Contemplo, atónita, a una ancianita japonesa de ciento dos años en pleno calentamiento antes de nadar sus cincuenta metros mariposa. Pese a ser la mejor noticia de todo el informativo, apago la tele y me levanto del sofá, no sin EMITIR UN EXTRAÑO RUIDO NACIDO DESDE LO MÁS PROFUNDO DEL ESTÓMAGO -como las sopranos-  liberado simultáneamente por boca y fosas nasales. Una resonancia de ecos primitivos, acompañada de un sutil carraspeo de garganta y de un resoplido estertoroso. Definitivamente, estoy más cerca de la muerte que la japonesa centenaria. Tiempo ha que no abandono la butaca ni me ato los cordones sin desprender cierto bufidoLEER MÁS