No sé por qué pero los niños no pueden aburrirse

No sé por qué pero los niños no pueden aburrirse

De la paciente sufridora de “No tienes hijos y no tiene ni p**a idea de lo difícil que es educarlos”, “El día que tengas hijos, me avisas, listilla” y “Si aparco el coche en la puerta del colegio es porque no tienes ni pajolera de lo que es tener hijos”

Nace un nuevo estudio, perfectamente perimetrado, cotejado y basado en sensaciones personales, tan valiosas como las de otro ser humano, incluso aunque este ser humano tenga hijos.

Hace unos días, inmersa en mi actividad favorita, a saber, observar costumbres ajenas, pude contemplar a una familia con un hijo de unos seis años jugando con el móvil de su padre mientras estos hablaban con otra pareja.

Como la charla parecía que se alargaba más de lo que la mente de un niño actual puede soportar, en cuanto se aburrió del móvil, su madre sacó del bolso un aparatejo equivalente a lo que sería la antigua Gameboy -no estoy al tanto de estas maquinitas- que calmaría su aburrimiento hasta el momento de las despedidas, en el que el niño ni levantó la mirada de la pantalla: “Dile adiós a menganito y menganita”, [niño ensimismado con el juguetito]. “¡Que le digas adiós a menganito y menganita!”, [niño ensimismado con el juguetito y diciendo con desgana “ññiiiós”].

Entonces me quedé pensando en que a lo que nos sometían nuestros padres era a una tortura perfectamente denunciable en el Tribunal de La Haya: ir de visita a casa de familiares, sentarse en la mesa y aguantar como unos campeones las tres horas de conversación de los mayores. Con el agravante de que había que estar al loro para contestar educadamente a las preguntas que te hacían sobre la escuela y tus amiguitos.

Bien es cierto que no es justo comparar estas dos épocas tan separadas en el tiempo. Muy pocas cosas tienen sentido fuera de su contexto histórico. Los niños de ahora están sobreestimulados, hay un millón de cosas molonas y, sobre todo -lo que difiere de nuestra niñez-, a su alcance. Luces, pantallas, colores fosforitos, chuches de todo tipo, tecnología para todos los gustos, niños youtubers que abren regalos topeguays, televisión a la carta con canales temáticos, juguetes diseñados por ingenieros de la NASA…

¿Pero cómo van a estar quietecitos y aburridos los niños de ahora? No creo ni que aguanten ni medio minuto de vida contemplativa. Evidentemente, no es la edad de plantearse los misterios del universo pero sí creo que hay que enseñarles a sobrellevar al aburrimiento. No todo en la existencia de uno va a ser un desparrame de felicidad y de regocijo, ni siquiera cuando tienes seis años, porque incluso con seis años hay que estarse calladitos cuando papá y mamá nos regañan o nos advierten de algo. O cuando la profe nos corrige en la escuela. O cuando un primito cuenta una historia. Tendrán que saber que si toca aburrirse, toca aburrirse.

Yo lo hice en mi infancia, en aquellas infancias en las que -ojo- ibas a catequesis. Supera tú ese nivel de tedio. No busques nada porque no existe. Aquello era una muerte lenta y dolorosa en pleno sábado por la mañana. Te mandaban memorizar unas cosas que te importaban un pito y que no entendías, solo para poder ir vestida como una princesa. Me imagino que hoy en día no convences a una niña para que haga la Primera Comunión a base de prometerle que irá vestida de Alteza Real, porque a estas alturas cualquier niña de ocho años se ha puesto el vestidazo de Frozen un millón de veces.

Pero en mi época nadie se vestía de Frozen para ir al cole. Ni siquiera me preguntaron si quería ir vestida como Lady Di el día de su boda. Aquello se hacía y chitón. No se hará justicia hasta que un niño de ahora no pase por el hastío y el sopor mortal que sufrí yo en aquella clase de catequesis.

Aunque retomando el tema, no hay nada que asuste más que la pesadez de la desgana. Antes una colisión con un meteorito, a que un nene se aburra media hora. Por eso hemos orquestado un sinfín de opciones de parranda por el bien de los pequeños, de los padres y gentes a su alrededor.

En caso de llevar al pequeñuelo a la peluquería, podrá elegir entre una gama de diez juguetes electrónicos para que se esté bien quietecito y no sufra de narcolepsia mientras le corten las puntas. De modo que cuando comiencen a repasarle la nuca irá por la fase uno del Super Mario, pero cuando lleguen a la patilla ya andará por la diecinueve y no habrá manera de sacar al chiquillo de allí. Al final, para no montar un pollo decides ponerle unas mechas y hacerle una permanén hasta que se acabe el Super Mario y te salga la coña por un pellizco.

Si toca noche día de picoteo fuera de casa, sobra decir que no queda ya ningún sitio familiar en el que por manteles no tengan unos tapetes de papel y, en vez de una tapita de aceitunas, una cajita con plastidecores para dar rienda suelta a la creatividad de los enanos, no vaya a ser que nadie sepa qué hacer los diez minutos que tarda la hamburguesa en servirse. Que tampoco es cuestión de hablar como una amargada, cosa que estoy haciendo [la verdad es que sí], puesto que la idea de pintarrajear es divina, pero es volver a lo mismo: ese pánico por si se aburren.

El otro día vi a una mamá en un bar de comidas charlando animadamente con sus dos hijos pequeños. Juro que me llamó la atención. Los tres se escuchaban, se reían y se interrumpían con gracia. Anonadada me quedé.

Sin embargo, otros muchos colocan una pantalla en el cabecero del asiento del coche para que no se aburran los domingos cuando vayan a visitar a la abuela. Realmente no entiendo nada.

Pero eso me pasa por no tener hijos, y ya va siendo hora de que me calle porque no tengo ni pajolera idea y a ver quién soy yo para opinar, y que el día que los tenga sabré lo difícil que es, porque hablar, habla cualquiera y toda esa letanía que está a punto de caerme. Tened piedad.

 

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