El escudo del humor

El escudo del humor

Hace nada me dijeron que tengo la suerte de ser propietaria de un buen escudo con el que protegerme de muchas cosas de la vida: el humor.

Tras agradecer semejante halago, no sin sonrojarme terriblemente, dado la convicción con la que me lo confesaba, me di cuenta de que en realidad nunca he sido demasiado consciente de ello. Es decir, sí, sé que tengo sentido del humor, pero para mí es lo mismo que tener dos ojos: los tienes ahí pero no les prestas mucha atención. Vienen contigo de serie y nunca te has parado a agradecerle a la vida que te los haya puesto en la cara.

Pues con el humor es igual. Será porque lo he normalizado tanto, que no es un extra por el que deba pagar. Así que nunca reparo en él y apenas le doy importancia. Es como el caminar o saludar a alguien.

No obstante, por mucho que crea que mi humor no tiene artificio alguno, he recapacitado sobre el asunto y admito su eficacia como arma para salir del paso en momentos reguleros, para tolerar mejor los momentos chungos y para aportarle un plus a los momentazos.

Por lo de pronto, me he venido arriba ligeramente y reclamo el mérito de ser, además de la propietaria, también la creadora, guionista, directora y executive producer de mi sentido del humor. No es para menos. En las numerosas y dispares circunstancias en que me he sentido sobrepasada por equis motivos -no tienen por qué ser graves-, siempre he tirado del humor para calmar el mal trago.

Lo suelo hacer, por cierto, por puro egoísmo; ya que no suelo pensar en la otra persona. De hecho, suele darse la siguiente coyuntura:

YO NO ESTOY CÓMODA > ¿QUÉ PUEDO HACER PARA ESTAR MEJOR? > ¡YA SÉ! DECIR BOBADAS > EL OTRO SONRÍE SOLO POR EDUCACIÓN > ME IMPORTA UN PITO > AHORA ME SIENTO MÁS ALIVIADA.

La otra persona a veces se sentirá incómoda; otras, mis chorradas les darán igual, pero otras muchas, doy con gente divertidísima.

En principio, suelo desplegar el gracejo cuando me entra esa vergüenza que solo yo detecto y que disimulo como nadie y, dado que tiendo a ruborizarme -secretamente- por casi todo, he adquirido un dominio total sobre mi procedimiento anti-bochorno. Dicha operación la pongo en práctica sin ningún pretexto grandioso. Con salir por la puerta, tengo más que suficiente para soltar cualquier bobada.

Veamos, pues:

CUANDO ME PRESENTAN A ALGUIEN: Sin duda, uno de mis momentos de florescencia pseudocómica. Ni el elemento introductor ni el introducido cooperan demasiado conmigo, consecuentemente, antes de un silencio incómodo, bailo la sardana si hace falta. Las posibilidades de parecer salida del manicomio son de un 98%. No pasa nada, antes loca, que tres personas mirando para el aire. Lo sé, lo sé. He intentado cambiar de método pero ya es demasiado tarde.

CUANDO ME TOCA HABLAR CON UN CONOCIDO: La genuina prueba de fuego. El conocido es esa persona a la que saludas por la calle y con la que has conversado en algún momento por medio de un tercero, aunque sin mucha chispa. ¿Qué hacer entonces cuando te lo encuentras de compañero de asiento en un viaje en tren? ¿Tirarte a las vías? Es una opción, pero ahí ya cada uno.

Yo me inclino por una ceremonia clásica: saludarse, comentar la coincidencia y hablar del itinerario. Aun con todo habrán pasado solo dos minutos y medio, de modo que tendré que tirar del almanaque del humor e ir dejando claro, entre chistecito y bromita, que no te apetece estar todo el trayecto cotorreando. Bien ejecutado es un planazo. Me lo agradeceréis.

CUANDO ME ENCUENTRO A ALGUIEN QUE ME IMPONE: En en el instante en que me siento intimidada por alguien, bien porque es guapísimo/a, inteligentísimo/a, carismático/a, o todo a la vez, decido que hacer el payaso es la mejor alternativa. Ignoro por qué lo hago, pues existe la posiblidad de disimular tu -presunta- inferioridad charlando tranquilamente, saludándose sin más, intercambiando dos frases de ascensor…, pero simplificar la vida no es mi estilo. Comienza entonces mi despliegue faraónico de gracietas y pitorreos sobreactuados, creados únicamente para empeorar la escena.

¿Aprenderé alguna vez?

NUNCA.

CUANDO ME TOCA IR DE PAREJA CON ALGUIEN: Bien en clase de pilates, en el curso de conversación de francés, en zumba o en alfarería; sea donde sea, suelo sacarle puntilla a todo. Me esmero lo mío, especialmente porque todo me sale peor que mi compañero y me horripila que me tome por una zopenca. Si me toca hacer la postura del árbol en yoga: “Mira mi árbol, es el de Poltergeist: torcido y que te entra por la ventana”. Al cuarto chascarrillo, la profe me llama la atención y entonces sí que me callo.

CUANDO ESTOY INMERSA EN UNA MALA RACHA: Una vez me he dado mi margen de asimilación del infortunio, casi siempre reservo una esquinita para el humor. He aprendido, eso sí, que quizás no sea apto para todos los públicos, por eso suelo compartirlo únicamente con mi Costillo, compinche ideal para el autohumor; con quien he montado verdaderas obras maestras de ocurrencias graciosas de mal gusto. Shisssst. No lo puedo contar.

CUANDO PRETENDES LIGAR: Sin lugar a dudas, el humor es tu mejor amigo. Sé bien que a muchas y muchos no les hace falta usar el ingenio en cuanto al galanteo se refiere. Son sujetos guapísimos, esculturales, majestuosos, pero muy holgazanes. Desconocen lo que es estar durante veinte minutos ingenio aquí, ironía allá, y que luego el que te gusta se vaya con una que dice haiga.

Por mí, como si dice haiga, estea, o dijistes en la misma oración. Mi Costi nunca elegiría a una del “Club haiga”, y si así fuera, no durarían mucho, porque mi Costillo le tiene mucho cariño al modo subjuntivo y no soporta que nadie lo mancille.

Para todo lo demás, sea en modo indicativo o en subjuntivo, saca tu escudo del humor y defiéndete bien.

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