La pandemia y la pobreza cultural

La pandemia y la pobreza cultural

Cada vez que leo una entrevista al escritor Pierre Lemaitre me muevo entre sensaciones difusas. No sé si me cae bien, si me cae mal, si es un bocazas, un provocador, o si al final va a ser que casi siempre tiene razón.

La cuestión es que, hace unos meses, me encontré con unas declaraciones suyas en las que aseguraba que la pandemia había dejado al descubierto una brecha enorme entre ricos y pobres en cuanto al capital cultural.

Y aun considerando que esto no supone ninguna primicia, cierto es que en tiempos de economía precaria, la situación de la ciudadanía siempre es enfocada desde un punto de vista de las necesidades básicas: pago de la vivienda, transporte, alimentación y suministros esenciales. Por lo que cada vez que asoma una voz que exige la garantía mínima de bienes culturales, no es extraño que otros critiquen este gesto basándose en la simplona razón de que hay cosas más importantes.

Como aquella señora que se tomaba relajantes tazas de café con leche, que presidía -o algo así- la alcaldía de una capital de vez en cuando, y decía estupideces todo el tiempo. A veces se sincronizaba con su marido, con lo que escuchabas mamarrachadas en estéreo. Mira qué bien. No sé cómo se llevaban en casa, pero lo que es de puertas afuera, era una maravilla ver lo bien que se conjuntaban a la hora de decir sandeces; como cuando le reclamaron un compromiso oficial con la ecología, y la señora, muy tranquilamente (vendría de tomarse una relaxing cup) contestó que con la crisis que estaba cayendo no eran tiempos para preocuparse por esas cosas.

De modo que si durante esta pandemia alguien reclama un poco de atención hacia aquellos que no disponen de recursos culturales mínimos, no solo se ha ganado todo mi interés, sino también todo mi apoyo. Hay reivindicaciones que me parecen obligatorias.

Volviendo a las declaraciones de Pierre Lemaitre sobre la grieta entre ricos y pobres, el novelista insistía especialmente en los largos días de confinamiento que hemos vivido todas y todos.

Mientras que una parte de la población, entre la que yo me incluyo aunque a veces olvide mi privilegio, disponíamos de libros, pelis, tele de pago, wifi, dispositivos electrónicos de variada condición, revistas o crucigramas (recordemos el entrenamiento espartano que debíamos seguir y del que ya hemos debatido en este blog); otra, desafortunadamente, permaneció bajo mínimos.

Dado el cierre de colegios, bibliotecas y centros sociales, muchas personas se quedaron sin ese periódico que leer, sin la novela que llevarse a casa con el carné municipal, sin internet gratuito de la sala de ordenadores o sin poder ir al centro vecinal a leer los suplementos dominicales.

Conozco a un señor que vive en mi calle, cuyo entorno económico y familiar es más que problemático, y siempre lo he visto en la biblioteca llevándose y devolviendo libros, pelis en DVD y leyendo la revista Qué leer en la sala de lectura. En cuanto nos quedamos encerrados en nuestras casas, yo me preguntaba cómo haría para sobrellevar la situación.

Y es que hemos normalizado tanto los pequeños lujos de la clase trabajadora que pensamos que todo el vecindario ve Los Soprano en la HBO, House of Cards en Netflix y el documental sobre la llegada del cine sonoro en Movistar. Cuando lo cierto es que, tal y como aseguraba Pierre Lemaitre, con la pandemia ha habido mucha gente que ha carecido de un patrimonio cultural para sobrevivir dignamente. Yo no puedo estar más de acuerdo. La dignidad humana va ligada al cuidado de la mente y a la curiosidad de espíritu. La cultura nos hace más fuertes ante los que oprimen, más serenos ante las calamidades; nos hace más felices, más ricos y complejos.

Decía el director de cine Alejandro González-Iñárritu que la pobreza no es solo económica. Declaraba que la pobreza cultural e intelectual a menudo son el origen de la pobreza económica. Yo también lo entiendo así. Crear un estado con un aval de riqueza apropiado y disponible para la ciudadanía, requiere mentes con amplitud de miras, mentes leídas y fértiles. Solo así puede nacer la riqueza de un ser humano.

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