Todo el mundo es doctor en inmunología

Todo el mundo es doctor en inmunología

 

Me asombra enormemente la capacidad de algunas personas para descalificar el trabajo de otros, sobre todo cuando no se anda demasiado versado en según qué temas. Es más, a mayor desconocimiento sobre equis asunto, mayor es el libreparloteo a la hora de desacreditar el esfuerzo ajeno.

No tiraré de tópicos y no diré que la práctica de esta costumbre forma parte de la identidad cutre de este país, porque idiotas e ignorantes los hay en todos lados. No obstante, me centraré en los idiotas de aquí por dos motivos; uno, porque de los de fuera no dispongo información alguna, y dos, porque “agradecer es la parte principal de una persona de bien”, como rezaba Quevedo. Y yo les debo mucho a los idiotas de aquí, pues me abastecen gratuitamente y con diaria periodicidad de titulares imborrables. Inolvidables muy a mi pesar.

En principio, tras un año entero en el que media población opinaba como si fueran expertos en enfermería, doctores en epidemiología, analistas políticos, psicólogos clínicos y catedráticos en microeconomía; era de esperar que con la llegada de las esperadísimas vacunas, florecieran, simultáneamente a esta primavera, otras voces discordantes.

Me corrijo, no son otras voces; son las mismas, pero ahora han pasado de ser multienteradillos, a focalizarse en una sola discliplina: la inmunología.

Se creen igual de preparados que cualquier portavoz de la OMS, pero guardan bajo la manga ese as que les otorgará la gloria mediática: su comodidad ante el faranduleo y el salseo. Es por ello que, además de actrices, cantantes, propietarios de un bar, charcuteros o peluqueras, ahora son parte de un nuevo convenio laboral: el de los cómico-inmunólogos.

Esta nueva profesión no ha de sustituir a la antigua, sino que es un plus no remunerado que, como cualquier bonus, aportará algún que otro fruto: idiotez, por una parte y, en caso del personaje célebre, trascendencia en los medios, siempre tan requerida en nuestro denostado folclore patrio.

Dicho gloria warholiana, siempre breve, pero exorbitantemente solicitada por decadentes estrellas, se basa en adoptar un estilo campechano en el que todo vale; disfrazando así cualquier disparate con un tonito graciosillo y simpaticón. El problema es que ese aire resalao que se traen por bandera se reinterpreta en ciertos sectores como una verdad universal: “¡Por fin alguien le pone un par!”, pensarán.

Amparándose en la libertad de expresión, los cómicos-inmunólogos utilizan todos los medios disponibles para autoerigirse como la voz de aquellos que piensan como ellos, o que ellos creen que piensan como ellos. Lo más probable es que esos ciudadanos ni piensen ni despiensen. Más bien todo se la trae al pairo, pero en cuanto ven a uno o a una dando voces por la tele con lenguaje de taberna y haciendo aspavientos con los brazos, enseguida se convertirá en su ídolo.

Lo peor de todo es que estas declaraciones correrán a la velocidad del rayo y ganarán adeptos allá por donde vayan; en gran medida debido al estilo campechanito y los modos maripili del cómico-inmunólogo de turno. Y esto sí que ya no me extraña nada: que te convenzan más por el continente que por el contenido.

Estos inmunólogos del todo a cien se atreven incluso a criticar el trabajo de los virólogos, epidemiólogos e inmunólogos de verdad. Lo hacen bajo el escudo del derecho a expresarnos bajo nuestro libre albedrío, aunque personalmente cuando ellos lo llaman “libertad de expresión” en mi mundo es un “ganas de dar la nota”. No encuentro otro motivo lógico que no sea el de disfrutar llamando la atención; “Que hablen de mí aunque sea mal”, decía Dalí.

Reconozco también que otra razón para soltar memeces públicamente es el poderío que te aporta ir contracorriente; no seguir al rebaño. Tú no eres un borrego, eres un ser especial que rema en otra dirección y el mundo ha de saberlo. Puede que te caiga la de San Quintín, pero será placentero de cualquier manera, ya que se encuentra en conexión directa con lo explicado en el párrafo anterior: que hablen, que hablen y nada más.

El hecho de pensar diferente -o de decir chorradas, según como se mire- convierte a mucha gente en seres que se creen superiores. Bien es cierto que lo único que ocurre aquí es que transmiten en alta voz su parecer, pero de momento no son seres de luz que nos cieguen con su presencia. Solo son unos borregos más, solo que con menos vergüenza.

Por otra parte, dada la intersección de varios factores, a saber: el atrevimiento de la ignorancia, un líder bocachancla y un público dispuesto a dar crédito a cualquier mamarracho que los haga sentir diferentes, tenemos un resultado estremecedor: una comunidad cada vez más numerosa, dispuesta a expandir por el planeta su escepticismo con respecto a la ciencia y al progreso.

Antiguamente, azotaban o quemaban en la hoguera a los pioneros de un mundo más avanzado. Siglos más tarde, cuatro memos soltando imbecilidades sobre los adelantos médicos son líderes de la modernidad. Francamente, yo ya no entiendo nada.

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