Charles Dickens o la foto que llevas a la peluquería

Charles Dickens o la foto que llevas a la peluquería

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Grandes esperanzas, ese novelón de Charles Dickens, es el libro que debería ocupar los revisteros de todos los salones de peluquería del mundo. Adiós a las revistas de cotilleo y a las publicaciones de moda. A partir de ahora mismo, sobre las mesitas de toda peluquería que se precie, ha de lucirse esta obra en todas sus versiones: en su lengua original para los más avispados, traducida al castellano para el lector medio o adaptada en forma y contenido para los más pequeñajos o, en su defecto, para la clientela masculina.

En todo caso, es una opción fantástica de lectura mientras esperas a que se te suba el color de las mechas, al mismo tiempo que eximes al salón de belleza de cualquier responsabilidad legal cuando llega el momento de comparar tu resultado final con la foto que has llevado como ejemplo del pelazo que querías conseguir.

Y es que no neguemos que, al igual que Pip, te llenas de grandes esperanzas cuando vas a la pelu. Te tiras al menos dos semanas comparando fotos, haciendo un sondeo generalizado con los miembros de tu familia hasta el punto de que los tienes hasta la coronilla y te mandan a tomar viento a la farola o te dicen: “Mira, hija, por mí como si te rapas a lo Yul Brynner, que estoy del temita hasta el moño” .

Vaaalee, vaaaleee. ¡Cómo se pone la parroquia por unas preguntitas de nada! Que sí, que te he enseñado más de cincuenta fotos con la única diferencia de la raya del pelo para un lado o para el medio, pero no me negaréis que es un tema peliagudo que requiere de opiniones objetivas y sinceras como las de tu madre; esa persona que te dice que hagas lo que te hagas seguirás siendo el ser humano más bello de la Vía láctea.

TU MADRE: IMPARCIALIDAD A TOPE por los siglos de los siglos.

Así que visto lo visto, te olvidas de juicios ajenos y haces lo que te da la gana. Y este libre albedrío consiste en buscar en internet la foto que te sirva como modelo definitivísimo. La pena es que tú vives en tu mundo de (ya) cuarentona y en Instagram se han quedado anclados en una franja de edad q va de los 15 a los 21 años. Todo lo que supere esa cifra se considerará desfasado y propio del Pleistoceno.

Es más, allí dentro el tiempo no es relativo, sino involutivo. Van hacia atrás en las coordenadas temporales, mientras que tú pegas unos saltos hacia adelante que cada año que pasa parece que te ha caído una de las diez plagas. De manera que cuanto más viejuna te pones, las tías de Instagram más le dan al botón de marcha atrás. Me han dicho incluso que puede que el año que viene salgan posando poniendo morritos desde el útero materno.

Por todo ello prefieres echarle un vistazo a Pinterest, en donde salen tres millones de fotos de tías que te dejan como más tranquila. De hecho hasta hay gente de tu edad. ¡Oh, milagro! Lástima que el milagro solo es teórico, porque al final escoges la de la chavalilla de 20 años posando muy espontánea en Montmartre junto a un pintor bohemio. Se parece mogollón a ti, pero nadie lo quiere ver. ¡Qué sabrán ellos! Aunque al final, te dan la razón; te dicen que existe un parecido brutal, sí; pero más bien con el señor pintor. Pobrecillos, además de ignorantes, ciegos.

Con lo cual, acudes a la peluquería y le enseñas la foto que tienes guardada en el móvil. No sin vergüenza, le preguntas:

-¿Qué tengo que hacer para quedar así?

-Sumarte 20 cm de altura, restarte 20 años de edad, broncearte al cálido sol de las Seychelles e ir a Lourdes de rodillas.

Jo, qué mala suerte. Todo, menos lo de las las Seychelles lo podría conseguir sin problemas. Pena que ahora me pilla un poco pelada de pasta y dudo mucho que Ryanair me lleve hasta allí. Así que como la primera opción no pareció gustar demasiado, enseño mi segunda foto mientras le comento:

-Me gusta mucho este pelo. Pero a mí mejor me lo dejas con rizos, en rubio y más corto.

-O sea, ¿el tuyo?.

-Sí, exactamente –tierratrágame-.

Entonces es ese momento en el que la peluquera me entrega un ejemplar de Grandes esperanzas, en el que leo que Pip, pese a querer medrar en la escala social, harto de ser pobre y miserable; aprende que no todo lo que uno desea se puede conseguir, ni siquiera con dinero. Normal, puesto que Pip quería ser un finolis de la vida, un chulazo y un millonetis; ahí es nada. Mientras que tú, te conformarías solo con tener el pelo de Penélope Cruz; y va a ser que no.

“¿De verdad que no no me puedes dejar como la chica de la foto?”, le insisto a la peluquera. “Ni de coña. Anda, sigue leyendo que buena falta te hace”.

No tanta, realmente. Prefiero una versión destartalada de mí que la perfección aburrida de otra.

 

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