¿Y qué pasa si soy domadora de peluches?

¿Y qué pasa si soy domadora de peluches?

 

Imaginémosnos que toda tu vida has sido acróbata de circo. Llenabas la pista con tus piruetas, volteretas y todo tipo de efectos, dibujando las figuras lo más vistosas posibles para que, tanto el público como tú misma, disfrutarais de lo lindo.

Pero tanto entrenamiento y coscorrón te han pasado factura, así que te estás planteando seriamente cambiar de faceta. Aunque, ¡oh!, ¡Qué fatigoso es caminar por la vida dando explicaciones!

Porque de eso no te libra nadie, y lo sabes.

Además, si andarse con aclaraciones sobre tu vida no fuese tormento suficiente, previamente has de traspasar el umbral de tus dudas. Proceso, este, no desprovisto de baches, miedos, rubores y decisiones no siempre acertadas o, directamente, nunca tomadas. Lo cual puede provocar que te inmovilices como una estatua esperando una señal divina que te indique el camino. Lástima que esta señal nunca llega.

Sin embargo, un detonante personal ha hecho que por fin muevas ficha, con lo que al fin te pronuncias sobre tu destino laboral: vas a ser domadora de leones de peluche.

Resulta que el circo ha acabado con la poca energía que te quedaba, pero si de algo estás segura es de que seguirás practicando el artisteo. Pero dado que no te apetece ataviarte con el vestuario de las trapecistas, optas entonces por un atuendo que requiera menos fitness: la recia casaca de un domador. Que lo mismo sirve para que Napoleón conquiste Europa, o para que un señor se crea cocinero de vanguardia cada vez que se la ponga. Es el empaque que te da una simple chaqueta.

Es por eso que yo quiero una para mí, repleta de botones y de flecos dorados en las hombreras, con la que concederle un solemne inicio a mi nueva etapa.

Desconoces si en esta nueva andadura vas a tomarte las cosas menos a pecho. Lo más probable es que no. Ahora bien, en caso de que ocurran fenómenos paranormales y esta servidora mute en una persona de actitud más relajada, enseguida me pongo en contacto con hackers rusos para que recuperen un mínimo de pesadumbre para poder vivir en paz.

Yo es que sin desazón, no vivo.

De todas formas, antes tendrás que aprender a salir del paso de los interrogadores profesionales, quienes suelen obrar a dos niveles: a pie de calle y en espacios familiares. Hay un tercer tipo que es el interrogador que siempre ha contactado contigo a pie de calle, y que además te acosa con preguntas propias del espacio familiar. Normalmente se configura como el peor y más sangriento examinador, puesto que sabes que vas a salir de allí lesionado como un soldado de infantería.

Ante esta problemática, prueba con uno de los consejos más resolutivos que me han dado para librarme de sabuesos fisgones. De modo que cada vez que alguien curiosee sobre tu situación laboral, solo hay una respuesta con la que salir airosa: “Me dedico a la contabilidad”.

Sírvase usted de esta profesión ligada a innumerables tareas para ahuyentar a esos murmuradores, ansiosos por conocer a qué dedicas tu tiempo, tanto el libre, como, especialmente, el remunerado.

Con esta enunciado evitarás situaciones rocambolescas en las que tiendes a defender tu privacidad mediante patrañas y mentirijillas, creadas para ahogarte en bucles incómodos que te complican el día.

Por lo tanto, si eres fotógrafa de bodas caninas, imitador de Nino Bravo, dibujante de cómics porno o diseñador de moda para caniches, ten por seguro que tendrás que responder a numerosas preguntas-tipo, así como soportar estoicamente las opiniones personales de individuos e individuas sin escrúpulos para husmear sobre tu existencia. Lo harán siempre disfrazando su espionaje con una preocupación por ti mal disimulada.

Tales cuestiones/comentarios se desdoblan a la vez en otras cuestiones/comentarios, creando una conversación incómoda en la que tú siempre vas a remolque, mientras que el otro campa a sus anchas. Y en el fondo, todo este palabrerío se puede resumir en tres frases la mar de simples: “Pero eso es como un hobby, ¿no?”, “¿Pero eso te aporta dinero?”, “Pero trabajo… trabajo… no es”. En cualquier caso todas ellas comienzan por una conjunción adversativa, lo cual indica que estamos ante una adversidad.

¿Se trata, entonces, de una conversación en la que fluye un ambiente positivo? No. ¿Pasas mal rato? Definitivamente, sí. ¿Contestarás a esa persona con sarcasmo o alguna respuesta desagradable? No. ¿Qué te queda, pues?:

“Yo me dedico a la contabilidad”.

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