Hoy, tema moñas: Cosas chulis que me hacen llorar.

Hoy, tema moñas: Cosas chulis que me hacen llorar.

Siempre me he considerado una persona muy observadora , -QUE NO ES LO MISMO QUE SER UNA FIJONA-, muy sensible y receptiva hacia mi entorno, por lo que todo aquello que me rodea causa algún tipo de efecto en mí. Existen muy pocas cosas que me dejan realmente indiferente, porque al igual que un superhéroe, vivo con los cinco sentidos supradesarrollados y, esto, la mayoría de las veces es una losa, pero otras, me hace sentir muy feliz con solo dos o tres chorradas.

Una de ellas es una buena canción. La música siempre ha sido mi más fiel compañera durante toda mi vida. Todo gracias a mi familia, por supuesto, ya que siempre hemos sido una familia de radio. Hay familias de tele y hay familias de radio, y la mía es de estas últimas. En mi casa todo tenía lugar en la cocina, desde comer y cenar, hasta hacer los deberes del cole, del insti, preparar la Selectividad, hacer manualidades, calceta o autodefinidos. Eso sí, siempre con la radio puesta, ya que en mi casa nunca ha existido el concepto de silencio. Jamás hemos comido con la tele puesta ni lo haremos nunca.

Así que yo, desde bien jovencita iba con mi estéreo portable de un lado a otro de la casa, no fuera a ser que desde el baño me perdiera la parte más chula de una canción. Y esa es el motivo por el que hoy en día me sé de memoria todas las canciones de las típicas radiofórmulas. Desde Sting a Michael Jackson y desde los Beatles a Bruce Springsteen. Pero el momento cúspide de mi amor por la música llegó el día que mi abuela me regaló la cadena Grundig, un equipazo de música que te mueres. A partir de ahí, me dedicaba a poner los cedés una y otra vez mientras me tumbaba en mi cama, creyéndome la persona más especial del mundo. Sumémosle también los playbacks delante del espejo que todavía sigo haciendo y mis versiones a la guitarra acústica que sacaba de oído. Sin embargo, aunque haya pasado mucho tiempo sigo sintiendo lo mismo, y no hay día en que una armonía no me ponga tontorrona.

Otro motivo por el que lloro idiotamente es una peli. Aunque, ojo, concretemos; no suelo llorar con mamarrachadas pasteloides en las que se haya muerto un padre de familia de Kentucky que ha trabajado duro para que a sus hijos no les faltase nunca nada, y ahora resulta que se muere solo en el hospital abandonado por los suyos. Si bien es cierto que no soy de piedra, y me tengo prohibidos argumentos en los que se muere el perrito al final o ver la peli de animación Up (y algún día os hablaré de Amor, dirigida por Michael Haneke: preparaos para sufrir de verdad).

Ya volviendo al tema, lo que me hace llorar, pañuelo en mano, es AQUELLA PELI QUE ME HACE SENTIR ENCANTADA DE LA VIDA y que me reconcilia con el buen rollo; como esas películas pequeñitas de hora y media que muestran temas universales: la juventud, la familia, tu ciudad, los snobs de tu alrededor, los amigos o los amores (¡hola Woody Allen!). ¿Si hay humor?, mejor; ¿si los diálogos están bien escritos?, LA GLORIA. Y cuando pone “Fin”, me emociono como una boba. ¿Es muy grave, doctor? ¿Estaré loca de atar?

Otra ñoñada que me llega al cuore son los árboles. Los arboles en un día de viento. A pesar de todo lo que me gustan a mí las aceras, los escaparates y el bullicio; poder pasear por un parque a solas un día ventoso mientras escuchas el ruido de las copas de los árboles es fantástico. Durante la caminata pienso: “Joder, ¿nadie se ha fijado en lo bonito que es esto?”, como si fuera la única persona del mundo capaz de captar aquella belleza . Ya veis, en el fondo suelo ser bastante creída con mis sentimientos. Los míos son más profundos que los tuyos y no me convenceréis de lo contrario.

Cambiando de tercio, a veces lloro para adentro porque si lloro para afuera, más de alguno o alguna va a pensar que sus sospechas eran ciertas y que yo estoy definitivamente como una cabra. Me refiero a que a veces lloro de emoción interna cuando se da uno de esos casos de complicidad con un amigo/amiga en el que se crea un momento muy molón. Chulo a rabiar. Una de esas veces que dices: “¡Qué bien se está con esta persona!”. ¿No os pasa? A mí, constantemente, así que confirmado: soy cursi hasta dar grima.

Por otra parte, también lloro de forma disimulada mientras me pongo las gafas de sol para que no se note, aun cayendo una ciclogénesis explosiva, ante un marco hermoso, sea tanto un pueblo de Cuenca, como Venecia; o ante una obra de arte grandiosa como La Venus de Botticelli, o minúscula, como una piedra tallada a mano por un cantero de mi pueblo. En cualquier caso, la belleza me puede.

Y aunque no cuente como el mejor ejemplo de escena majestuosa, también me cae una lagrimita cuando llego a casa y me encuentro a mi Costillo en el sofá envuelto con una manta cual momia del Antiguo Egipto; con la diferencia de que él deja al aire sus ojillos para poder ver en la tele uno de sus típicos documentales sobre la Ley de la Gravitación Universal, o bien un programa sobre los vestidos de novias; porque este hombre un día es Isaac Newton y otro Kim Kardashian. Y dado que apenas se le ve la cara, suerte tengo de poder reconocerlo. Menos mal que yo reconozco a mi momia como la madre loba reconoce a sus lobeznos: incluso a kilómetros de distancia. Es mi momia y la distinguiría entre un millón de momias. No me digáis que no es precioso decirle a alguien que es la momia más linda del mundo. Así que ¿cómo pretendéis que no llore ante este gesto de amor desgarrado?

 

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