Terror en el hipermercado (y mucho horror en el ultramarinos).

Terror en el hipermercado (y mucho horror en el ultramarinos).

 

Dado que siempre he sido yo persona de un marcado carácter observador, podría confeccionar, sin despeinarme, un extenso catálogo sobre lo que se estila actualmente con respecto a las buenas o malas maneras de la ciudadanía en su día a día.

Para ello es necesario seleccionar un entorno que nos sea común y reconocible a todos y todas: el supermercado y/o sus variantes, ese entorno que me fascina desde siempre.

El supermercado es un establecimiento tremendamente generoso. Te regala momentazos simplemente porque sí. A cambio solo tienes que comprar, pero basta un paquete de arroz para convertirte en cliente, y ser así testigo de la estupidez humana representada mediante sainetes y entremeses teatrales, cómicos por fuera, bélicos por dentro. Y es que en el súper sale lo peor de cada uno.

Sumemos, además, que la situación actual de desgana, de cansancio generalizado y de desmesurada impaciencia ha causado que sea más sencillo para mí ofreceros esta pequeña pero jugosa muestra de la clientela.

Procedamos, pues:

El cliente tan habitual que se cree socio capitalista: Entra dando voces, intercala su saludo con chistecitos cutres y llama a todos los empleados por su nombre. Por supuesto, se adelanta a tus dudas sin que le pidas ayuda, de modo que si te nota algo perdida buscando el Avecrem, él solito te muestra la sección, el pasillo y la estantería, simplemente a golpe de un “Sígueme”.

Te marca el camino por medio de su solemne desfile, con pasos decididos y sonoros; al tiempo que saluda a los trabajadores para que veas los contactos que se gasta y lo bien que conoce el terreno.

Finalmente, le das las gracias, y a él se le queda un gesto de satisfacción que te hace creer que es el director ejecutivo de la empresa.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?: Hay personas que con tal de hacerse notar, abren la boca para escupir perogrulladas con cierto aire de exigencia. Para muestra, transcribo literalmente una escena vivida por la que aquí escribe. Obsérvese que el cliente inicia el diálogo sin saludo o norma social alguna:

– ¿Estas patatas blancas son BLANCAS? [No, señora, en realidad son de color pink flamingo].

– Sí, si pone blancas, es que son blancas.

– ¿Seguro? Porque el otro día me llevé estas mismas patatas, y blancas… blancas… no eran [Ojo que aquí tenemos a la nueva Nanuk el Esquimal, capaz de reconocer cien tonos de blanco].

Admito que esta señora me sedujo desde el primer minuto, por lo que me dediqué a seguirla por los diferentes pasillos del súper, no fuera a ser que se le diera por preguntar en qué salsa venía la lata de mejillones en escabeche.

El que piensa que los empleados tienen que memorizar todos sus gustos: El ser humano tiene sus cosas buenas, pero por lo general, tiende a ser de moderada a altamente narcisista.

De manera que, topándome yo en la cola de la charcutería, me encuentro ante el siguiente cuadro:

– Ponme 100 gramos del chorizo del que me pusiste el otro día -requiere un señor.

– Disculpe, pero no me acuerdo de lo que le serví el otro día.

– Sí, mujer, que vine el martes por la tarde. Era un chorizo como el de Salamanca, pero no era de Salamanca.

– No lo recuerdo. Pero le puedo poner el chorizo que usted quiera.

– Pero, a ver, ¿no ves que siempre vengo los martes por la tarde, y los jueves por la mañana después de recoger a mi nietecito, que tiene ahora 18 meses; que es un niñito con unos tirabuzones en el pelo?

– Señor, por aquí pasan cientos de personas. No me acuerdo ni de chorizos ni de tirabuzones. ¿¡Le pongo chorizo o no!?

Juro que a punto estuve de decirle que se llevara jamón york, que no repite por la noche y no te da ardor de estómago.

Cliente tiquismiquis: Acostumbra a mezclar su gusto por los pronombres en primera persona con un acusado remilgo a la hora de pedir las cosas, de manera que no solicita los artículos, sino que los exige: “PonME unos filetes de ternera pero sin ningún nervio por medio. Uy, pero ese tiene unas venitas, ¿no? SácaME otro que esté más limpio. Es que si no, el niño no ME lo come. No, no ME estás entendiendo bien. Es que si veo esa grasita ME pongo nerviosa”.

Igual esta mujer quería un filete de piezas de Lego y no se supo explicar, la pobre.

El que compra solo un artículo y pretende colarse: Cierto, a casi nadie le importa dejar pasar a una persona con solo un artículo en la mano. La discordia llega cuando desaparece para comprar una lata de atún, una de espárragos, detergente, yogures y, ahora que se fija, el pegamento Loctite, que está al 30% y siempre viene bien tenerlo en casa.

No obtante, no seré injusta, no todo el mundo que viene con una sola cosa aprovecha para hacerse la compra semanal a cuenta de la buena fe de los demás. Los hay que directamente compran un brick de leche, se ponen delante de ti en la cola y te dicen: “No te importa, ¿verdad?”. Pues mire usted, tengo que ir a ver cómo germinan mis geranios y tengo un poco de prisa, la verdad.

Sin embargo eso lo mascullo dentro de la mascarilla. Prefiero farfullar por lo bajini cinco minutos que montar una trifulca y estar de mal humor todo el día.

Y con este sabio consejo solo apto para perdedores a los que no le importa serlo, finaliza mi completo, aunque siempre dentro de lo breve, dossier social de hoy.

¡Nos leemos en nada!

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