes porque tenemos de sobra para presentarnos en los Juegos Olímpicos como delegación independiente. Eso sí, en una semana lo guardan todo de nuevo.

Familias con niños, pero al revés: La norma decía que un adulto podía llevar a su cargo hasta tres niños, pero en mi pueblo las matemáticas no nos gustan mucho y las adaptamos a nuestra conveniencia. Así he visto hasta tres adultos acompañando a un solo niño. Por detalles como estos merece la pena visitar esta bella localidad en la que te puedes indignar y troncharte a partes iguales.

El amor está en el aire (y en los asientos): El amor, esa poderosa fuerza por la que mandas al cuerno cualquier norma que dicte un señor en corbata. ¿Qué más da si tu novio vive en Corcodillo del Berenjenal y os separan 450 kilómetros? Marchando un encuentro la mar de deportivo con tu novio, que se ha pasado siete horas en coche para venir a hacer deporte contigo. Así es el amor y punto.

Pero aunque los dos deberíais estar practicando jogging, spinning o trekking, la verdad es que os apetece más sentaros en el borde del paseo marítimo a morrearos y a deciros cosas bonitas. Si bien sobre las rocas o cualquier poltrona de origen natural, se han acomodado también otras parejitas y familias varias que se han puesto a comer pipas, a programar el pulsómetro, a escuchar el electro-latino, a ajustar el sillín de la bici y a descansar de los tacones.

Al final de la jornada acumulo sensaciones encontradas. Me muevo entre la consternación y la indiferencia que te deja lo que ya presagiabas con total certeza: una desescalada descalabrada.

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