Siempre quise hacerme un selfie erótico-festivo

Siempre quise hacerme un selfie erótico-festivo

Qué envidia me da esa gente que tiene una facilidad pasmosa para sacarse selfies desde cualquier ángulo posible y superando todos los obstáculos habidos y por haber, bien sea porque la foto es tomada entre cuarenta mil personas en un concierto, bajando el rápido del río Sella o escapando de los antidisturbios en una manifa. Pues ahí los ves, CLIC CLIC CLIC con una sola mano y encima salen guapos y bien enfocados.

Yo, de verdad que me saco el sombrero ante semejante destreza artística, porque aquí, la que escribe, no sabe hacerse un autorretrato ni cuando sale de la peluquería para mandárselo al Costi y que así me diga lo guapa que estoy. Lástima que mi Costi aunque se pasa horas cotilleando en el móvil el Facebook de excompañeros de instituto, es hacerle yo una llamada y de repente ese teléfono está fuera de cobertura/apagado/comunicando/no da tono/ no lo coge.

Misterios de la tecnología, ya que cuando le digo que estuve intentando ponerme en contacto con él por un tema de capital trascendencia, como puede ser el matiz de mis nuevos reflejos rubios a la luz del día, de repente, mi Costi está desaparecido. O lo que es peor, me salta con una excusa absurda total:

“Cari, estaba trabajando y no podía atender el teléfono”.

¿Pero desde cuándo eso es un eximente? Pero, ¿en qué mundo vivimos, por favor? ¿Acaso ahora desconocemos el orden de importancia de las cosas? Estamos perdiendo el Norte, claramente.

Retomemos entonces la cuestión que nos ocupaba, que no es otra que mi total incompetencia a la hora de hacerme un selfie; torpeza, esta, que responde principalmente a dos motivos: uno, no me apasiona ver mi careto más de lo necesario y, dos, la ausencia de botón específico para ello en mi antiguo móvil. Y es que resulta que hasta hace cosa de un mes vivía con un móvil con el que no me podía autofotografíar ni poniendo morritos, ni posando en bragas frente al espejo del baño y ni haciendo la señal de victoria mientras ladeo la cabeza sensualmente en el interior del ascensor.

Una vida perdida, lo sé.

Así que pretendí recuperarla a base de conseguir sacarme un selfie artesanalmente, esto es, dándole la vuelta al teléfono e intentar toquetear en la pantalla un botoncito imaginario que no sabía exactamente dónde estaba, con lo cual, lo que es hacer una foto, pues la hacía, pero salía de todo menos mi cara: desde los contenedores del reciclaje de mi calle hasta el cartel del Banco Santander.

Visto que autorretratarme en plan carnal no era lo mío, probé a hacerme fotos en modo gilipollas.

Oye, ¡me salían clavadas! ¡Ni hechas por un profesional! Qué enfoque, qué maña y qué todo. ¿Casualidad o será que habré nacido solo para hacer el idiota?

De manera que mi selfie con morritos de alto contenido erótico suponía para mí una tarea fallida, me dediqué a mandarle a mi Costi instantáneas con los detalles más cotidianos y mundanos para mí; o más absurdos y ridículos para otros. Ahí ya depende del gusto de cada uno.

Procedamos, con lo cual, con mis clásicos fotográficos:

– Mi jeta embardunada con una mascarilla de arcilla color verde . Eso sí, poniendo morritos eróticos, que era el sueño de mi vida. Mi Costi reacciona con un: “Como buen macho, siempre he sido de mujeres hermosas”. Si es que es un poeta.

Piñata negra manchada de chocolate. Aproximadamente, cada vez que pasa el cometa Halley se me da por tomarme un gofre de chocolate, y como sé que un retrato no engaña, le mando al Costi uno con los dientes más negros que el futuro de este país. Me responde: “Tu sonrisa siempre me ha cautivado. Pero tú llama al Vitaldent, que yo llamaré al banco para el crédito de varios implantes”. Si es que es maravilloso, siempre cuida de mi salud en cualquier ocasión.

Camiseta para dormir, por cortesía de Encofrados Antonio, con un agujero en el pezón derecho. Yo le suelto: “Costiiii….¿no querías ropa sexi para la cama??”, y él me responde: “Pues sí, especialmente la que desechan del centro parroquial de Cáritas. Pero prefiero la que nos vino de regalo al comprar el Trinaranjus. Tiene un logo que me pone a mil”. Mi Costi es un hombre de gran poderío fetichista. Salvaje a tope.

Te levantas con el mismo peinado que el cantante de Spandau Ballet. No sé cómo has dormido esa noche, pero te levantas con un flequillo muy New Wave, al que si le añades unas chorreras y tres botes de laca ya podrías salir en el videoclip de Purple Rain de Prince o en cualquiera de Duran Duran. Ese es un buen día para mandarle al Costi una imagen de mí, lujuriosa a más no poder. “Mi sueño erótico se ha vuelto realidad“, -me responde-, “Siempre quise tener una aventura con una mujer que parece haber actuado en Tocata”.

Y esto es tan solo un pequeño extracto de la variedad de estupideces que hago para no tomarme demasiado en serio, ya que me sobra tendencia al autodrama.

Son solo fotos con las que te ríes un rato. Mucho más divertido eso que hacerte un selfie en donde te pareces a Monica Bellucci.

Mentira total. ¡Yo prefiero ser la Bellucci!

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