Mala de los Nervios: Controladora aérea

Mala de los Nervios: Controladora aérea

No entiendo toda esa preparación que se les exige a los controladores aéreos, si al final todo se resume en que tienes que ser hijo de un millonetis. Lo digo porque es una lástima, puesto que yo, salvo lo de venir de una familia con posibles y lo de poseer una vista de águila, la verdad es que el resto de condiciones las cumplo todas. Veamos, ¿licenciada? Sí. ¿Inglés? Yesverywellfandango. ¿Oído? Fantástico, no veas qué bien escucho fornicar todas las noches a los del bloque de al lado. ¿Controlar?

SÍ.

SÍ.

POR SIEMPRE, SÍ.

Controlo lo que me pongan por delante: desde hacer aterrizar al Air Force One, hasta lo que se tiene que comer mi amiga Mari Pili para que no tenga reflujo el resto del día. Así soy yo, un ente excrutinador, examinador y controlador. Pero ojo, controlar, controlo; pero desde el cariño. ¿Y existe el control desde el cariño? ¡Absolutamente! ¡Lo he creado yo!

Escenifiquemos, pues, un cotidiano ejemplo de dicha problemática.

Huy, tienes cara de frío. Toma, mi bufanda, anda (sin preguntar se la envuelvo al cuello).

– No, no gracias. Estoy muy bien así. (Se la saca).

– (Vuelvo a ponérsela otra vez) Que no, que no. ¡Que estás tiritando, pesada!

– ¡Que no la necesito, gracias! (Se la saca de nuevo).

Que sí, coño, ¡ponte la bufanda!

Ay, Mala, ¡pero deja a la gente estar cómo quiera estar!

::::::SILENCIO INCÓMODO PORQUE TIENE RAZÓN::::::::

Le pido disculpas y hasta la próxima vez que repita el numerito, que puede ser en ese mismo día e incluso en esa misma hora. Bien es cierto que el segundo acto de este entremés giraría en torno a otra temática para no aburrir al afectado, pues si de algo puedo presumir es de una inabarcable miscelánea de materias ajenas en las que inmiscuirme:

La ropa: Mi Costi y yo estamos a punto de salir de casa para asistir a una comida familiar. Mientras, yo guardo silencio porque lo estoy mirando de arriba abajo con mi microscopio superanalizador. “¿Qué pasa? ¿Voy mal?”, “N…no…no…para nada… ¿A ver esa camisa?” [continúo mi control milimétrico]. “¿Qué le pasa a mi camisa?”. “Eh…nada, nada…es que…bueno, nada”. “Pues a mí me gusta esta camisa”, me dice. “Sí, sí…pero es que…no sé…nada, olvídalo. Vas muy guapo”.

Por supuesto, salió de casa con otra camisa porque según él, lo hice dudar. Ya ves qué cosas se inventa, porque yo bien que le dije que iba estupendo.

La salud: Mientras el resto de personas hincan codos para convertirse en médico, yo me agencio en menos de un segundo el mismo título solo a base de creerme la sanadora de todo el mundo: [¡¡COF COF!!] “Puff, ¡qué tos tienes! Oye, mañana pide cita en el médico. Aquí tienes el número del centro de salud, y te acompaño yo, por supuesto, pero mientras toma una cucharadita de este jarabe expectorante que es buenísimo”. “No, si estoy bien, Mala, gracias. Es que me ha dado una tos tonta justo ahora”. “Pero tómatelo, que vas a estar mejor”. “Que no, gracias, de verdad, que estoy bien”. “¡Qué vas a estar bien! Que hasta me parece a mí que tienes fiebre. Espera un momento, que voy a por el termómetro”.

Cuando vuelvo, a veces ya no hay nadie. ¡Otro que se agobia por nada!

Las amistades: Cuando me había prometido que no iba a gobernar más en vidas ajenas, van y me lo ponen en bandeja: “Qué guay, Mala, me ha llamado Toño y mañana vamos a tomar una café”. “¿Quééé? Pero si es un listillo y un borde, y lo peor: ¡que le encanta meterse en la vida de los demás! Y ya sabes que los metomentodo dan muy mal rollo” -fue a hablar la indicada-. Y como siempre, tengo que finalizar con mi Ego te absolvo, de lo contrario, no me quedo tranquila: “Bueno, allá tú, sal con quien quieras” (como si me fueran a hacer caso).

Encima, no soporto que dos personas que aprecio se lleven mal entre sí. Para ello, creo situaciones con pinta de muy mala idea desde el minuto uno. Pero qué más da; al igual que Maquiavelo, el fin justifica los medios, y si me tengo que meter en un guirigay para instaurar un mundo de confeti y purpurina donde todo el mundo se ama y se respeta, voy y lo hago.

Añado: nunca sale bien.

Los regalos: Desde el momento que alguna persona desempaqueta un regalo que le acabo de hacer, ya empiezo yo con mi intervención saturante: “Mira, que lo había en rojo, pero te lo compré en negro para que vaya con todo”. “Gracias, Mala, pero me gusta en negro”. “Pero mujer, de paso que pasas por allí, te pruebas el rojo que seguro que te gusta más”. “Que no, Mala, que el negro me encanta”. “¿Pero cómo sabes que te gusta más el negro si no has visto el rojo? Toma el ticket regalo y cámbialo.”

Cambiar, cambia. Pero de amiga.

Las comidas: Pongamos que estamos en un restaurante y alguien pide un plato que sé que no le gusta: “¿Pero por qué pides eso, que siempre te sienta mal?”, “Porque hoy me apetece”, “¿Qué te va a apetecer? Anda, pídete otra cosa, si no, no vas a disfrutar de la comida”. “Que no, tía, ¡que quiero esto!”. Al final, la que suelo pedir mal soy yo y acabo la tarde chupando un sobre de Almax. Es el karma, que siempre me viene de vuelta.

Y podría seguir, queridas y queridos, con una larga lista de circunstancias en las que me pongo a controlar el mundo sin que nadie me lo pida. ¿Pero por qué me meto en estos líos? ¡Si soy una cucada, por Dios!

Definitivamente, el mundo no está hecho para románticas como yo.

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