El teletrabajo. (Pero el de verdad).

El teletrabajo. (Pero el de verdad).

Por razones obvias, durante estas semanas hemos recibido un bombardeo masivo de anuncios que muestran imágenes de personas trabajando desde casa.

A lo poco que me he detenido en ellas, he comprobado que la dicha más absoluta se te aparece como un espectro divino en forma de un estudio pequeñito aunque coquetuelo, de diseño escandinavo pero con luz sahariana, con cuadros de arte contemporáneo en la pared y un bebé que nunca llora sobre tus rodillas. Y mientras la criaturita da palmaditas y hace cucamonas, tú trabajas relajadamente, ataviada con una confortable ropa de lino en tonos neutros que combinan con el ambiente. Todo a precio del cáliz de Cristo, obvio.

Menos mal que aquí vengo yo dispuesta a relatar la verdad, desenmascarando esa pantomima inverosímil acerca del trabajo desde casa.

Para empezar, en caso de tener niños pequeños, la cosa se complica. Justo cuando necesitabas al bebé-estatua del anuncio, te das cuenta de que tus hijos son muy diferentes. Pronto descubres que hay que darles de desayunar, vestirlos y cuidarlos. No sabes en qué feria han comprado aquel bebé, pero quieres uno igual. Tus niños debían de estar de oferta, porque te dan un trabajo del copón.

Veamos, a continuación, UN EJEMPLO DE TELETRABAJO CON HIJOS:

– Sí, ahora lo paso a un Excel y te lo envío en cinco minutos…

[¡Mamáááááá, este colacao no me gusta! ¡No es el de siempre!]

– ¡Es que es de marca blanca, pero sabe igual! Ok, perfecto, yo creo que en cuanto hable con el responsable de…

[¡Mamáááááá!, ¡Es que sabe raro!]

– ¡Qué raro ni que rara! ¡Pero si es lo mismo! Exacto, en la reunión habíamos quedado en que yo le enviaba…

[¡Pues yo no me lo tomo, hala!]

– ¡Mira, niño!, ¿te has levantado idiota o qué te pasa?

EN EL ANUNCIO TAMPOCO SALÍA NADA DE INSULTAR A LOS HIJOS, PERO VAS TÚ Y LOS INSULTAS.

Asimismo, puede que no tengas hijos, pero PUEDE QUE SÍ TENGAS UN AMORCITO:

– Lo acabo de ver en la bandeja de entrada, ahora lo leo y…

[Cari, perdona, ¿tus bragas negras van con la ropa blanca o con la de color?]

– Haz una colada de color, si eso. Como te decía, leo el informe y te adjunto la clave de…

[Cari, perdona, ¿pero tú no decías que la ropa interior aunque sea de color se considera ropa blanca?]

– Sí, o sea… ropa blanca no… o sea… ¡Mira, haz lo que veas! Sí, esa es la clave antigua, pero ahora te paso…

[Cari, perdona, otra cosita: se nos ha olvidado sacar los filetes del congelador].

– ¡Joder!¡ Pues ponlos al lado de la estufa, cojones!

EN EL ANUNCIO TAMPOCO SALÍA NADA DE HABLARLE A TU AMORCITO COMO LA NIÑA DEL EXORCISTA, PERO VAS TÚ Y LE HABLAS.

Aun así, continuemos desentramando esta dulce vida laboral enclaustrada recordando a todos los aquí presentes que LA COMIDA NO SE PREPARA SOLA, con lo que la tienes dos opciones: dejarla lista el día anterior o ponerte a hacerla al mismo tiempo que trabajas.

En este segundo caso, te inclinas por algo nada laborioso, así que te pones a hervir unas judías verdes con patatas. Decides añadirle un poco de atún, pero cuando estás peleándote con el abrefácil te llaman desde el móvil del trabajo. A lo tonto, te has tirado 45 minutos con la oreja pegada al aparato, y cuando cuelgas te encuentras a tu gato comiendo el atún, las judías y hasta el plato de Arcopal.

Vuelves a tu despachito, aunque compensas tu ayuno con viajes continuos a la nevera. Ahora un sándwich, luego un yogur… ¡anda, una copa Danone!… ¿Y estos melocotones en almíbar? Con lo que irremediablemente llegamos a uno de los puntos claves: EL TELETRABAJO ENGORDA.

Y no será por falta de ejercicio, porque entre las excursiones a la cocina, al cuarto de los niños para ayudarlos con los tele-deberes, y que tiendes la colada mientras has dejado un trabajo a medio hacer, en el fondo has quemado más calorías que yendo a la oficina de rodillas, como la gente que va a Lourdes.

Por otra parte, huelga decir que CON LA EXCUSA DE ESTAR EN CASA CURRAS EL TRIPLE. Dado que trabajar en pantalón de pijama no te contextualiza correctamente, ya que estás, te pones a contestar algunos de los tres mil correos que tienes sin responder; y ya que estás, preparas otro Excel, y ya que estás, lees un documento en inglés, y ya que estás, te paso la almohada y duermes en la mesa porque ya son las dos de la mañana.

Madre mía, qué horas. Por mucho que quieras ver la tele, ya solo ponen a unos tíos jugando al póker y a un dúo musical venido a menos haciendo playback con mala iluminación. El día se ha acabado para todos menos para TU JEFE, QUE TE DA UNAS INSTRUCCIONES VÍA SKYPE para la jornada siguiente. “Es que yo, aparte de adicto al trabajo, soy de mal dormir”, te dice. ¡Pues ponte a moldear con plastilina la batalla de Lepanto! ¡Si es que no hay ya humanidad!

Te das una ducha rápido y te preparas el colacao de marca blanca; el único disponible en el súper en estos tiempos. Te metes en cama, no sin antes PONERTE EL DESPERTADOR puesto que debes madrugar igual, cosa que mucha gente desconoce del teletrabajo, e intentas no pensar en tus tareas del día siguiente. Aunque sin mucho esfuerzo recuerdas que tendrás que estar pendiente del portero automático, ahora que eres el CARTERO OFICIAL DE LA FAMILIA.

Efectivamete, en cuanto pasas a trabajar desde casa, los pedidos de toda tu familia, incluida los de tu prima segunda Rosario, llegan a una dirección que, curiosamente, corresponde con la de tu casa. Con lo cual, bajo pretexto de que no vas a salir, te pasas el día echando más firmas que un notario.

Eso sí, firmas con una mano y con la otra atiendes el teléfono. Con un ojo vigilas que no se te quemen las lentejas, y con el otro elaboras un PowerPoint. Al final tienes más modos que un órgano Casio, así que activemos ahora mismo el del silencio.

Qué paz.

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