¡Qué poca humanidad!

¡Qué poca humanidad!

La semana pasada un gato se coló en mi edificio aprovechando el momento en el que entraban unos vecinos.

A esa hora mi Costillo y yo estábamos en casa, relajados, a la cálida lumbre de la chimenea mientras recitábamos en alto el Soneto número tres de Shakespeare en su lengua original, actividad que solemos practicar día sí y día también porque así es nuestra vida: docta, sabia y cultivada. Y aprovechando que se trataba de la noche de leer en inglés y no en ruso, como ocurre cuando leemos algún pasaje de Chéjov, pudimos escuchar perfectamente unos maullidos ensordecedores que provenían de la entrada del edificio.

Bajamos al portal y comprobamos que había un gatazo de color blanco imperial que chillaba hasta desgañitarse. Parecía un gato perdido, pues se le veía cuidado y perfectamente habituado al contacto humano, así que emprendimos la tarea de devolver a ese pobre animalillo a su hogar o, al menos, encontrarle uno en donde pasar la noche, puesto que acogerlo en nuestra casa, en donde habita un gato divo, malcriado, con tendencia a la depresión y al shock postraumático no era la mejor idea para nadie.

Después de haber llamado a la policía municipal, quien se desligó del problema alegando que no era competencia suya, hicimos lo mismo con la protectora de animales, cuyo número se encontraba comunicando en todo momento. Nada parecía ayudarnos, así que yo, más chulita que nadie y vestida con pantalón de pijama de estampado de vaca y un anorak propio de una expedición científica al Polo Norte, emprendí la tarea de ir edificio por edificio en busca de los dueños del minino. Mientras tanto, el Costi se quedaría en las escaleras intentando calmar a aquel bichillo que berreaba como si no hubiera un mañana.

Comencé entonces mi batida por el barrio y me planté ante el primer portero telefónico con decisión y optimismo. Acto seguido timbro al Bajo A. NO ME CONTESTA NADIE. Timbro a Bajo B. NO ME CONTESTA NADIE. Timbro a Bajo C. NO ME CONTESTA NADIE. Procedo al Entresuelo A. NO ME CONTESTA NADIE. Sigo con el Entresuelo B. NO ME CONTESTA NADIE. Continúo con el Entresuelo C….A ver….parece que aquí…NO ME CONTESTA NADIE. Sigo pulsando teclas hasta que:

– ¿Quién es?

– Hola, buenas noches, verá, soy una vecina del edificio de al lado y tenemos en nuestras escaleras un gato blanco que parece perdido. ¿Usted sabe si en este portal hay alguien con un gato así?

– Ni idea. Yo no estoy al tanto de la vida de nadie. Hasta luego.

¡Cálmese, jefe! Que se ha pensado usted que lo estaba tomando por cotilla, y nada más lejos de mi intención. ¡Cuánta susceptibilidad! Y, de todos modos, que si uno escucha el maullido del gato del vecino no quiere decir que sea un chismoso, sino que, afortunadamente, ha nacido con el maravilloso don de poseer el sentido del oído.

Como ese piso me había caído mal, cambié de tercio y timbré a una serie de casas antiguas reformadas a lo moderno y con pinta de pijillas. En todas había luz, pero decidieron no fiarse de alguien ataviada de aquella guisa. ¡Pssé! Desde luego, no pretenderán que un domingo por la noche vaya apatrullando la ciudad vestida de Armani, especialmente cuando todo el mundo sabe que solo me pongo mi traje de Armani los lunes para ir a hacer la compra semanal al Lidl. Pero para patear mi calle en busca de un gato, lo veo un poco fuera de lugar. Llamadme loca.

Lo cierto es que treinta minutos más tarde, lo único que sumé fue media hora más de frío y media hora más de mala leche, lo que en mi mundo equivale a cinco horas de mal humor. Y todo gracias a los cuatro tipos de respuesta que me encontré tras cada llamada:

1. [Riiiiing] [NO CONTESTA NI EL LORO DEL CUARTO]

2. [Riiiiiing]: “Hola, buenas noc…” , [DESCUELGAN Y VUELVEN A COLGAR]

3. [Riiiiiing]: “Hola, buenas noc…”. “Buenas noches, pesadademierda!”

4. [Riiiiiing]: “Hola, buenas noches. ¿Usted no habrá perdido un gatito blanco?”. “No sé”. “¿No sabe?”. “No. No sé”. “¿Y sabe si algún vecino tiene un gatito blanco?”. “No sé”. Impresionante elocuencia, señoras y señores.

Jo, qué gozada. ¡Me abruma tanta colaboración!

Es que resulta que a la gente le ha dado por no contestar al telefonillo a horas en las que no se espera a nadie, sin embargo, pensándolo bien, son justo las horas en las que puede que haya ocurrido una emergencia. Vamos, se me ocurre, ¿eh?

Y ante semejante panorama tan cooperativo y alentador me encuentro en plena calle a un adolescente que, primero, no se aleja de mí como si tuviera el ébola y, segundo, me cuenta que esos días había visto a un bichejo parecido por una zona cercana. En diez minutos di con la casa de la dueña. Lástima que la señora no tenía el interés suficiente como para venir a buscar a su propio gato. Mal día para creer en el ser humano, definitivamente.

Llegué a mi portal con rostro triunfante, ¡menuda gesta había logrado! “¡Costiiiii! ¡He encontrado a la dueña!”. Pero la cara del Costi era de ataque de pánico: “He perdido al gato”, me suelta con un hillilo de voz. “¿Quééé? ¡Pero si lo único que tenías que hacer era quedarte quitecito con él!”. Menos mal que el pánico no se convirtió en muerte súbita porque el gatete salió de debajo de un coche. Lo recibimos como si fuera el Niñito Jesús y lo llevamos al pesebre que le correspondía.

¡Albricias! ¡Loor a los cielos!

Hoy, menos a mí, suspendo de empleo y sueldo al género humano. Mañana, ya veremos.

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