Estoy para el arrastre

Estoy para el arrastre

Contemplo, atónita, a una ancianita japonesa de ciento dos años en pleno calentamiento antes de nadar sus cincuenta metros mariposa. Pese a ser la mejor noticia de todo el informativo, apago la tele y me levanto del sofá, no sin EMITIR UN EXTRAÑO RUIDO NACIDO DESDE LO MÁS PROFUNDO DEL ESTÓMAGO -como las sopranos-  liberado simultáneamente por boca y fosas nasales. Una resonancia de ecos primitivos, acompañada de un sutil carraspeo de garganta y de un resoplido estertoroso.

Definitivamente, estoy más cerca de la muerte que la japonesa centenaria.

Tiempo ha que no abandono la butaca ni me ato los cordones sin desprender cierto bufido delatador de una forma física más que deficiente.

Es verdad que he estado culpando de todos mis males al uso de la mascarilla. Si me salían granos alrededor de la boca, era por la mascarilla. Si no podía correr detrás del autobús diez metros, era por la mascarilla. Si no recordaba la tabla del siete, era por la mascarilla, y si la bechamel me quedaba con grumos, era por la mascarilla.

Me dicen que ya no cuela, que todos circulamos por la vida con la mascarilla desde hace un año, y la humanidad no ha involucionado hasta mis niveles comatosos.

Yo ya me he quedado sin argumentos para defenderme, pero lo cierto es que te encuentras ante una calamidad tras otra, como LA INEPTITUD PARA SUBIR ESCALERAS SIN QUE TENGAS QUE LLAMAR A LA UNIDAD CORONARIA DE URGENCIAS. No realizas la llamada, pero no será por falta de necesidad. Acabas de subir un piso con la bolsa de la compra, el maletín del ordenador y el pan bajo el brazo; pero en tu mente es como si hubieras ascendido un ochomil con la tienda de campaña a tus espaldas. De hecho, en el descansillo notas la misma falta de oxígeno que en cualquier cumbre del Himalaya. “¡Y no exagero!” -insistes.

En cuanto entras en casa, ni siquiera te sacas el abrigo. Sueltas las bolsas por donde buenamente puedes y te vas como una exhalación al baño. ERES DE VEJIGA FLOJA Y LOS SABES. Tu vejiga lleva contigo desde siempre, sin embargo, no hay manera de cogerle cariño. Lo único que te da, es la tabarra, sin importar el momento o el lugar. Encima, se pone más contentona a medida que la dificultad para miccionar aumenta; a saber: de turisteo por una ciudad, en un trabajo en el que tienes que pasar delante de tu jefe para ir al baño, en la biblioteca municipal -cuyas llaves de los servicios las tiene el conserje-, o en los conciertos, donde planifiques la misión-orina que planifiques, la cosa te va a salir mal.

En principio, prefieres ir a mear cuando está el telonero, para luego librarte de la preocupación; aunque finalmente irás durante el telonero y el artista principal.

La operación se desarrolla de la siguiente manera: sales de la marabunta, haces cola en el váter portátil, vuelves de nuevo a la marabunta, buscas a tu Costillo, tu Costillo también te busca y decide moverse de su sitio para rescatarte, pretendéis volver a vuestro antiguo hueco privilegiado, pero ese metro cuadrado ya está ocupado por cien personas. A continuación, os dais cuenta de que el concierto ya va por los bises, con lo que el cómputo final de la actuación se salda en un pis que te ha costado ciento veinte euros. Puedes incluir también la canción y media que has escuchado, pero ni recuerdas cuál es.

De aquel pis te acordarás todos los días, eso sí.

Asimismo, que tu vejiga nonagenaria te aporte más de una anécdota reseñable, no es la clave definitiva de tu declive. Para ello, PUEDES SUMARLE QUE LA MAYORÍA DE LAS HISTORIAS QUE CUENTAS BASADAS EN TU REALIDAD, SIGUEN ESTOS TRES CÁNONES:

Suelen empezar siguiendo este esquema: “El otro día estaba en la sala de espera del médico/ psicólogo/ traumatólogo/ dentista/ otorrino…”; aunque también puedes indicar que te es imposible acudir a algún sitio porque “ese día tengo médico/ psicólogo/ traumatólogo/ dentista/ otorrino…”; así que posponéis el encuentro, pero no puedes afirmarlo con seguridad ya que no tienes la agenda delante, y te suena que esa semana “toca cita con médico/ psicólogo/ traumatólogo/ dentista/ otorrino…”.

Lo único que te consuela es saber que no eres la única con tantas averías. De hecho, TU GRUPO DE AMIGAS DEL WHATSAPP SE VA PARECIENDO PELIGROSAMENTE A LA SALA DE ESTAR DE UN GERIÁTRICO. Charlar, se charla, sí; pero también se hace recuento de dolencias varias, consultas con especialistas, recuperaciones de un surtido de achaques y consejos farmacológicos no revisados por un facultativo.

Y es que si de algo vas teniendo conocimientos, es de mejunjes y de medicinas. LLEVAS EN EL BOLSO UN PASTILLERO REPLETO DE PILDORITAS PARA LOS PORSIACASOS. Cada vez que lo abres en busca de un ibuprofeno, ofreces uno al personal; porque anda que no queda feo tomarte algo y no convidar a los presentes. Incluso en ocasiones, si hay confianza, te dicen: “Un ibuprofeno ahora mismo no me entra; pero a un Nolotil no te diría yo que no”. Y yo se lo doy encantadísima de la vida, pues amar es compartir.

Precisamente, un básico de mi botiquín es el Almax, ese sobre nacido para que lo chupes y parezcas medio idiota en medio de una sobremesa, pero también para aliviarte el ardor de estómago. Yo, después de una comida familiar o una cena de amigos, siempre lo ofrezco desinteresadamente, y que rule libre como el viento. Ante todo, que tus seres queridos tengan una buena digestión, YA QUE A MEDIDA QUE PASAN LOS AÑOS, ALGUNOS INGREDIENTES SON EL MISMÍSIMO LUCIFER.

Empiezas, por el ajo, que te repite; le sigue la cebolla cruda de la ensalada, las pimientas y un amplio muestrario de especias que te caen como un tiro. Los huevos fritos te hacen eructar toda la tarde; los pimientos asados los llevas en el recuerdo hasta las doce de la noche, y el chorizo y el salchichón no los pruebas desde 1992. ¿Resultado? En las fiestas de cumpleaños eres la única que se come las medias noches de jamón cocido. Y oigan, tan encantada.

Al día siguiente, apañas una comida que vaya con tu edad mental y física: pescadilla al vapor. No estás para mucho más.

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